Volver a Amar

CAPITULO 34

Mila despertó a las seis de la mañana con un dolor de cabeza, nunca había tomado tanto. Se quedó un momento mirando el techo pensó en las copas de anoche con una mezcla de vergüenza leve y algo que se parecía bastante a no arrepentirse del todo.

Se levantó despacio, se metió al baño para bañarse, no tenía que apresurarse porque Mateo no era como Maya, él no gritaba, él no le exigía el café por las mañanas, no era tratada como una esclava.

Cuando salió, miró en la mesita su nueva libreta, la anterior la había tirado a la basura hace días los recolectores de basura se la habían llevado para siempre. Salió de su habitación sin nada en la mano Mateo durante la cena le comento que hoy tenía el día libre al igual que el.

Cuando bajó se encontró una escena muy particular: dos hombres concentrados intentando resolver algo que claramente estaba fuera de su área de competencia. Horus era el mejor abogado, jamás perdía un caso y Mateo era uno de los actores más consagrados de la industria.

Había una sartén en el fuego con algo que había empezado siendo huevos y que ahora era una conversación más complicada. Había pan en la tostadora que ya había saltado y nadie había recogido. Había un vaso de jugo derramado en la encimera que algunos de los dos habían ignorado.

Todo era un desastre.

Mila abrió la boca para decir algo práctico, algo sobre el fuego que estaba demasiado alto o el pan que se estaba enfriando o el jugo que seguía extendiéndose despacio por la encimera.

Pero entonces Mateo se rió. Tenía harina en la mejilla y sus manos estaban manchadas de algo que Mila no supo decir que era.

Mila lo miró.

Solo a él.

Y sonrió.

No por el desastre de la cocina, aunque el desastre era considerable. No por Horus con la espátula mal colocada. Si no por eso, por la cara de Mateo con harina y sin ninguna capa encima, por la forma en que se reía de sí mismo sin que nadie tuviera que pedírselo.

Por lo que sentía cuando lo miraba y no podía hacer nada para evitar sentirlo.

Horus fue el primero en verla en el umbral.

—Mila. —Levantó la espátula con algo entre el alivio y la dignidad recuperada—. Llegas en buen momento.

—Eso parece. —Mila entró a la cocina sin apartar del todo los ojos de Mateo, que ahora la miraba con esa expresión de quien acaba de ser descubierto en algo pero no sabe exactamente en qué—. ¿Qué estaban intentando hacer?

—Desayuno —dijo Mateo.

—¿Para cuántas personas?

—Para todos.

Mila miró la sartén. Miró el pan. Miró el jugo derramado.

—Apaga el fuego —dijo, con calma —. Los dos. Fuera de la cocina.

—Podemos ayudar —dijo Horus.

—Ya ayudaron suficiente. —Tomó la espátula de la mano de Horus con delicadeza —. Siéntense.

Mateo la miró con una sonrisa todavía en la cara.

—Hay aspirina en el cajón —dijo él, señalando junto al microondas—. Y el café ya está.

—Primero el café —dijo Mila—. Después salvo lo que queda de este desayuno.

Horus fue el primero en alejarse del caos diciendo que tenía que ir a ver si sus hijos ya habían despertado, pero la realidad es que quería dejar a solas a Mateo. Él lo supo porque antes de irse le guiño un ojo.

—¿Qué fue eso? —dijo Mila, sin levantar la vista de la sartén.

—Nada —dijo Mateo.

—Fue algo.

—Horus siendo Horus. —Tomó su café—. Es su estado natural.

La cocina estuvo en silencio mientras Mila intentaba arreglar los problemas, Mateo estaba sentado sin estorbar.

—Tienes harina —dijo Mila finalmente.

—¿Dónde?

—En la mejilla. La derecha.

Mateo levantó la mano hacia el lado equivocado.

—La otra —dijo Mila.

Lo intentó de nuevo y tampoco acertó del todo, con ese gesto torpe de quien no puede verse a sí mismo, y Mila soltó el aire de una forma que era casi una risa y dejó la espátula sobre la encimera.

Se acercó.

Levantó la mano y con el pulgar le quitó la harina de la mejilla, un gesto rápido y completamente práctico que duró exactamente lo que tenía que durar y que sin embargo dejó un silencio después que era considerablemente más largo que el gesto mismo.

Los dos se miraron.

De cerca.

Con la cocina alrededor y el desayuno a medio terminar y la mañana entera esperando, y esa distancia entre los dos que era suficientemente pequeña para que ambos fueran completamente conscientes de ella.

Mila bajó la mano.

Se giró hacia la sartén.

—El desayuno se va a quemar —dijo, con una voz más tranquila de lo que se sentía.

—Sí —dijo Mateo.

Pero ninguno de los dos dijo nada más durante un momento, con el fuego bajo y el café caliente y ese algo sin nombre que llevaba semanas creciendo despacio en el espacio entre los dos, esta mañana más visible que nunca aunque nadie lo hubiera nombrado todavía.

Mateo se levantó para servirse otra taza de café, Mila estaba de espaldas a él, revisando el desayuno con concentración. Mateo rodeo la isla. Mila se dio la vuelta para ir al refrigerador pero no vio el trapo que se había caído. Su cuerpo se fue hacia adelante. Mateo llegó justo a tiempo antes de que cayera.

Mila quedó atrapada entre sus brazos con las manos sobre su pecho buscando dónde sostenerse y el corazón en un lugar que no era exactamente su lugar habitual.

Ninguno de los dos se movió.

Mila tenía las manos abiertas sobre el pecho de Mateo y sentía su respiración debajo, y los brazos de él seguían alrededor de ella sin ninguna prisa por soltarla aunque ya no hubiera ninguna razón para no hacerlo.

Mateo la estaba viendo, Mila no se apartó.

No calculó si era el momento correcto ni si había razones para no hacerlo ni todas las cosas complicadas que existían alrededor de los dos y que seguirían existiendo después.

Solo lo miró.

Y Mateo se inclinó despacio.

Tan despacio que Mila supo lo que iba a ocurrir antes de que ocurriera y tuvo tiempo de apartarse si hubiera querido apartarse.



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En el texto hay: amor, amistad

Editado: 22.07.2026

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