Mateo llegó más tarde de lo previsto, hubo muchos retrasos el día de hoy en el set, Vega pidiendo una y otra vez tomas.
Llegó a la residencia algo cansado, encontró su hogar en total silencio o eso pensó cuando entró escucho la risa de Horus. Camino hasta el patio trasero Lily, Horus y Mila estaban sentados junto a la piscina, en la mesita vio una botella y unas copas .
—Hola —saludó Mateo.
Los tres voltearon al mismo tiempo.
Horus levantó la copa con gesto de bienvenida.
Lily sonrió con la calidez de siempre.
Y Mila.
Mateo la miró un segundo más de lo que había previsto. Ella se sonrio.
A Horus le gustaba beber, aunque se cuidaba por la diabetes, era disciplinado con eso pero las noches especiales lo hacía sin restricion. A Lily también le gustaba, era de las personas que lo disfrutaba pero tampoco lo hacía seguido porque tenía hijos. De Mila no sabía si le gustaba beber.
—¿Llevan mucho tiempo aquí fuera? —preguntó, acercando una silla.
—Desde que los niños se durmieron —dijo Horus—. Que fue hace aproximadamente dos horas y media y fue el momento más silencioso del día.
—Madison y Martina están arriba —agregó Lily—. Viendo algo. No pregunté qué porque cuando preguntas interrumpes y cuando interrumpes pierdes el privilegio de que te cuenten cosas.
—Sabiduría pura —dijo Horus.
Mateo se sentó, dejó la chaqueta sobre el respaldo, y miró a Mila que en ese momento estaba mirando el reflejo de la piscina.
—¿Cómo estuvo el día? —le preguntó Milá, sin apartar del todo la vista del agua.
—Largo —dijo Mateo.
—Lo imaginé. —Lo miró entonces, con atención tranquila—. ¿Comiste?
—En el set, pero poco y a toda prisa.
Horus desde el otro lado de la mesa soltó una risa corta que intentó disimular detrás de la copa y no lo consiguió del todo.
Mateo lo miró.
—Hay comida adentro —dijo Lily—. Guardé un plato. Está en el refrigerador tapado con el papel azul, no el verde, el verde son las sobras de los niños y no te recomiendo aventurarte ahí.
—Gracias, Lily.
—No me agradezcas, fue Mila quien cocinó.
Mateo miró a Mila.
Mila miró su copa.
—Había que hacer algo con todo lo que compré ayer —dijo —. Y Lily me ayudó.
—Yo casi no ayudé —dijo Lily.
—Estuviste presente.
—Estuve bebiendo vino y dando opiniones que nadie pidió. Eso no es ayudar.
—Para mí sí lo es —dijo Mila, y lo dijo con una calidez tan simple y tan real que la mesa se quedó un segundo en silencio.
—Voy a calentar ese plato —dijo Mateo, levantándose.
—Te acompaño —dijo Mila, poniéndose de pie.
Los dos entraron a la casa.
Horus esperó hasta que la puerta corredera se cerró detrás de ellos.
Entonces miró a Lily.
Lily lo miró a él.
Y los dos sonrieron al mismo tiempo
—Alaia estaría feliz —dijo Lily, en voz baja —. Ya era hora.
Horus miró la puerta cerrada durante un momento.
—Sí —dijo—. Lo estaría.
Levanto la copa hacia el cielo de Miami, en algun momento penso que cuando Mateo se volvería enamorar seria algo extraño para él, pero Milá le caía muy bien y Mateo es un gran hombre que se merece encontrar una mujer que lo ame, pero Horus sabía que Mateo no estaba dispuesto a ceder, lo ha visto.
Media hora después volvieron al jardín. Mila salió primero.
—Me voy a dormir —dijo—. Tengo trabajo temprano y el sueño me está ganando.
—Yo también —dijo, levantándose —. Si uno de los niños se despierta en la noche necesito tener energía o va a ganar él.
Horus le tomó la mano cuando pasó junto a él, un gesto pequeño y completamente automático, de los que no se deciden sino que simplemente ocurren después de suficientes años.
—Ahora voy —dijo.
Lily asintió y entró a la casa.
La puerta corredera se cerró.
El jardín quedó en silencio.
Solo Mateo y Horus con las copas y la noche de Miami alrededor, con el ruido lejano de la ciudad que no terminaba nunca del todo y el agua de la piscina quieta reflejando las luces del jardín.
Estuvieron en silencio por un rato hasta que Horus decidió hablar.
—¿Te gusta Mila?
Directo. Sin preámbulo.
Mateo lo miró.
Se acomodó en la silla despacio, tomó la botella, se sirvió una copa con calma de quien necesita un segundo antes de responder aunque ya sepa lo que va a decir.
—Solo somos amigos.
Igual de directo. Igual de sin rodeo.
—No te pregunté si son amigos —dijo—. Eso ya lo sé.
Mateo miró la copa.
—Horus.
—¿Cuándo fue la última vez que pensaste en Alaia?
La pregunta llegó sin aviso y se instaló en el aire del jardín.
Mateo se quedó quieto.
La pregunta lo tomó por sorpresa no porque fuera difícil sino porque requería algo que no había hecho en un tiempo, buscar de verdad, ir hacia atrás con honestidad y encontrar el momento exacto.
Hace un año la respuesta habría sido inmediata, esta mañana, ayer, hace dos días, con esa presencia constante de Alaia que vivía en los espacios entre las cosas cotidianas. En el café de la mañana que le gustaba igual que a ella. En la forma en que Madison inclinaba la cabeza cuando pensaba. En la foto del escritorio que nunca había cambiado.
Ahora tuvo que buscarlo.
En el aeropuerto Cuando llegaron y Madison corrió a tus brazos. La vi a ella en ese momento.
Horus asintió despacio.
—¿Y antes de eso?
Mateo pensó otra vez.
—No lo recuerdo bien —dijo Mateo, con honestidad .
—Bien —dijo.
Mateo lo miró. —¿Bien?
—Bien. —Horus tomó su copa—. Alaia no querría ser lo primero en tu cabeza para siempre, Mateo. Tú lo sabes. Ella era muchas cosas pero nunca fue egoísta con las personas que amaba.
—Tengo miedo —dijo Mateo, en voz baja.
Era la primera vez que lo decía en voz alta.
Horus esperó.
—De querer a alguien y perderla otra vez. —Una pausa larga—. De que Madison se encariñe y después haya que explicar otra pérdida. De equivocarme.