Volver a Amar

CAPITULO 41

Mila subió las escaleras en silencio, pero no fue a su habitación, abrió la puerta de Mateo lo hizo despacio para no despertarlo. La habitación estaba en penumbra, con la luz del jardín entrando por la ventana. Mateo estaba en la cama dormido con una mano sobre la almohada y la respiración regular.

Mila se quedó parada junto a la puerta.

Lo miró durante un momento que no supo cuánto duró.

Pensó en todo lo que había ocurrido en las últimas semanas. En las mentiras de su madre para alejarla de Mateo, de las mentiras de Maya, de los años que tuvo que soportar las migajas de sus padres le daban, pero también pensó en el beso en la cocina con el desayuno a medio terminar. En esta habitación que antes era solo de Mateo y que ahora era de los dos de una forma que ninguno había anunciado sino que simplemente había ocurrido despacio, con naturalidad.

Mateo le había dicho desde el principio que no iban a forzar nada, una noche cuando los dos estaban en el sofá después de que Madison se durmiera, con una honestidad que no había tenido ningún peso de advertencia sino simplemente la forma de alguien que quería que ella supiera que tenía espacio.

No tienes que apresurarte en nada. Ni en esto ni en ninguna otra cosa. Yo estoy aquí y eso no va a cambiar si las cosas van despacio.

Y Mila, que llevaba toda la vida sintiendo que el espacio que ocupaba era prestado y provisional, había recibido esas palabras con una mezcla de alivio y algo más difícil de nombrar, esa emoción específica de quien recibe exactamente lo que necesitaba sin haberlo pedido.

Dormían juntos.

Eso era verdad y era real y era también todo lo que había ocurrido entre ellos en ese sentido, porque Mateo era así, porque había aprendido a no tomar más de lo que le daban y a esperar sin que la espera tuviera un límite de paciencia.

Mila se cambió en silencio.

Se metió en la cama, con mucho cuidado de no despertar a Mateo

Mateo se movió levemente. No se despertó del todo pero algo en él debió sentir el cambio de peso de la cama por que se giró levemente hacia ella, su brazo encontró su lugar alrededor de ella.

Mila se quedó quieta.

Con el brazo de Mateo alrededor de ella y el techo encima y la noche de Miami afuera y la conversación con Horus todavía instalada en algún lugar del pecho junto a todo lo demás, el restaurante y el mensaje y el llanto en el coche y los seis años de Maya que de repente tenían un nombre legal que Horus estaba dispuesto a pronunciar en un tribunal.

Pensó en todo eso.

Y luego pensó en esto. Y pensó que había cosas que no necesitaban apresurarse para ser reales.

Que esto ya era real.

Cerró los ojos.

Y por primera vez en mucho tiempo se quedó dormida sin que nada la estuviera esperando del otro lado de la mañana excepto el café y el sol de Miami y las personas que había elegido y que la habían elegido a ella.

Mateo se levantó temprano, se bañó y se cambió con calma, tenía tiempo para desayunar tranquilo. Hizo todo en silencio, Mila estaba dormida aún y no quería despertarla. Pero ella despertó antes de que él saliera de la habitación.

— Buenos dia — dijo

— Buenos días — ella respondió.

—Hoy quiero que te quedes —dijo.

Mila levantó la vista hacia él.

—¿Por qué?

—Porque la escena de hoy no necesita que estés ahí. —Lo dijo con honestidad directa, sin rodeo pero también sin el peso de quien está pidiendo permiso—. Y porque prefiero que no la veas.

Mila lo miró durante un segundo.

No preguntó cuál escena porque ya lo sabía. Había leído el guión completo semanas atrás, era parte de su trabajo aunque ya no fuera el trabajo de Maya sino el de él, y sabía exactamente qué se grababa hoy.

La escena de cama.

La última escena romántica importante entre Rafael y el personaje de Maya, ese momento que Vega había construido durante semanas.

Mila pensó en Maya.

En su hermana con ese labial rosa viejo que había comprado pensando en Alaia. En las manos sobre la camisa de Mateo moviéndose dos centímetros fuera de las marcas acordadas. En todo lo que Maya era capaz de hacer cuando una cámara le daba cobertura.

Pensó en que no quería verlo.

No por inseguridad exactamente. No era eso, o no era solo eso. Era algo más complicado, esa mezcla de saber que era trabajo y al mismo tiempo saber que Maya nunca lo iba a tratar como solo trabajo.

—De acuerdo —dijo Mila.

Mateo la miró.

—¿Estás bien con eso?

—Sí. —Lo dijo y era verdad—. Yo tampoco quería ir hoy.

—Horus está aquí —dijo—. Y Lily. Y los niños que son su propio sistema de entretenimiento.

—Mateo. —Mila lo miró con calma —. Voy a estar bien. Ve a trabajar.

Él la miró durante un segundo más.

Luego se inclinó y le dejó un beso en la frente y después le dio un beso en la boca.

—Vuelvo a las seis —dijo desde la puerta.

—Aquí estaré.

La puerta se cerró.

Se levantó.

Fue al baño, se lavó la cara con agua fría, se miró en el espejo un momento.

Luego bajó las escaleras hacia el ruido de la casa, hacia el caos de los trillizos desayunando y la voz de Lily organizando el mundo, y Horus con el café. Máxima estaba en la cocina sirviendo leche en un vaso.

Madison y Martina estaban en la sala platicando.

Madison la vio llegar primero.

—¿Papá ya se fue? —preguntó

—Ya se fue —dijo Mila.

Madison la miró un segundo

—Sí —dijo Mila.

—Hay tostadas —dijo—. Y tía Lily hizo algo con huevos que huele muy bien aunque no sé cómo se llama.

—Huevos rancheros —dijo Lily desde la estufa sin girarse.

Mila se sentó junto a Horus en la isla.

Lily le acercó una taza de café.

Mila miró su café.

Luego miró a Horus.

—Hazlo —le dijo, en voz baja. Solo eso.

Horus la miró.

No pidió confirmación. No preguntó si estaba segura ni si había pensado bien ni ninguna de las preguntas que alguien menos seguro de lo que estaba haciendo habría preguntado.



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En el texto hay: amor, amistad

Editado: 01.09.2026

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