Volver a Amar

CAPITULO 37

Madison entró a una tienda exclusiva, detrás de ella venía Martina y Lily con Alissa en brazos.

—Por aquí —dijo Madison, dirigiéndose directamente a la vitrina donde estaban los vestidos de gala.

—¿Ya sabes qué buscas?

—Un vestido —dijo Madison, empezando a recorrer los percheros —. Bonito. Elegante pero no incómodo porque Mila no es de las que se ponen cosas incómodas para verse bien.

Martina la miró de reojo.

—¿Sabes su talla?

—La vi cuando la ayudé a sacar la ropa de la secadora —dijo Madison —. Me la memoricé por si acaso.

—¿Por si acaso qué?

Madison se detuvo frente a un vestido color vino, lo sacó del perchero, lo sostuvo a la distancia correcta para evaluarlo y lo devolvió.

—Por si acaso esto —dijo simplemente.

Martina soltó una risa corta.

Siguieron recorriendo, las dos juntas, Martina es la hermana de no tuvo, desde que llegó a la vida de sus tíos Madison la acepto la quiere igual como a sus primos de sangre.

—¿Cuándo es el estreno? —preguntó Martina, sacando un vestido azul y mirándolo.

—En tres semanas. —Madison tomó el vestido azul de las manos de Martina, lo consideró, lo devolvió—. No, ese no. Ella ya usó azul en la premier de otro estreno. Quiero algo diferente.

—¿De qué color?

Madison recorrió el perchero con los dedos, despacio, con concentración de cuando algo le importaba de verdad.

—Verde —dijo—. Como las paredes de mi habitación. Ese verde que dijo Mila que se lee cálido aunque no lo sea del todo.

Martina la miró.

—¿Mila eligió el color de tu habitación?

—Lo interpretó—. Yo tenía cuarenta y siete fotos y no sabía qué tenían en común. Ella lo vio en cinco minutos. —Una pausa—. Es así para todo. Ve lo que otros no ven.

—¿La quieres mucho? —preguntó, directo

Madison no respondió de inmediato. Siguió buscando entre los percheros con calma.

—La noche que llegué a Miami —dijo finalmente, en voz más baja— papá estaba solo. Bueno, estaba el tío Horus, pero el tío Horus se iba a ir. Y yo me iba a quedar con papá en una casa nueva en una ciudad nueva y papá sonreía pero yo sé cuándo papá sonríe de verdad y cuándo sonríe para que yo no me preocupe.

Martina escuchó sin interrumpir.

—Y entonces empecé a ver cómo miraba a Mila. —Madison se detuvo frente a un vestido verde, lo sacó despacio—. Y cómo ella lo miraba a él cuando creía que nadie la estaba mirando. Y pensé que hacía mucho tiempo que papá no sonreía de esa forma.

Levantó el vestido.

Verde salvia, con una caída limpia y ese corte que era elegante sin ser exigente, con la tela justa y el largo correcto y ese tono específico que en la luz de la tienda se leía exactamente como Mila había descrito el color de las paredes.

Cálido sin serlo del todo.

—Este —dijo Madison.

Martina lo miró.

—Es perfecto —dijo.

Madison lo sostuvo un momento más, evaluándolo y luego sonrió con esa sonrisa de cuando algo salía exactamente como había imaginado que saldría.

—¿Te imaginas la cara de Maya cuando vea a Mila llegar con papá al estreno? —dijo, con ese dramatismo suyo que no era malicia sino justicia poética completamente disfrutada—. Con este vestido. Del brazo de papá. Que aguante.

Martina soltó una risa que no intentó contener.

—Anoche me contaste todo —dijo— y ya la odio completamente.

—Bienvenida —dijo Madison, con esa solemnidad de tres segundos—. El club no tiene membresía pero sí tiene estándares.

—¿Encontraron algo? —preguntó Lily.

Madison levantó el vestido.

Lily lo miró.

Luego miró a su hija adoptiva.

—Perfecto —dijo Lily—. Mila va a estar preciosa.

—Lo sé —dijo Madison.

Todas se dirigieron a pagar Lily llevaba ropa para sus hijos y para Horus, Martina eligió ella misma varias prendas, Martina era muy ahorradora y ganaba dinero propio aunque Horus la hacía ahorrarlos por que el le daba todo.

Tres horas después regresaron a la residencia. Madison bajo de primera con varias bolsas que sostenía con cuidado, entró a la casa junto a Marina.

La casa olía a comida.

—Huele increíble —dijo Martina.

—Sí. —Madison ya estaba mirando hacia la cocina

Lily entró con Alissa dormida sobre el hombro, la dejó con cuidado en el sofá, vio a sus hijos jugando a la pelota en el patio trasero.

—Comieron —dijo Lily, más para sí misma que para alguien en particular.

—Los platos están en el fregadero —confirmó la voz de Mila desde la cocina.

Madison fue directamente hacia ella.

Mila estaba terminando de servir.

—Bienvenidas. ¿Cómo estuvo?

—Bien. —Madison dejó la bolsa sobre la isla.

—¿Tío Horus y papá dónde están?

—Llevan un rato hablando en la sala. —Mila miró la bolsa un segundo sin preguntar nada—. ¿Tienen hambre?

—Mucha —dijo Martina.

—Siéntense.

En la sala Mateo y Horus llevaban rato conversando. Mateo quería ver con él. El tema de Mila, Maya la había trabajado sin sueldo y a él no se le hacía justo. Pero no solo hablaron de eso.

—Esta mañana hablé con Mila —dijo—. De verdad. De todo.

Horus lo miró.

—¿Y?

—Y me di cuenta de algo. —Mateo miró sus manos—. Llevo cinco años cargando el luto de Alaia como si fuera lo único que me quedaba de ella. Como si soltarlo un poco significara perderla del todo.

Horus no dijo nada.

—Pero esta mañana pensé en Laia y no sentí que estaba traicionando nada. —Una pausa—. Sentí que ella habría entendido. Que probablemente lo habría visto venir antes que yo.

Horus sonrió. Despacio, con esa calidez.

—Sí —dijo—. Lo habría visto venir antes que todos nosotros juntos.

Mateo asintió.

Desde la cocina llegó la risa de Madison, alta y sin contención, seguida de la voz de Mila diciendo algo que no llegó completo pero que tenía esa calidad de las respuestas que hacen reír, y luego Martina uniéndose con esa risa más contenida



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En el texto hay: amor, amistad

Editado: 28.07.2026

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