Volver a Amar

CAPITULO 38

Mateo y Mila llegaron cinco minutos de retraso, ya que ambos se habían desvelado junto a Madison viendo una película. Madison le había dado el vestido a Mila que no pudo evitar llorar ni Maya que es su hermana le había regalado algo jamas.

Entraron al set, entonces Mila los vio. Sus padres sentados en un rincón en el set, Maya caminaba hacia ellos, ella estaba preparada para la escena de ese dia, un dia romantico donde Mateo tenía que vestir de traje y enamora de la quien es su protagonista, estaba lejos de sentir algo por Maya, por suerte era un gran actor y era capaz de fingir.

Mila sintió el cambio de su propio cuerpo antes de poder evitarlo, los hombros tensos y la respiración un poco más corta y se hizo pequeña, de repente era esa pequeña que obedecía a sus padres adoptivos en todo.

Mateo lo sintio. La tomo de la mano.

—Ellos no tienen ningún poder sobre ti —le dijo, en voz baja —. Ya no.

Mila miró hacia sus padres. Hacia Maya.

—Además —continuó Mateo, inclinándose levemente hacia ella— yo estoy aquí.

Le dejó un beso en la sien.

Suave. Breve. Completamente deliberado

Mila respiro y camino junto a él, tomados de la mano.

Mila los vio entrar, miró a su hermana y después sus manos entrelazadas, Mila la miró también, su mirada le decía mucho estaba fuera de control, no le gustaba para nada verla junto a Mateo. Maya quería recuperarlo o más bien que su hermana se quitara del medio.

Carlota, la madre de ambas, miró la escena que estaba pasando a su hija adoptiva tomada de la mano del hombre que su hija biológica decía amar.

Vega levantó la vista desde el monitor.

—Marcel. Bien. Empezamos en diez.

—De acuerdo —dijo Mateo.

Se giró hacia Mila antes de soltarle la mano.

La miró un segundo

—¿Bien? —dijo.

Mila pensó en la mirada de Maya. En los ojos de su madre. En el set entero.

—Bien —dijo.

Y lo decía de verdad, que era lo que la sorprendió levemente a ella misma.

Mateo asintió.

Le soltó la mano despacio, con ese cuidado, fue hacia Vega con el guión en el brazo, ya tenía memorizada sus escenas.

Mila se quedó alejada de sus padres, buscó un rincón donde nadie la pudiera ver.

Maya seguía mirándola desde el otro lado del set con esa expresión que Mila conocía de memoria.

Vega pidió silencio para el primer bloque y el equipo ocupó sus posiciones, Mateo entró en personaje con mucha concentración. Maya hizo lo mismo.

Mila trabajó desde su rincón. Esta vez sin una libreta, sin presiones con Mateo era todo diferente, él no le exigía nada.

Catalina se le acercó a media mañana. Sola. Sin Roberto y sin Maya

—¿Tienes un momento? —dijo.

Mila levantó la vista de la laptop.

—Sí.

Se apartaron hacia el pasillo lateral, lejos del ruido del set, con la luz más baja y el silencio más fácil de sostener.

Catalina miró sus propias manos un momento.

—Lo de ayer —dijo—. Lo que dijiste.

—Mamá.

—Déjame terminar. —Lo dijo con una suavidad que no era debilidad sino algo más difícil, la suavidad de quien está haciendo un esfuerzo real—. Lo que dijiste ayer sobre el silencio. Que enseña las mismas cosas que las palabras.

Mila esperó.

—Estuve pensando en eso toda la noche. —Catalina levantó la vista—. Y tienes razón. No te lo dijimos con palabras pero lo dijimos de otras formas y eso no tiene disculpa.

Mila la miró.

No dijo nada todavía.

—No sé si puedo arreglar veinte años —continuó Catalina—. No sé si eso se arregla. Pero sí sé que me equivoqué. Que nos equivocamos. Y quería que lo supieras de mi boca, no como excusa sino como verdad.

El pasillo estaba en silencio.

Desde el set llegaba la voz de Vega dando instrucciones, el ruido técnico de los equipos ajustándose, esa vida propia del trabajo que seguía independientemente de lo que ocurriera en este pasillo.

Mila pensó en todas las veces que había esperado esas palabras.

En los cumpleaños donde nadie preguntaba qué quería ella. En los años de cargar las cosas de Maya sin que nadie preguntara si pesaban. En las noches de Miami antes de todo esto, con la libreta llena de pendientes ajenos y ese espacio en el pecho que no sabía cómo llenar.

—Lo sé —dijo Mila finalmente.

Catalina la miró.

—¿Me crees?

—Sí. —Lo dijo sin dudar—. Te creo que lo sientes. Y te creo que te equivocaste. —Una pausa—. Las dos cosas pueden ser verdad al mismo tiempo.

Catalina asintió despacio, con esos ojos brillantes de la vez anterior que esta mañana volvían con la misma honestidad.

—¿Estás bien aquí? —preguntó—. De verdad.

—Sí —dijo—. De verdad.

—Cuídate —dijo finalmente.

—Lo haré —dijo Mila.

Y esta vez, cuando su madre la abrazó, Mila lo sintió diferente que el día anterior. No más fácil exactamente. Pero diferente. Con esa calidad de las cosas que empiezan a moverse despacio hacia algún lugar que todavía no tiene nombre pero que existe.

Se separaron.

Catalina volvió hacia donde Roberto esperaba cerca de la entrada del set.

Mila se quedó en el pasillo un momento sola, con la laptop bajo el brazo y el pasillo en silencio y esa mañana que había empezado con la mano de Mateo y un beso en la sien y que seguía construyéndose despacio, una cosa pequeña detrás de otra

Volvió a su rincón.

Abrió la laptop.

Y desde el set, entre toma y toma, Mateo la encontró con la mirada

Mila levantó la vista.

Le sonrió.

Y Mateo, que llevaba cinco años aprendiendo a no necesitar que nadie lo viera de esa forma específica, le devolvió la sonrisa.

Catalina llamó a Mila al final de la jornada laboral, La invitó a cenar quería pasar tiempo con ella. La cito cerca del hotel, solo una cena tranquila.

Mila dudó.

Mateo no dijo que no fuera pero tampoco dijo que fuera, que era su forma de dejarle el espacio completamente a ella.



#339 en Novela romántica
#143 en Chick lit

En el texto hay: amor, amistad

Editado: 01.09.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.