Volver a amarnos

Parte 4

Pamela

Se quedó mirándome y, por un momento, pensé que había conseguido despertar algún remordimiento en él. Sin embargo, esa esperanza se desvaneció cuando dio dos pasos hacia mí con aquella arrogancia que parece acompañarlo desde siempre.

—El problema, Pamela, es que no estoy aquí para preguntarte si crees que lo merecemos o no. La cuestión es que es mi hijo, tengo derechos sobre él y, como su padre, puedo decidir. Quiero que mi madre conozca a su nieto, que pueda llevárselo y compartir con él —explicó con una calma que me exasperó todavía más—. No es nada del otro mundo, Pamela. Solo estoy ejerciendo un derecho.

Estampé las manos contra su pecho y lo empujé, incapaz de contener la rabia que me provocaban sus palabras. Él sujetó mis manos antes de que pudiera volver a apartarlo y, de inmediato, dirigió una mirada severa hacia sus guardaespaldas. Bastó aquel gesto para que ellos detuvieran cualquier intención de acercarse.

—¿Nada del otro mundo? —sentencié mientras me sacudía con brusquedad de su agarre—. Me estás exigiendo un derecho que no mereces y que ni siquiera te has ganado, sobre un hijo que durante seis años no significó nada para ti, ¡y todavía tienes el descaro de decir que no es nada del otro mundo! —Le di un golpe en el pecho, incapaz de contener las lágrimas—. Lárgate de una buena vez.

Él bajó la mirada. Podría haber jurado que, durante un instante, vi remordimiento en su rostro, pero ya conocía demasiado bien sus maneras. Sabía que también podía utilizar la culpa y las emociones para conseguir lo que quería.

—Esa misma mujer a la que quieres llevarle a mi hijo fue quien me dio quinientos dólares para que abortara —dije, sintiendo cómo los recuerdos que tanto había intentado enterrar volvían a mi mente—. ¿Sabes qué me dijo? Lo recuerdo perfectamente. Me tiró el dinero y me pidió que me deshiciera del problema, como si mi hijo fuera algo de lo que debía avergonzarme.

Durante unos segundos advertí sorpresa en su rostro. Incluso pareció quedarse sin palabras, como si aquella información fuera completamente nueva para él.

—Yo...

Intentó hablar, pero levanté una mano y lo detuve. Ya había soportado demasiado y no pensaba permitir que desviara la conversación.

—¿Tú crees que voy a permitir que mi hijo esté cerca de ustedes después de eso? —pregunté, sintiendo que la voz me temblaba de indignación—. ¡No voy a permitirlo! Haré cualquier cosa para mantener a Lyan lejos de ti y de tu familia. Él es mi hijo, Kyle, y te lo advierto: por él soy capaz de enfrentarme a cualquiera.

Ante mi determinación, retrocedió un paso. Creí que finalmente había entendido que no conseguiría convencerme, así que di por terminada la conversación. Sin embargo, apenas había avanzado un par de pasos cuando volvió a insistir.

—También es mi hijo. No solo me admira, Pamela, también me necesita —dijo mientras señalaba discretamente hacia el lugar donde se encontraba Lyan—. Mira este sitio. Tú misma sabes que no puedo ofrecerle lo mismo que tú, pero yo puedo darle oportunidades que aquí nunca tendrá. Le gusta el fútbol y puedo ayudarlo, no solo como profesional, sino como su padre.

Me giré para enfrentarlo con la mirada encendida de ira. ¿Cómo podía intentar utilizar los gustos de mi hijo para convencerme?

—Sé que hay errores que cuestan, Pamela —continuó al notar mi reacción—, pero piensa en él. Entiende que no voy a irme sin Lyan. Si no quieres hacerlo por las buenas, me veré obligado a utilizar mis influencias.

Me limpié las lágrimas con el dorso de las manos, procurando que no notara cuánto me afectaban sus amenazas.

—Te estaré esperando, Kyle —respondí con firmeza.

—No me obligues a tomar esas medidas. Solo quiero darle una mejor vida, cumplir sus sueños y ofrecerle oportunidades —insistió, aunque aquella vez su tono dejó de parecer una petición y comenzó a sonar como una advertencia—. Si te opones a eso, podrías perderlo, Pamela. Si llevamos esto ante una corte familiar, podrían concederme derechos sobre Lyan e incluso podrías terminar siendo tú quien tenga que alejarse de él.

Negué con la cabeza, sintiendo cómo el odio que durante años había intentado no alimentar se convertía nuevamente en una emoción que me nublaba la visión.

—¿Qué clase de hombre eres? —pregunté, mirándolo con incredulidad—. ¿No tienes honor? ¿Al menos un poco de orgullo? ¿Cómo puedes amenazarme con quitarme a mi hijo después de haber pasado seis años sin siquiera querer conocerlo?

Respiró profundamente y mantuvo la mirada fija en mí.

—No quiero hacerte daño ni hacérselo a él. Lo único que quiero es conocerlo y que tenga la oportunidad de vivir con mi madre y conmigo —explicó, procurando mantener la calma—. Tú decides cómo quieres hacer las cosas. Por las buenas significa decirle la verdad a Lyan y permitir que yo lo lleve conmigo a la ciudad. Mi madre se hará responsable de él cuando yo no esté y tendrá muchas oportunidades que aquí no podrá tener. Por las malas significa ir ante una corte. Tengo los mejores abogados y las mejores influencias; sería muy difícil que ganaras. Y si eliges esa segunda opción, Pamela, tendrás que prepararte para la posibilidad de alejarte de él.

Mis manos temblaban, aunque las cerré en puños para intentar controlarme y no abalanzarme sobre él. Me enfurecía verlo tan tranquilo mientras hablaba de llevarse a mi hijo como si estuviera negociando cualquier otra cosa.

—No hagas esto, Kyle —le pedí, sintiendo que mi voz se quebraba por la desesperación—. Tú no lo conoces. No sabes nada de él. Aquí tiene todo lo que necesita: tiene mi amor, un hogar, amigos, va a la escuela y tiene una vida feliz. Nunca te ha necesitado. —Me acerqué un poco más, buscando desesperadamente una manera de hacerlo entrar en razón—. ¿Qué quieres a cambio de renunciar a él? Lo que sea, Kyle. Dime qué quieres y lleguemos a un acuerdo.

Soltó una risita breve, casi burlona, y me observó como si acabara de decir la cosa más ingenua del mundo. En ese instante comprendí que estaba perdiendo mi tiempo con él.




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