Volver a Amar

CAPITULO 43

Mila no sospechó nada hasta que fue demasiado tarde para sospecharlo.

La mañana comenzó normal, Lily empezó el desayuno más temprano de lo normal, cuando Mila despertó ya los niños estaban desayunados y cambiados para salir, incluso Maxima estaba peinada.

Lily había dicho que llevaría a los niños al acuario, Madison había aparecido con una mochila también lista para salir. Ninguna de esas cosas le había parecido fuera de lo ordinario.

Fue a las cuatro de la tarde cuando Lily apareció en la puerta del cuarto donde Mila estaba trabajando.

—Necesitas ducharte y arreglarte —dijo.

Mila levantó la vista de la laptop. —¿Perdona?

—Que te duches y te arregles —. Tienes una hora.

—Lily, tengo trabajo que…

—Una hora —repitió Lily, como si Mila no hubiera dicho nada—. El vestido verde está colgado en el baño. Ya lo planché yo.

Mila la miró.

—¿Qué está pasando?

—Nada. —Lily sonrió con esa inocencia —. Date una ducha, Mila.

Y salió cerrando la puerta no está dispuesta a discutir.

Una hora después Mila bajó las escaleras. Con el vestido verde, no el que le dio Madison ese era para el estreno de la serie, ella compró otro verde. Llevaba el cabello suelto porque Lily había aparecido veinte minutos antes con un rizador y unos zapatos que alguien había dejado frente a la puerta del baño sin que nadie admitiera haberlos puesto ahí.

La casa estaba en silencio. Eso fue lo primero que notó.

No había nadie, no escuchaba a los niños, Madison no estaba en su habitación, Martina tampoco.

Llegó al último escalón y se detuvo. El salón estaba diferente.

Las luces estaban apagadas y en su lugar había velas, muchas, de esas blancas y sin aroma. La mesa del comedor puesta y algo que olía desde la cocina, comida hecha con tiempo y atención.

Y Mateo.

De pie junto a la mesa con camisa oscura, con las manos en los bolsillos.

La miró.

Y sonrió.

—Hola —dijo.

Mila miró el salón. Las velas. La mesa. La casa está completamente en silencio alrededor de los dos.

—¿Dónde están todos? —dijo.

—En un hotel. —Mateo se acercó despacio—. Horus reservó dos habitaciones comunicadas para los niños y para Martina y Madison. Lily dijo que era lo mínimo que podían hacer.

—¿Lo mínimo por qué?

—Por nosotros. —Lo dijo con sencillez.

—Me tendieron una trampa —dijo.

—Sí —admitió Mateo, sin ningún remordimiento—. Una muy buena.

—¿Y la cena?

—Horus cocinó antes de irse. —Una pausa—. Lily supervisó. Que es básicamente lo mismo que si hubiera cocinado Lily.

—¿Y las velas?

—Madison. —Mateo la miró con atención—. Tenía una opinión muy específica sobre la cantidad correcta.

Mila miró el salón una vez más, todas esas velas distribuidas.

—Es demasiado —dijo, en voz baja.

—No lo es. —Mateo se detuvo frente a ella —. Llevas toda la vida recibiendo menos de lo que te correspondía. Esto no es demasiado. Es lo mínimo.

Mila lo miró.

Y pensó en que llevaba semanas aprendiendo a recibir sin calcular si merecía lo que le daban, y que esta noche con el vestido verde y las velas de Madison y la cena de Horus supervisada por Lily era la versión más completa de ese aprendizaje que había tenido hasta ahora.

—Ven —dijo Mateo, ofreciéndole la mano.

Mila la tomó.

Se sentaron, Mateo sirvió la comida, mientras Mila seguía asombrada de todo lo que habían hecho por ella.

Hablaron de todo y de nada, de Madison y de Horus y de una cosa que había dicho uno de los trillizos esa mañana que los dos encontraron igualmente absurda e igualmente encantadora, y de la serie que terminaba en dos semanas y de lo que venía después.

Cuando los platos quedaron vacíos y las copas casi también Mateo se levantó y fue hacia la cocina y volvió con dos tazas de café

Miró a Mila durante un momento.

—Mila.

—¿Sí?

—Quiero preguntarte algo.

—Pregunta.

Mateo dejó la taza sobre la mesa.

—Estas semanas —dijo— han sido diferentes a cualquier otra cosa que haya vivido en mucho tiempo. —Lo dijo despacio, eligiendo cada palabra con honestidad. —. Y sé que para ti también han sido diferentes. No de la misma forma pero sí de una forma que importa.

Mila lo miró sin decir nada.

—No quiero seguir llevando esto como algo que existe pero no tiene nombre —dijo Mateo—. No porque el nombre cambie lo que ya es sino porque creo que te mereces que alguien te lo pregunte de frente. —Una pausa—. ¿Quieres ser mi novia, Mila?

Las velas de Madison bajando despacio con luz cálida que lo hacía todo más suave sin quitarle nada de lo que era real.

Mila lo miró.

No puedo evitar derramar algunas lágrimas, Mateo era importante para ella, recordó el día que lo conoció, lo quería, lo quería cuando lo conoció y ahora lo quiere.

— Si, si quiero ser tu novia.

Mateo se acercó más a ella y le dio un beso, al principio fue suave, sus manos encontraron su cara, la tocó con delicadeza.

Y luego se dejaron llevar.

Con las velas de Madison iluminando el salón con luz cálida y sin prisa, y la casa completamente de los dos, y todo lo que habían construido sin planearlo existiendo en ese espacio entre ellos que esta noche ya no tenía ninguna distancia que medir.

Mateo la tocaba con delicadeza, sin urgencia.

Y Milá, que llevaba toda la vida aprendiendo a ocupar menos espacio, esta noche ocupó exactamente el que le correspondía.

Las velas siguieron ardiendo.

Mila no estaba nerviosa, ni tenia verguenza por su cuerpo dejo que Mateo le quitara el vestido, se quedó solo con sus bragas puestas, su cuerpo no era perfecto , no para ella pero si para Mateo, su mirada decía más que mil palabras, le beso el cuello, mientras sus dedos recorrían sus muslos.

Mateo la llevó en brazos hasta el sofá. La siguió besando, la siguió tocando.

Mila estaba exhausta, después de entregarse se fueron a bañar. Ella subió primero mientras Mateo apagaba todas las velas.



#339 en Novela romántica
#143 en Chick lit

En el texto hay: amor, amistad

Editado: 01.09.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.