Mateo estaba sentado en su cama, en sus manos tenia la ultima fotografia que tiene familiar, Alaia, él y su hija en brazos de su madre sonriendo, Mateo recordaba ese dia Horus todo esa fotografía, ninguno estaba posando era un dia cualquiera Alaia sonreía mientras lo miraba a él.
Mateo la sostuvo un momento más.
Abrió Google sin saber exactamente por qué. Buscó su nombre.
Las fotos aparecieron de inmediato, esa colección de las últimas semanas que la prensa había construido con esa eficiencia una narrativa vale más que una sola imagen. La premier. La entrada a la residencial. El restaurante del puerto.
Mila salía en la mayoría.
Mateo fue pasando despacio, sin prisa, y se detuvo en una.
No era la mejor foto técnicamente. No era el ángulo más favorecedor ni el momento más dramático. Era una tomada desde lejos, probablemente en algún momento de la premier antes de que todo se complicara. Mila de perfil, con el vestido azul y el cabello recogido, mirando hacia algún punto que Mateo no podía ver en el encuadre.
Hizo zoom.
La miró durante un momento.
Era perfecta sin aparentar ser nadie más que ella misma.
Madison abrió la puerta sin tocar, como era su costumbre desde los cuatro años y como probablemente seguiría siendo hasta los cuarenta, y apareció en el umbral con el cabello recogido y una mochila pequeña al hombro lista para el día de compras.
—Papá, ya nos vamos. Vamos a pasar todo el día fuera.
—Sí, amor. —Mateo dejó el teléfono boca abajo sobre la cama—. Ya le di la tarjeta a tu tía para lo que necesites. Y también le dejé algo a Mila.
Madison lo miró.
—Hablando de Mila —dijo Madison
—. Los vi besarse esta mañana.
Mateo abrió la boca.
—Bueno, eso ya lo sabes. —Madison se encogió de hombros.
— Yo...
—Está bien, papá. —. Mila me cae bien —continuó Madison—. Mucho. —Una pausa—. Mejor que muchas que han querido conquistarte antes.
Pensó en los años desde que Alaia se había ido, en las personas que habían intentado acercarse y a las que Madison había recibido con esa frialdad de quien protege lo que es suyo. Pensó en cuántas veces había notado esa frialdad y había entendido que era la forma de su hija de decirle que algo no estaba bien.
Madison no había sido fría con Mila ni un solo día.
Su hija tomó la fotografía de las manos de su padre.
La miró un momento.
—Mamá era tan bonita —dijo, en voz baja.
—Lo es —dijo Mateo. El presente, siempre el presente, porque era lo que le había parecido más honesto desde el principio.
Madison asintió.
Dejó la fotografía en la mesita de noche y luego miró a su padre con seriedad.
—Papá.
—¿Sí? Madi.
Sus ojos eran directos y completamente serios.
—Me gusta Mila —dijo—. No lo arruines.
Y antes de que Mateo pudiera responder nada, su hija se inclinó, le dio un beso en la mejilla con ternura, después salió de la habitación.
La puerta se cerró.
Mateo se quedó solo.
Miró la fotografía en la mesita. La cara de Alaia mirándolo a él. Pensó en lo que Horus le había dicho la noche anterior.
Pensó en su hija que acababa de decirle que lo arruinara. Pensó en el beso de esa mañana, en lo que le había provocado, le gusto.
Tomó la fotografía una vez más.
La miró durante un momento largo.
—Lo sé —dijo, en voz baja. Como si Alaia pudiera escucharlo. Como si de alguna forma, en esa foto con esa sonrisa dirigida a él, ya le estuviera dando permiso de decirlo.
Dejó la foto en su lugar.
Se levantó de la cama, salió de la habitación y escuchó los gritos de los niños que ya estaban jugando con Horus. Toco la puerta una sola vez
Mila abrió la puerta, Mateo entró sin decir nada.
La tomó del cuello con suavidad y la besó.
No como el beso de la cocina que había llegado despacio y con toda la incertidumbre. Este llegó con más claridad.
Mila le devolvió el beso. Se separaron para tomar aire.
Los dos en silencio, con la frente de Mateo apoyada levemente contra la de ella, los ojos cerrados todavía, la respiración de los dos encontrando su ritmo en ese espacio pequeño entre los dos
Mateo abrió los ojos.
Mila lo miraba.
—Hola —dijo Mateo, en voz baja.
—Hola —dijo.
Mateo le apartó un mechón de cabello de la cara y dejó la mano ahí un momento, sosteniendo su cara con esa suavidad de quien está tocando algo que le importa cuidar.
—Quería decirte algo —dijo.
—¿Sí?
—Esta mañana en la cocina. —Una pausa—. No fue un accidente.
Mila lo miró.
—Lo sé —dijo.
—No me refiero solo al beso. —Sus ojos eran directos y completamente tranquilos—. Me refiero a todo. A estas semanas. A que no sé exactamente cuándo pasó pero pasó y ya no quiero actuar como si no hubiera pasado.
Mila no respondió.
Pensó en la primera vez que lo había visto en el set con el guión en la mano. Pensó en el café de la cafetería de la esquina y el pan dulce compartido. Pensó en la mano tomada en el pasillo que no soltó hasta llegar al estacionamiento. En la habitación verde salvia para Madison. En el sábado con las palomitas y la película y ese silencio habitable que no necesitaba ser llenado.
Pensó en que llevaba toda la vida ocupando el espacio que le sobraba a los demás.
Y en que este hombre, desde el principio, le había hecho espacio propio sin que ella tuviera que pedirlo.
—Yo tampoco —dijo finalmente.
Mateo la miró un momento más.
Luego sonrió, la sonrisa de verdad, la que no era de prensa ni de set ni de ningún lugar que no fuera exactamente este cuarto en este momento.
Y la abrazó.
Sin el peso de todo lo que todavía había que resolver afuera de esa puerta cerrada, con esa calma que esta vez Mila sintió desde adentro, con la mejilla contra su pecho y los brazos de él alrededor de ella y el ruido de los niños llegando desde abajo como recordatorio de que el mundo seguía existiendo aunque en este momento se sintiera muy lejano.