Volver a Amar

CAPITULO 42

Vega dio el corte final con satisfacción, y el equipo técnico empezó a moverse con esa eficiencia silenciosa del final de jornada, recogiendo cables y ajustando equipos y disolviendo la escena en sus partes técnicas como siempre ocurría después de que algo que había sido verdad durante unos minutos volvía a ser simplemente trabajo.

Mateo se levantó de la cama. Se puso la camisa con calma, cada botón en su lugar, sin prisa, sin el gesto de quien quiere que algo termine antes de que ya haya terminado.

Maya seguía en el set, con la bata que alguien del equipo le había traído, hablando con Vega sobre algo que Mateo no escuchó porque no estaba prestando atención a esa conversación.

Esperó.

Cuando Vega se fue hacia el monitor y el equipo se redujo lo suficiente, Mateo se acercó a Maya

—Un momento —dijo.

Maya lo miró.

—Claro —dijo, con esa naturalidad de siempre.

Se apartaron hacia el lateral del set, lejos del equipo técnico, con distancia suficiente para que la conversación fuera de los dos sin ser completamente privada, que era exactamente lo que Mateo había buscado.

Se detuvo frente a ella.

—Entre tú y yo solo hay trabajo —dijo Mateo. Sin preámbulo.

—Déjame terminar. —No lo dijo con dureza sino con esa firmeza tranquila que no dejaba espacio para la interrupción—. Esta es la primera y última producción en que trabajamos juntos. Cuando termine la serie no voy a aceptar ningún proyecto que te incluya a ti. Eso ya está decidido y ya habló mi representante con el estudio.

Maya lo miró.

Algo en su expresión cambió levemente, ese milímetro específico de quien acaba de recibir algo que no esperaba y está procesando sus implicaciones antes de responder.

—¿Por qué me dices esto ahora?

—Porque es el momento correcto. —Mateo la miró sin apartar los ojos—. Y porque leí el mensaje que le mandaste a tu madre.

Maya no dijo nada durante un segundo.

—No sé de qué.

—Maya. —Su voz era tranquila y completamente sin margen—. Lo leí. Mila lo vio primero y me lo mostró. —Una pausa—. Usar a tu propia madre para alejar a Mila de mí. Decirle que le dijera lo que quisiera escuchar. —Negó levemente con la cabeza, sin drama —. Es lo más bajo que he visto en mucho tiempo.

—Mila es mi hermana —dijo finalmente—. Y me preocupa la situación en que está.

—Mila —dijo Mateo— Está mejor que en toda su vida. Y lo sabes. Por eso te molesta.

Maya no respondió.

—Lo que siente por ella tu familia, lo que tú sientes por ella, eso es entre ustedes y no es mi lugar meterme. —Su voz siguió tranquila—. Pero lo que intentas hacer conmigo no va a funcionar. No porque no puedas intentarlo sino porque ya sé exactamente lo que eres capaz de hacer y he tomado mis decisiones en consecuencia. Nada hara que yo quiero algo contigo, jamás estaría con una mujer como tu.

—¿Y Mila sabe que sientes todo esto por ella? —dijo, con esa voz suave de quien cambia de táctica—. ¿O solo es otra forma de rescatar a alguien que no te pidió que lo hicieras?

—Lo que Mila y yo tengamos —dijo— no te compete. —Una pausa—. Y eso, que no te compete.

Por primera vez en mucho tiempo Maya no supo qué hacer con lo que tenía en las manos.

Porque lo que tenía no era nada.

Esa misma tarde la notificación llegó. Horus no era un hombre que perdía tiempo a él le gustaba actuar

Lo sostuvo un segundo en la mano, con la pantalla iluminada y el nombre de su hermana parpadeando, y pensó en todas las veces que había contestado ese teléfono con ese peso en el pecho de quien sabe que lo que viene va a costar algo.

Contestó.

—¿Qué es esto? —La voz de Maya llegó sin preámbulo, con esa dureza que aparecía cuando algo la había tomado por sorpresa y no había tenido tiempo de construir la versión calculada—. ¿Qué me estás mandando?

—Una notificación legal —dijo Mila. Su voz era tranquila. Completamente tranquila, de esa forma que le costaba más de lo que parecía pero que esta vez sostuvo sin esfuerzo—. Mi abogado se pondrá en contacto con el tuyo esta semana.

—¿Tu abogado. —Maya repitió las palabras con esa incredulidad de quien no puede creer que está teniendo esta conversación—. Mila, ¿de qué estás hablando? ¿Qué abogado?

—Horus Alarcon —dijo Mila—. Probablemente ya lo conoces de nombre.

Silencio.

Breve pero completo.

—Esto es una broma —dijo Maya, y en su voz había algo que Mila no le había escuchado muchas veces, algo que tardó un segundo en identificar porque era nuevo en ese tono.

Era miedo.

—No es una broma. —Mila miró el jardín, el sol de Miami cayendo sobre el agua de la piscina.

—. Seis años de trabajo sin contrato formal, sin prestaciones, sin vacaciones, con disponibilidad permanente y un sueldo que no corresponde a las responsabilidades reales del puesto. Todo está documentado, Maya. Seis años de correos a las dos de la mañana son mucha documentación.

—Eras mi asistente. Mi hermana. Eso es diferente a—

—No lo es. —La interrumpió—. Legalmente no lo es. Y los dos lo sabemos aunque tú hayas preferido no pensarlo.

Maya respiró.

Mila la escuchó reorganizarse al otro lado de la línea, está calculando el siguiente movimiento incluso cuando el terreno se ha movido debajo.

—¿Mateo te metió esto en la cabeza? —dijo Maya finalmente, con esa voz más baja y más afilada de las tácticas que cambian de ángulo—. ¿O fue Horus? Porque tú sola no—

—Yo sola —dijo Mila.

Dos palabras.

Sin elaboración.

—Mila. —La voz de Maya cambió una vez más, hacia esa suavidad de los momentos donde cambiaba a la táctica del afecto porque las otras no habían funcionado—. Somos hermanas. Podemos hablar de esto, podemos llegar a un acuerdo sin necesidad de…

—Maya.

—¿Qué?

—Ya hablamos. —Mila lo dijo con sencillez—. Durante veinte años hablamos. O más bien tú hablaste y yo escuché y después hice lo que tú necesitabas. —Una pausa—. Eso se terminó.



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En el texto hay: amor, amistad

Editado: 01.09.2026

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