Pamela
Desde que llevamos viviendo aquí, nunca había escuchado golpes tan fuertes a la puerta. Sé que debería alarmarme, pero, dado que no tengo enemigos, que no le debo a nadie, me paro con la mayor de las tranquilidades.
«¿Quién puede ser?», me pregunté mentalmente, y quizás ya un poco preocupada por la manera tan insistente en que llamaban a la puerta.
«¿Por qué llamarán a la puerta con tanta prisa? Espero que sea por algo realmente importante».
—¡KYLE! —exclamé, asombrada, al tiempo que intenté cerrar la puerta al reconocer al infame hombre que estaba parado frente a mí.
Al abrir con tanta tranquilidad, lo último que me habría imaginado era encontrar allí a Kyle, el infeliz hijo de papi y mami. Su sonrisa seguía siendo perfecta, sus ojos celestes resaltaban en su rostro y su cuerpo atlético hacía evidente cuánto había cambiado con los años. Fruncí el ceño al reconocerlo.
Por más que lo odiara, no podía negarlo: los años le habían sentado de maravilla. ¿Cómo era posible que alguien que me había hecho tanto daño pudiera seguir pareciéndome tan guapo?, Sí, yo era la mejor, allí estaba, pensando de ese modo del hombre que me había abandonado con un embarazo de tres meses.
Pero eso importaba menos que el hecho de que nos hubiera encontrado, de que hubiera regresado. ¿De verdad estaba aquí después de tantos años?
No, no podía ser. Quizás mis pensamientos de los últimos días, viéndolo en la televisión y viendo cómo mi hijo, ese al que intentaba mantener lejos de su existencia, lo admiraba y lo tenía como a un ídolo, me estaban confundiendo. Eso tenía que ser.
Me llené de valor y volví a abrir, pero, para mi desgracia, eso solo comprobó lo inevitable: nos había encontrado.
—¿Qué crees que haces aquí? Te lo mandé a decir y te lo repito ahora: no tienes un hijo al cual conocer —repetí las palabras que había mandado a decir con el abogado que me visitó hace un tiempo.
—¿Tu hijo? —replicó con una sonrisa sarcástica—. Te recuerdo que también es mi hijo y tengo todo el derecho de verlo.
—No seas hipócrita, por favor. ¿Ahora quieres verlo? —pregunté, airada. Cerré la puerta y salí de la casa para enfrentarme a él—. ¿Quieres que te recuerde lo que hiciste cuando te dije que estaba embarazada? ¿Quieres que te cuente cómo perdí todo para poder tener y sacar adelante a ese niño que ahora descaradamente llamas hijo? No tienes derecho. No hay manera de que puedas ver a mi hijo porque, sí, es solo mío. Mi hijo. Puedes hacer lo que quieras, pero no te permitiré estar en su vida porque, cuando tuviste tu oportunidad, no quisiste.
Lo vi bajar la mirada, como si de verdad tuviera algo que lamentar, pero lo conocía demasiado bien como para saber que eso era solo un intento de manipulación que ya no le serviría conmigo, como años atrás.
—Eso no depende de ti. Por favor, solo quiero que él tenga una mejor vida. No puedes quedarte en el pasado. No soy el mismo hombre. Las cosas serán distintas ahora. Lo prometo. Deja que lo conozca.
—Eres un cínico, por Dios. ¿Después de tantos años? ¿Ahora que no te necesita, de pronto se te dio por querer ser padre? ¿Qué cosas podrían ser distintas viniendo de ti?
—Todos cometemos errores. Me costó mucho dar con tu paradero. He estado buscando maneras de acercarme, pero tú me lo pones difícil.
—¿Difícil? ¿Qué sabes tú de cosas difíciles? Si no hubiera sido porque Flor nos recogió después de que, por tu cobardía, me botaran a la calle, hoy no habría hijo al que quisieras ver, pero eso no te importó. Te fuiste y, mira, no resultaste necesario entonces; no lo eres ahora.
Intentó interrumpirme, pero estaba tan molesta que no se lo permití. ¿Cómo podía hacerlo? No, no después de tantos años padeciendo para criar a mi hijo, no tras las injusticias que me costaron casi la vida, mientras a él lo enaltecían. Jamás podría olvidarlo y no me importaba recordárselo ahora.
—¿Tienes idea de todo lo que padecí? —pregunté, sintiendo cómo la rabia volvía a apretarme el pecho—. No, no tienes idea, porque mientras tú te divertías, mientras seguías jugando a ser el intocable hijo de papi y mami, yo me acostaba preguntándome cómo iba a recibir a mi hijo, qué futuro le brindaría. —Lo miré fijamente, conteniendo las lágrimas—. ¿Con qué estúpido derecho vienes ahora a querer ser un padre? ¿Te olvidaste de cómo me arrastré en aquel aeropuerto, suplicando para que no te fueras? ¿Olvidas que preferiste irte del país a vivir tu vida sin mí y sin tu hijo? —Negué con la cabeza, sintiendo que ya no quería escuchar una sola palabra más de su parte—. Pues bien, ahora vete. Lárgate y no regreses jamás.
—Ahora sí sé que sufriste y, aunque quiera, no puedo cambiar las cosas. Yo solo quiero ver a nuestro hijo y lo lamento si eso te duele, pero tengo tanto derecho como tú y lo sabes. Ahora soy un hombre; en aquel tiempo era un adolescente y hay cosas que no pude evitar, que no quise ver. Lo lamento. Ahora no solo comprendo mi error, quiero y puedo hacerme cargo de nuestro hijo —añadió con una sonrisa conforme. No era típico del sujeto al que recordaba tan engreído e indolente—. Además, mi madre está enferma y quiere conocer a su nieto antes de que sea demasiado tarde.
Le cerré la puerta en la cara. No podía creer el colmo de su descaro. Corrí a la habitación de mi hijo. Estaba dormido. Acaricié su cabello con el pecho apretado. Esto no me podía estar pasando a mí. Me acosté a su lado. Haría cualquier cosa para evitar que él se acercara. Sabía que no querían a mi hijo, que algo tramaban y yo iba a impedirles salirse con las suyas.
Me quedé contemplándolo, pero, como siempre que lo miraba, me preguntaba qué estaría pagando para que hubiera salido tan parecido a él. Lyan era mi vida y, por ningún motivo, dejaría que Kyle se acercara, aunque fuera su hijo, aunque el parecido fuera digno de decir que le había parido una copia.
—Mami, ¿por qué estás llorando? —preguntó Lyan al despertar, quizás por mis sollozos.