Volver a amarnos

Parte 7

Pamela

Después de observar a Lyan jugar durante unos minutos, regresé a la sala para decirle a mami que me recostaría un rato. Necesitaba ordenar mis pensamientos y, aunque sabía que no podía permitirme bajar la guardia, el cansancio terminó venciendo mis fuerzas.

Lo que pretendía ser apenas unas horas de descanso se convirtió en mucho más tiempo. No esperaba despertar y encontrar a Lyan a mi lado.

Acaricié su cabello y lo contemplé durante unos segundos. A esa hora resultaba extraño verlo allí, pero supuse que debía haberse quedado dormido mientras me acompañaba. Dejé un beso sobre su cabeza, me desperecé y bajé de la cama con cuidado para no despertarlo.

Me dirigí a la cocina. Esperaba encontrar a mi madre dejando preparados sus productos para el día siguiente, como solía hacer antes de acostarse, pero no estaba allí. Pensé que quizá se había ido a dormir temprano. Fui hasta su habitación y, al encontrarla vacía, una punzada de preocupación me atravesó el pecho.

Revisé la casa, salí al jardín y hasta pregunté a nuestra vecina y amiga si la había visto. Me aseguró que no. Regresé a la habitación y comencé a caminar de un lado a otro mientras miraba a mi hijo dormir. Algo no estaba bien. Tenía el presentimiento de que había ido a la ciudad.

Lo confirmé cuando Lyan se movió entre las sábanas y dejó al descubierto una nota que mi madre había colocado junto a él.

NOTA:

“Hija, tú eres madre, una maravillosa, por cierto, y por eso sé que vas a entenderme. No puedo quedarme de brazos cruzados viendo cómo pretendes arruinar tu vida. Hablaré con tus padres y trataré de convencerlos de que te ayuden. Sé que no quieres que lo haga, pero no hay nada que una madre no haga por sus hijos.

Dios me bendijo contigo y con Lyan. Tú no saliste de mí, pero te amo como si lo hubieras hecho. Por ti haría cualquier cosa. No te enojes conmigo. Ya estoy vieja y he pasado por tantas cosas que recibir una humillación de tus padres por ti no sería nada. Mi amor de madre puede con eso y con mucho más.

Siempre te apoyaré, pero tampoco puedo permitir que ese hombre se salga con la suya. No mereces ser infeliz por causa de ese cobarde y mucho menos que te quiten a tu hijo. Tú has sido una excelente madre y, aunque sé que no siempre los hijos son el reflejo de sus padres, tú eres una prueba de ello.

Hija, te amo y amo a mi nieto. No te preocupes, estaré bien. Volveré en cuanto consiga que tus padres acepten ayudarnos”.

Caí sentada sobre la cama. El golpe de la realidad fue tan repentino que durante unos segundos no pude reaccionar. Lyan comenzó a moverse y decidí dejar que despertara por completo antes de decirle algo.

Me saludó con un abrazo, todavía adormilado.

—¿Qué haces, mami?

Apenas recuperándome de la impresión, besé su cabeza.

—Levántate, hijo. Te prepararé algo para cenar.

—Está bien, mami —respondió con voz somnolienta.

—Ordena la cama, mi vida. Yo iré a prepararte la comida.

Él asintió obediente y comenzó a acomodar las sábanas mientras yo me dirigía a la cocina. Con las manos todavía temblorosas, empecé a preparar sus huevos. Sin embargo, mientras los cocinaba, tomé una decisión: no iba a quedarme esperando. Iría a buscar a mi madre y evitaría que volviera a humillarse ante las personas que tantas veces la habían hecho sentir menos.

—Cariño, mami necesita que cenes rápido. Vamos a viajar. Ve a comer mientras yo recojo algunas cosas.

—Mami, pero todavía tengo sueño. ¿Adónde vamos a ir?

—Amor, vamos a buscar a tu abuelita. Ella fue a la ciudad y tenemos que alcanzarla. No quiero que tenga que enfrentar esto sola. Termina tu comida mientras mami termina de organizarse.

Desde que nos habíamos marchado al pueblo con mami Flor, no había vuelto a la ciudad. La última vez que había estado allí, Lyan tenía tres años y habíamos atravesado una de las etapas más difíciles de nuestra vida.

Cuando nos mudamos, él apenas tenía seis meses. Estábamos a unas siete horas de distancia. Había un aeropuerto, pero no tenía dinero suficiente para viajar en avión. Si conseguíamos transporte de inmediato, podríamos llegar ese mismo día, antes del amanecer.

Recogí con rapidez lo indispensable y, después de asegurarme de que Lyan llevara lo necesario, nos encaminamos al terminal de transportes.

Por suerte, conseguimos dos pasajes. Subimos al autobús y, minutos después, el viaje comenzó.

Lyan estaba maravillado con el paisaje. Las montañas y los pequeños pueblos que atravesábamos despertaban su curiosidad, aunque la oscuridad apenas le permitía distinguirlos por la ventana. Me hacía preguntas sobre todo lo que alcanzaba a ver y, por momentos, su entusiasmo conseguía apartar de mi cabeza la preocupación por mi madre.

Agradecí cuando finalmente se quedó dormido. Pude suspirar y permitir que toda la tensión que había acumulado desde que encontramos la nota se instalara en mí.

Miré a mi hijo y recordé todo lo que había tenido que enfrentar: el abandono de su padre, el rechazo de mis padres, la pérdida de mi hogar, de mis amistades y hasta de la vida que había imaginado para mí. También había dejado la preparatoria y muchos de los planes que alguna vez creí que serían mi futuro.

Pero nada de eso importaba cuando lo miraba.

Lyan había valido cada sacrificio.

Por eso tampoco permitiría que Kyle ni su familia me lo quitaran. Y por eso tenía que llegar a tiempo para impedir que mami Flor volviera a ponerse de rodillas ante mis padres. Ella nunca me había dado la espalda. Había renunciado a muchas cosas para quedarse conmigo y hacerse cargo de nosotros cuando nadie más quiso hacerlo.

Recordarla despertó en mí una tristeza antigua.

Había sido una buena hija. Nunca había causado grandes problemas, salvo aquel que mis padres consideraron imperdonable. Desde pequeña había sentido su distancia. Sus constantes viajes siempre habían sido presentados como obligaciones, pero con los años comprendí que, simplemente, no disfrutaban de tenerme cerca.




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