Pamela
Mi corazón se aceleró y empecé a gritar el nombre de mi hijo, buscándolo como loca. La desesperación comenzó a apoderarse de mí hasta que, finalmente, lo vi venir con un helado en la mano.
—¿Dónde estabas, Lyan? ¿Por qué me haces esto? —pregunté mientras corría hacia él y me arrodillaba a su altura—. Mami te ha dicho que no hables ni juegues con extraños. Dame ese helado. ¿Por qué te has alejado? ¿Por qué me desobedeciste? —La voz me temblaba mientras lo sujetaba de los brazos—. ¿Por qué le haces esto a mami?
Lo sujeté con demasiada fuerza. Solo reaccioné cuando vi su rostro asustado, tan confundido como yo había estado minutos antes. Lo solté de inmediato y lo abracé contra mi pecho.
—Discúlpame, hijo. Mami no quiso gritarte —susurré, acariciándole el cabello mientras intentaba controlar las lágrimas—. Te amo, lo siento, pero no puedes volver a hacer algo así. Prométeme que nunca volverás a hacerlo, Lyan. No quiero que recibas cosas de extraños, mucho menos que hables con ellos o te alejes de mí sin decirme dónde estarás.
—No es un extraño, mami. Es mi amigo —respondió con una sonrisa que me partió el alma—. Ven, vamos. Te lo mostraré. Nos ha regalado un balón y helados.
Me sujetó la mano con tanta emoción que apenas pude reaccionar.
Mi corazón se aceleró todavía más. Lo presentía, pero conservaba la esperanza de estar equivocada. La vida no podía ser tan cruel, ¿verdad?
Pude negarme, levantarlo y marcharme de allí, pero terminé acompañándolo hasta el lugar donde me estaba llevando.
—¡Kyle! ¡Kyle, he traído a mi mami! —gritó Lyan, exaltado, en cuanto lo vio.
La presión se me disparó al escuchar su nombre. Dirigí la mirada hacia donde mi hijo corrió después de soltar mi mano y allí estaba ese desalmado.
Kyle lo recibió entre sus brazos y lo levantó con una facilidad que me hizo contener el aliento. Después besó su cabeza con una devoción que parecía demasiado natural, como la de un padre orgulloso, amoroso y feliz de tener a su hijo entre los brazos.
Pero yo lo sabía. Era un engaño. Kyle no era ese tipo de persona. Él no podía querer a nadie más que a sí mismo.
—¿Cómo has sido capaz de hacer esto? —exigí, acercándome mientras señalaba hacia mi hijo—. Te pedí que no te acercaras a él. No tienes derecho. Eres un mal... —Me detuve al notar su pequeña sonrisa y, sobre todo, la confusión en el rostro de Lyan—. Hijo, ven. Vámonos.
Logré arrancarlo de sus brazos, pero ocurrió algo que no esperaba. Lyan se sacudió y volvió a buscarlo, extendiendo las manos hacia Kyle.
—Es mi amigo, mami. Es mi mejor amigo.
Hice mi mayor esfuerzo por mantener la calma. Aunque no dije nada, mi mirada hacia Kyle fue suficiente para advertirle lo que estaba pensando. En mi mente, lo insulté de todas las maneras posibles.
—Lyan, mírame —le pedí, tomándolo suavemente por los hombros para conseguir que me prestara atención—. No quiero que vuelvas a acercarte a ese hombre. Prométele a mami que jamás volverás a hacerlo. No quiero que hables con él ni con ninguna otra persona que no conozcas, ¿entendido?
—¿Por qué, mami? —preguntó con el ceño fruncido, sin comprender mi miedo—. Es mi amigo. Es bueno, mami...
Quise gritarle que no lo era, pero en ese momento otra voz consiguió devolverme un poco de serenidad.
—Amiga... Vine a ver qué pasaba —dijo Sarah, acercándose a nosotras—. Viniste por los niños y no regresaste. Los helados ya están derretidos.
La miré y agradecí que hubiera aparecido justo en ese momento.
—¿Cómo pudiste descuidar a nuestros hijos así? —le reclamé, todavía alterada—. Sabes que aceptaron helados y regalos de personas extrañas.
—Tú sabes perfectamente que no soy ningún extraño —intervino Kyle, acercándose lo suficiente para que solo yo pudiera escucharlo—. Tengo tanto derecho como tú.
Lo fulminé con la mirada.
—Sarah, llévate a los niños. Los alcanzaré en unos minutos —pedí, intentando mantener la voz firme.
No quería hacerlo, pero no tuve otra opción que permitir que Lyan se despidiera de Kyle. Esperé hasta que Sarah se alejara con los niños y, apenas estuvimos solos, no pude contenerme. Me acerqué y le di una bofetada.
—Eres un imbécil —espeté entre lágrimas, completamente alterada—. Te dije que no iba a permitir que te acercaras a él. No eres su padre.
Kyle llevó una mano a su mejilla y me observó durante unos segundos. La sorpresa apenas duró; enseguida recuperó esa seguridad que tanto detestaba.
—Puedes decir todo lo que quieras, pero esto no depende de ti —respondió con firmeza—. Te estoy pidiendo por las buenas que me permitas ver a mi hijo. Si no lo aceptas de este modo, tendrá que ser por las malas. —Se acomodó la chaqueta del traje sin apartar sus ojos de mí—. Te aconsejo que lo pienses bien y que lleguemos a un acuerdo.
—¿Por las malas? —repetí, soltando una risa amarga mientras me limpiaba las lágrimas—. ¿Crees que te tengo miedo? Aléjate. Vete como lo hiciste aquella vez y déjanos en paz.
—No, no voy a alejarme. Es mi hijo y tengo derecho a conocerlo —respondió sin titubear—. Mi madre quiere conocerlo, está muy enferma. Además, no puedes negarlo. Has visto lo mucho que nos parecemos. Nadie va a creerte cuando digas que no es mi hijo. —Señaló hacia el parque con un gesto despectivo—. Tengo derechos y también puedo ofrecerle la vida que tú no puedes darle. Mira este lugar, Pamela. ¿Qué vas a ofrecerle aquí? ¿Te das cuenta de que le gusta el fútbol, igual que a su padre?
Esbozó una sonrisa cínica que hizo que mi sangre hirviera.
—Sí, vamos ante la corte familiar. Me darán todos los derechos y entonces serás tú quien deba alejarse —continuó, acercándose un poco más—. Así que te ofrezco un trato: dile a Lyan que soy su padre, permíteme verlo y déjame llevarlo con mi madre.
—¿Te estás escuchando? —pregunté, sintiendo que las lágrimas volvían a acumularse en mis ojos—. Tuviste seis años para arrepentirte y ahora simplemente vienes a pedirme que tenga compasión por una mujer que casi nos mata. —Negué con la cabeza y di un paso atrás—. Tú y tus millones pueden largarse por donde vinieron.