Volver a amarnos

Parte 6

Pamela

Mi respuesta fue soltarle una bofetada y marcharme. Corrí hacia mi hijo y lo saqué de aquel lugar a pesar de su insistencia en volver con su amigo.

Durante el camino, su emoción se mezclaba con ese temor que tanto había intentado convencerme de que no tendría que volver a vivir. Ahora estaba ahí, acorralada por aquello que creí haber dejado en el pasado, por el egoísmo y el cinismo de un hombre que, precisamente por sus decisiones, demostraba que todavía tenía mucho que aprender sobre lo que significaba ser un padre.

Kyle no era más que un títere andante, dispuesto a complacer a su madre cuando ella movía los hilos.

—Mami, vas muy rápido —protestó Lyan.

Lo miré y sostuve su mirada, intentando comprender aquella inocencia que todavía no había sido alcanzada por los problemas de los adultos. Sus ojos no tenían culpa alguna. Suspiré y lo levanté en brazos. No, no iba lo suficientemente rápido; quería alejarlo de Kyle mucho más de lo que mis piernas podían permitirme.

—¿Estás molesta, mami? Te prometo que nunca, nunca le recibiré helado a extraños. —Me rodeó el cuello con sus pequeños brazos y volvió a sonreír—. Pero, mami, Kyle es mi amigo. ¿Viste nuestro balón? Me prometió que tendría muchos de esos.

Me arrodillé frente a él, le peiné el cabello con los dedos y lo estreché contra mi pecho, intentando tranquilizarlo y, al mismo tiempo, tranquilizarme a mí misma.

—Mi amor, no puedes conocer realmente a una persona solo porque la hayas visto en televisión. Que alguien sea famoso o parezca bueno no significa que debamos confiar en él. —Le acaricié la mejilla, procurando que mi miedo no se reflejara en mis palabras—. El mundo está lleno de personas con buenas y malas intenciones, y no siempre podemos saber cuáles son cuáles. No estoy molesta contigo, pero me haría muy feliz que me hicieras caso. No puedes confiar en extraños, aunque te ofrezcan tus cosas favoritas o te prometan darte todo lo que quieras.

—¿Kyle es malo, mami?

Intenté sonreír. Me sentí tentada a confirmarle aquella pregunta, a decirle que sí, que aquel hombre al que admiraba era precisamente la persona de la que debía mantenerse alejado. Sin embargo, todavía no podía contarle la verdad. No así.

—No lo conozco como para decirte eso, y tú tampoco lo conoces. Solo quiero que estés bien. —Le acomodé el cuello de su suéter—. ¿Me prometes que no volverás a acercarte a él sin que yo esté contigo?

—Te lo prometo, mami, pero no estés triste.

Aquellas palabras consiguieron tocarme más de lo que esperaba.

—Te amo más que a nada en el mundo. Ahora ve a jugar; debo hablar con mami.

Se alejó feliz y lo vi entrar a la casa, sabiendo que su promesa, siendo apenas un niño y teniendo frente a él una de sus mayores tentaciones, no era una garantía de nada.

Me acerqué a Flor y le conté todo, intentando mantener la calma por su salud y por Lyan.

—Hija, lo que me cuentas es muy grave. —Sujetó mi mano con ese cariño maternal que siempre había tenido conmigo—. No hay una persona en este pueblo que pueda compararse con uno de sus abogados. Perdóname por no poder ayudarte económicamente; desearía tener dinero para evitar que tuvieras que pasar por algo así.

Me incliné para besarle la frente.

¿Cómo podía pedirle más que su amor? Flor era la bondad hecha persona y su presencia en mi vida era todo lo que necesitaba.

—No tienes que pedirme perdón. Tú has hecho más de lo que cualquiera habría hecho. Has estado conmigo, me has apoyado incondicionalmente y has sido la madre que un día tuve y que prefirió echarme a la calle. —Apreté su mano—. Con tu presencia me doy por bien servida. Tenerte aquí es demasiado reconfortante para mí. No quiero imaginar qué habría hecho si hubiera estado sola. Te amo, así que no te preocupes. Ya encontraremos una solución.

Me recosté sobre sus piernas, sintiendo cómo sus caricias recorrían mi cabello. Aquello me hacía sentir como una niña que, después de haber tenido que enfrentarse al mundo demasiado pronto, todavía necesitaba amor y apoyo. Sus demostraciones de afecto parecían devolverme las fuerzas que las últimas horas me habían arrebatado.

Ella y mi hijo eran mi hogar.

Por ellos haría lo que fuera necesario. Para protegerlos sería capaz de dar mi vida, de renunciar a todo lo que tuviera que renunciar.

—Te amo, madre. Por favor, no te preocupes de más por esto. —Me puse de pie, dispuesta a tomar una ducha.

Ella sujetó mi mano y, cuando me giré para atenderla, habló.

—Hijita, todavía tenemos una última opción. Sé que no te gustará nada, pero no tenemos muchas salidas. No tienes que hacerlo tú; solo debes estar conmigo, acompañarme, y yo me encargaré del resto. —Hizo una pequeña pausa—. No te aseguro que vaya a funcionar, pero al menos podemos intentarlo.

Aquello que sabía que no me iba a gustar me apretó el pecho. Nuestra situación apenas alcanzaba para sobrevivir. Teníamos lo justo: una cama que compartía con mi hijo, una vieja cocina que todavía nos permitía preparar nuestros alimentos y una casa con tantos remiendos que parecía una colección de otras épocas. El dinero que ganábamos alcanzaba para sus medicinas, la escuela de Lyan y los gastos necesarios.

Por eso, escuchar aquellas palabras era un verdadero motivo de preocupación.

—No, mami. Si te refieres otra vez a la idea que me comentaste hace un tiempo, la respuesta es no. —Me adelanté, esperando que aquello que proponía fuera algo menos humillante—. No voy a buscar a mis padres. No necesitamos su ayuda y es evidente que ellos tampoco querrán ayudarnos. Recuerda cómo me sacaron de su casa.

—Hija, el tiempo ha pasado. Han pasado seis años. Quizás ellos...

Me puse de cuclillas frente a ella y sujeté sus manos.

—Yo encontraré una solución. Han pasado seis años y nunca se han interesado en saber de mí. No quiero molestarlos. —Negué con la cabeza—. Sé que no quieren saber de mí ni de mi hijo. Si fuera de otra manera, me habrían buscado.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.