Mila no se dio cuenta de cuándo había empezado a llorar exactamente, solo que en algún momento entre el segundo acto y el final las lágrimas ya estaban ahí, calladas, sin el drama de un llanto que busca ser visto, simplemente presentes como respuesta a algo en la historia que la había tocado en un lugar que no había anticipado dejar abierto.
Mateo la miró, sin pensarlo y con mucha naturalidad antes de la cabeza pueda intervenir, levantó la mano y le limpió las lágrimas con los dedos, despacio, sin prisa.
—Lo siento —dijo Mila, con una risa pequeña y avergonzada—. Soy una llorona.
—No eres una llorona —dijo Mateo—. Solo eres sensible. Y eso no es malo. Está bien dejarnos ver vulnerables.
—No eres una llorona —dijo Mateo—. Solo eres sensible. Y eso no es malo. Está bien dejarnos ver vulnerables.
Mila quiso decir algo.
No llegó a hacerlo.
El teléfono sonó, esta vez el de Mateo, que vibró sobre la mesita con una insistencia que él reconoció antes de mirar la pantalla.
—Es Lalo —dijo, y se levantó de la cama, alejándose un poco antes de contestar—. ¿Qué pasó?
Puso el altavoz sin pensarlo, con esa costumbre de quien no tiene nada que ocultar en sus propias conversaciones.
—La prensa me está volviendo loco —dijo la voz de Lalo desde el teléfono —. Quieren saber si por fin, después de años, tienes una relación.
Mila miró a Mateo.
Él no la miró a ella. Tenía la vista fija en algún punto de la pared.
—La respuesta es no —dijo Mateo, sin rodeos—. No tengo ni voy a tener una relación. No quiero. No estoy interesado.
—¿Y entonces qué hago con las fotos de hoy? —dijo Lalo—. Saliste con la hermana de tu protagonista.
—Mila es una amiga. —Su voz era tranquila pero firme, sin ninguna duda en el tono—. ¿Acaso no puedo salir con mis amistades sin que me involucren con alguien?
—Mateo, entiendo, pero la nota ya—
—Arregla eso, Lalo.
Colgó.
El cuarto quedó en silencio.
Mila seguía sentada en la cama con las lágrimas ya secas en las mejillas, mirando a Mateo de pie junto a la ventana con el teléfono todavía en la mano, y algo en lo que él había dicho se quedó flotando entre los dos sin que ninguno lo nombrara todavía.
Mila es una amiga.
No había sido cruel. No había sido falso tampoco, no completamente, porque eso era exactamente lo que eran en la versión de la historia que cualquiera afuera de ese cuarto podía ver.
Pero Mila sintió algo apretarse en el pecho que no supo nombrar, una mezcla entre el alivio de que él hubiera defendido su nombre frente a la prensa sin dudar y esa otra cosa, más pequeña y menos cómoda, de escuchar la palabra amiga dicha en voz alta justo después de que sus dedos le hubieran limpiado las lágrimas de la cara.
—Perdón por eso —dijo.
—No tienes que disculparte —dijo Mila—. Dijiste la verdad.
Mateo la miró durante un segundo que se sintió más largo de lo que debería.
—Ya es tarde debo irme, tengo cosas que hacer.
Mila se levantó, tomó sus prendas para ir al baño a cambiarse.
—Puedes llevarte la ropa por mi no hay problema, luego me las devuelves.
—Gracias Mateo.
—Te llevaré a casa.
—No es necesario, puedo pedir un uber.
—Te llevare, solo ire a ver a Madison.
Mateo salió para ver a su hija.
Milá aprovechó el momento para quitarse la ropa de Mateo, pero no contó que Mateo regresará demasiado rápido, cuando abrió la puerta, lo primero que vio fue a Mila sin playera y un corpiño blanco que usaba por comodidad.
Mateo la miro más de lo que debió, no intento salir, no cerrar la puerta solo se quedo ahí mirando a Mila.
Mila se sentía incómoda por su cuerpo, no tenía un cuerpo de modelo y lo que pensó fue que Mateo debería estar odiando este momento. Él está acostumbrado a ver cuerpos perfectos, su esposa lo tenía era tan hermosa aun sin maquillaje.
—Lo siento yo…
Mila se cruzó de brazos sobre el pecho con un gesto reflejo, buscando la playera que había dejado sobre la cama, ese impulso instintivo de cubrirse que llegó un segundo tarde porque Mateo ya la había visto y ya no había manera de deshacer eso.
Mateo no se movió.
—Perdón —dijo Mateo, ahora sí, con la voz un poco más baja de lo normal—. Debí tocar.
—Es tu habitación —dijo Mila, todavía con los brazos cruzados, buscando la playera con una mano sin soltar la otra.
—Aun así.
Mila se puso la playera rápido, con esos movimientos torpes de quien quiere que algo termine antes de que el momento se alargue más.
El cuarto se quedó en silencio un momento, con Mateo todavía en el umbral y Milá sentada en el borde de la cama con la playera puesta.
Mateo se sentó a su lado.
—¿Paso algo? Si te incomodo que te viera lo siento.
—No es eso, solo es que no estoy agusto con él, estoy gorda y fea.
—¡No vuelvas a decir eso! —Mateo se levantó.
—Eres muy bonita Mila, eres una mujer bien trabajadora, cualquier hombre estaría encantado de tenerte en su vida.
Mila pensó de nuevo “Mila solo es mi amiga”