Mateo bajo la maleta de Mila, y la ayudó a bajar, la puerta estaba abierta, ya que los guardaespaldas estaban en la puerta. Madison corre a los brazos de su padre en cuanto lo ve entrar.
—¡Papá! ¿Cómo te fue?
—Bien, mi amor. —Mateo la abrazó con ese abrazo de los padres que regresan, completo y sin prisa, y le dio un beso en la cabeza—. ¿Cómo estás tú? ¿Cenaste?
—Sí, Sí —. Comí lo que dejaste y vi dos películas y
Entonces vio a Mila que estaba atrás dejándoles espacio a papá e hija.
Sus ojos fueron primero al vestido azul, luego a la maleta que Mateo había dejado junto a la entrada, luego de vuelta a Mila
—¡Mila! —La sonrisa llegó inmediata y sin cálculo—. ¡Qué bonito vestido! Vi las fotografías en internet y estás tan hermosa, en serio, saliste increíble en todas las fotos y—
—¿Estás bien? —preguntó Madison
Mila abrió la boca para decir que sí, que estaba bien, que era la respuesta de siempre, la que salía sola antes de que uno pudiera elegir otra.
—Madi —dijo Mateo —. Mila va a vivir con nosotros a partir de hoy.
—¡Por fin va a haber una mujer en esta casa! —dijo Madison, con la cara enterrada en el hombro de Mila y los brazos apretados alrededor de ella—. ¿Sabes la cantidad de cosas que necesito contarle a alguien que no sea papá o tío Horus? Porque papá no entiende nada de lo que le explico y tío Horus dice que sí pero se le nota que no.
—Oye —dijo Mateo.
—Es verdad y lo sabes.— Madison se separó de Mila, la tomó de la mano —. Ven, te enseño tu habitación. Bueno, la que va a ser tu habitación. Todavía no tiene muchas cosas pero podemos decorarla juntas y yo tengo muchas ideas, muchas, y puedo enseñarte las referencias que guardé porque llevo semanas guardando cosas por si acaso.
—Madi. —La voz de Mateo tenía esa ternura de los momentos donde su hija lo desbordaba de la mejor forma posible—. Deja que Mila entre primero.
—Perdona. —Le soltó la mano a Mila y la miró —. ¿Tienes hambre? Quedó pasta. Y hay helado. Siempre hay helado.
—Helado —dijo Mila—. Sí, creo que quiero helado.
Madison sonrió con toda la cara.
—Yo también. —Se giró hacia las escaleras
—. Papá, ¿tú quieres?
—Voy en un momento —dijo Mateo.
Madison desapareció hacia la cocina. Mila de pie y Mateo a su lado mirándola.
—Bienvenida —dijo.
Y Mila, que llevaba toda la vida ocupando el espacio que le sobraba a los demás, sintió por primera vez en mucho tiempo que había llegado a un lugar donde el espacio era suyo desde el principio.
Después de comer helado Madison se fue a la cama, y la casa quedó en silencio. ,ateo y Mila se sentaron en el sofá, ahora Mila llevaba ropa cómoda.
Mila miró sus manos un momento, y luego decidió que esta vez no iba a mirar sus manos sino a él.
—Ya no le debo lealtad —dijo, como si se lo estuviera recordando a sí misma antes de empezar.
—No —dijo Mateo.
Entonces le contó todo lo que pasó en el baño, las palabras de Maya, no se guardó nada, no las suavizo.Le contó la cachetada y el silencio que siguió y la expresión de sorpresa genuina en el rostro de su hermana.
—Y antes de eso —continuó Mila, con una voz más tranquila ahora que las palabras habían encontrado su ritmo— hay algo que deberías saber. Sobre Maya y sobre por qué ha hecho todo lo que ha hecho estas semanas.
—Te escucho.
—Maya quiere conquistarte. —Lo dijo directo, sin rodeos, con esa honestidad que le había costado semanas encontrar—. No es algo nuevo. Lo decidió desde el principio, desde el primer día del rodaje. Por eso me pedía información sobre ti, dónde ibas a estar, qué te gustaba, cómo eras fuera del set. —hizo una pausa—. Por eso me presionó para que le dijera dónde ibas a comer ese día. Por eso apareció en el restaurante con los paparazzi.
Mateo siguió guardando silencio.
—No te lo cuento para hablar mal de ella —dijo Mila.
—¿Por qué no me lo dijiste antes?
Era la pregunta justa.
Mila la sostuvo un momento antes de responder.
—Porque era mi hermana —dijo—. Y porque había una parte de mí que todavía pensaba que podía manejar las cosas sin que nadie resultara afectado. —Miró el sofá entre los dos—. Me equivoqué.
—Mila.
—¿Sí?
—Lo que pasó esta noche en el baño —dijo—. La cachetada.
Mila lo miró, esperando.
—Fue lo correcto —dijo Mateo, simplemente.
—Veinte años es mucho tiempo —dijo, en voz baja.
—Sí —dijo Mateo—. Y esta noche se terminaron.
Se quedaron un rato en silencio.
—Puedes quedarte el tiempo que necesites —. La casa es grande. Cabemos bien.
—No quiero ser una carga.
—No lo eres. —Lo dijo —. Y Madison ya te adoptó, así que técnicamente ya no tienes opción.
Mila soltó una risa pequeña, la primera de la noche que llegó sin esfuerzo.
—En unos días llega Horus con su familia —continuó Mateo, y algo en su voz cambió, ese calor específico de cuando hablaba de las personas que le importaban de verdad—. Eso me tiene contento. Lily y los niños, toda la casa llena de ruido. Que Madison los tenga cerca.
—Horus es muy cercano.
—Lo es.
—¿Y con Madison siempre fue así? ¿Tan cercano?
—Desde que nació. —Mateo sonrió—. Horus estaba en la sala de espera cuando nació Madi. Lloró antes que yo, aunque nunca lo va a admitir.
—¿Y no te daban celos? —preguntó Milá, antes de poder medir del todo la pregunta—. Que ella lo quisiera tanto.
—Al principio sí —dijo —. No lo voy a negar. Había momentos donde Madison pedía a Horus antes que a mí y eso tenía un filo particular—. Pero después entendí algo que cambió todo.
—¿Qué?
—Que Horus era todo para Laia. —Lo dijo en voz baja—. Su mejor amigo, su hermano, la persona que la conocía desde antes de que yo llegara a su vida. Y cuando Laia se fue, Horus no se fue con ella. Se quedó. Con Madison, conmigo, con todo lo que quedó después.
—Un hombre que se queda —dijo, en voz baja.