Volver a amarnos

Parte 2

Pamela

Pasó un rato hasta que conseguí, con gran esmero, evitar que Lyan quisiera seguir viendo información sobre aquel mal hombre. No hay cosa peor para una madre que tener que mentirle a su hijo. Él no sabía que ese hombre al que tanto admiraba era su padre y no lo sabría por mi boca.

Sé que suena mal, pero es lo mejor. ¿Cómo podría decirle que su padre lo negó? ¿Que sus abuelos paternos lo rechazaron y que, a causa de haber sido un juego para su padre, terminé en la calle? Pero eso no era lo peor. No tenía cara para decirle que, después de tantos años, apenas ahora le parecía buena idea querer hacer su papel de padre, y no precisamente porque le importara.

No, no podía permitir que se hiciera ilusiones.

Me pidió que lo acompañara fuera de la ducha, después de que mami Flor nos distrajera con una historia que hizo que se olvidara de querer ser como aquel hombre.

Cuando salió envuelto en su toalla, pude ver la marca en su espalda, al lado izquierdo. La veía todos los días, pero esta vez fue distinto. Me di cuenta de que no solo físicamente se parecía a su padre; también tenía muchos de sus gestos y rasgos. Ambos eran alérgicos a las nueces, a los dos les gustaba el color azul y, al igual que su padre, a Lyan no le gustaba la carne. Había sido muy difícil lidiar con todas aquellas coincidencias.

Como para ahora tener que sumarle su aparición y sus intenciones de complicarlo todo.

Cada día deseaba con más ganas poder cambiarle de padre. Soñaba con que eso fuera posible, aunque sabía que era una idea absurda.

Salí para que pudiera vestirse mientras lo oía tararear. No entendía cómo se atrevía a regresar reclamando los derechos de un hijo al que durante seis años no le había interesado conocer. ¿Por qué lo hacía? No estaba dispuesta a permitir que se acercara, sin importar el costo.

—Mami, tengo mucho frío —dijo Lyan al salir de la habitación, frotándose los brazos—. ¿Puedo ponerme otro suéter sobre mi pijama de Superman? ¿Y puedo tomar un poco de leche caliente después, mami?

—Sí, hijo. Ponte ese suéter sobre el pijama y traeré un poco de leche caliente para ti. Es una noche fría; está comenzando el invierno.

Se había puesto el suéter tejido por mami Flor sobre el pijama. Al entregarle la leche, lo vi hacer uno de esos gestos que le conocía a su padre cuando compartíamos algún refrigerio. Revisaba meticulosamente el empaque; Lyan hacía exactamente lo mismo con el vaso, como si necesitara comprobar cada detalle antes de beber.

—Estuvo deliciosa, mami —dijo después de terminarse la leche. Se inclinó para darme un beso y luego añadió, con una sonrisa soñolienta—: Ya me voy a dormir, mami. Los niños sanos crecen fuertes y yo quiero ser grande y fuerte como Kyle.

Cerré los ojos e inspiré lentamente, intentando contener la frustración que me provocaban sus palabras. ¿Por qué todo tenía que recordarme a él? Tenía superhéroes en las paredes, en sus juguetes y hasta en sus pijamas, pero mi hijo quería ser como ese futbolista de pacotilla.

—Hijo, ¿no te gustaría ser como otro futbolista? —pregunté, procurando que mi voz sonara casual mientras comenzaba a enumerarle algunos nombres—. Hay muchos jugadores muy buenos, fuertes, talentosos y, además, algunos hacen cosas maravillosas por sus familias y por los niños.

Lyan me prestó atención y, por un instante, creí que lo tenía. Incluso sentí una pequeña esperanza cuando pareció pensarlo con seriedad. Sin embargo, cuando terminé de mencionarle algunos jugadores, sonrió, se abrazó a mí y se acomodó contra mi cuerpo mientras balbuceaba, ya vencido por el sueño:

—No, mami. Quiero ser como Kyle. Él es el mejor.

Me di por vencida. Dejé un beso en su cabeza, le leí un cuento y esperé hasta verlo dormirse. Acaricié su cabello, apartando el mechón que le cubría parte del ojo. Su cabello era rubio y sus ojos, azules. Mi hijo era hermoso, muy educado y tierno.

Estaba haciendo un buen trabajo. Uno que ese tipo con ínfulas de padre y su familia no iban a arruinar.

Lo acomodé en una mejor posición y me fui a despedir de Flor. Regresé a su habitación porque esa noche dormiría con él. No pude evitar dejar caer unas lágrimas. Sabía que, si Kyle se acercaba, incluso fingiendo ser su amigo, todo se complicaría. Sus padres y sus millones podían conseguir abogados, influencias y cualquier recurso necesario para intentar quitarme a mi hijo.

Le pedí a Dios que me iluminara, que me ayudara. No quería dejar el lugar; no tenía adónde ir. Tampoco podía alejar a mi hijo del sitio donde había crecido y donde teníamos a las personas que nos querían, los únicos que nunca nos habían dado la espalda. En el pueblo nadie sabía quién era Kyle. Aunque era famoso, no solo porque su familia fuera muy reconocida, sino porque él se había convertido en el futbolista del momento después de varios años destacándose en su carrera.

No entendía por qué había tenido que regresar. Me lo preguntaba una y otra vez. Me levanté al comprender que dormir sería imposible y comencé a caminar de un lado a otro mientras miraba a mi hermoso hijo, tan inocente de todo lo que estaba sucediendo.

Habían pasado seis horas cuando empecé a sentir sueño. Me acosté al lado de mi hijo, lo abracé y besé su frente.

—Te amo, Lyan. Eres lo más hermoso que tengo en la vida —susurré mientras volvía a besar su cabecita.

Nos habíamos levantado tarde. Lo preparé, le hice el desayuno y, como había decidido no llevarlo a la escuela, podía vigilarlo. Tenía miedo. Quería asegurarme de que Kyle no fuera a buscarlo a la pequeña escuela donde estudiaba; era la única que había en el pueblo.

Esa tarde, después de vigilar con constancia la casa y sus alrededores, fuimos al pequeño parque, el único que había. No tenía muchos juegos para niños, pero a Lyan le gustaba el fútbol, así que habíamos llevado su pequeño balón. Estábamos jugando cuando decidí ir por unos helados, dejándolo al cuidado de mi compañera de trabajo, que también había llevado a su hijo, Maider, a jugar.




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