Pamela
Ahogué un último suspiro y traté de ordenar mis pensamientos. El resto del trayecto lo dediqué a pensar con calma, buscando alguna salida que no implicara someterme nuevamente a quienes habían decidido abandonarme años atrás. No podía permitirme actuar por desesperación; esta vez tenía que pensar en Lyan y en cada movimiento que haría a partir de ese momento.
Cuando despertó, comió parte de lo poco que había empacado y volvió a concentrarse en el paisaje que, bajo las luces intermitentes del autobús, apenas podía distinguirse.
—¡Qué emocionante, mami! ¿Cuándo veremos a la abuela?
—No estoy segura, hijo —besé nuevamente su cabeza—. Espero que su amiga todavía viva en el mismo lugar. Si es así, iremos hasta allí.
Lo murmuré tan bajo que Lyan apenas pudo escucharme.
No teníamos dinero suficiente para pagar más de un par de días de estadía en la ciudad, además de cubrir la comida y cualquier otra necesidad que pudiera surgir. Esa era la realidad y no podía ignorarla.
Estaba preocupada, sobre todo porque no sabía dónde comenzar a buscar. Una parte de mí quería regañar a mami Flor por haber tomado aquella decisión sin siquiera asegurarse de que tendríamos un lugar donde quedarnos, pero conocía sus intenciones. Lo había hecho para protegerme, para evitar que terminara aceptando un matrimonio que no deseaba. Aun así, había actuado sin pensar en lo difícil que sería encontrarla si sus planes fracasaban.
Y si algo me inquietaba todavía más era pensar que quizá hubiera recurrido a personas que alguna vez nos dieron la espalda. No quería que volviera a humillarse por mí.
—Mami, mami, ¡mira! ¡Son vacas! ¡Hay muchas vacas! —Lyan me sujetó del brazo y lo sacudió emocionado para llamar mi atención cuando la madrugada se hizo más profunda.
—Sí, hijo. Son muchas. Debe ser una finca; seguramente tienen otros animales en alguna parte del terreno.
Lyan adoraba a los animales. Cualquier especie conseguía despertar su curiosidad, y sabía que un zoológico lo haría completamente feliz. Quizá algún día podría llevarlo a uno, aunque en ese momento no sabía cuándo tendría la oportunidad.
—Me gustan, mami. ¿Sabes cuánto me gustan los animales? —preguntó con esa ternura que ya me hacía imaginar lo que vendría después—. ¿Me llevarás al zoológico?
—Hijo, vinimos a buscar a mami Flor. Esta vez no puedo llevarte, pero te prometo que haré todo lo posible para hacerlo pronto. No te pongas triste, mi amor. Tú sabes que mami te ama y siempre intenta darte lo mejor, pero también hay cosas que no podemos tener cuando queremos. Algunas deben esperar hasta que sea el momento adecuado y, ahora, lo más importante es encontrar a mami.
Dejó caer los hombros y su expresión se apagó un poco. Me dolía verlo así, aunque también me hizo pensar que quizá regresar a la ciudad no fuera una idea tan descabellada. Allí tendría acceso a mejores escuelas, más oportunidades y lugares que podían enriquecer su infancia.
El problema era que regresar significaba acercarnos nuevamente a ellos.
—Mírame, amor. Hay cosas en la vida que no suceden cuando las deseamos. A veces los padres no podemos darles a nuestros hijos todo lo que quisiéramos, pero eso no significa que no hagamos nuestro mejor esfuerzo. Esta es una de esas veces. Mami no puede llevarte al zoológico ahora. ¿Lo entiendes?
—¿Por qué no quieres llevarme, mami? Me he portado bien. Soy un buen niño, les hago caso a las profesoras, te hago caso a ti y también a mi abuelita.
—Lo sé, cariño. Eres un niño maravilloso. No se trata de que no quiera llevarte, sino de que no sé cuánto tiempo estaremos aquí. En cuanto encontremos a mami Flor, tendremos que regresar al pueblo.
—Mami, pídele a Kyle que me lleve. Él puede hacerlo. Mami, por favor. Yo quiero ver los animales, quiero conocer muchos zoológicos. Él puede llevarme —comenzó a besarme la mejilla con entusiasmo—. Dile, mami. Yo sé que Kyle me llevará si tú le das permiso.
—Cariño, te estoy diciendo que no es posible. ¿Puedes entenderlo?
—¡Mamiiii! Pero quiero que le digas a Kyle. Sé que él puede llevarme. Dile, mami. Quiero que Kyle me lleve al zoológico. Por favor, no seas mala. Kyle es mi amigo. Yo sé que él va a llevarme.
—¡BASTA, LYAN! ¡DIJE QUE NO!
Me miró con los ojos muy abiertos. Cerré los míos y respiré profundamente antes de volver a mirarlo.
—Ya, cariño... No quise gritarte. Pero debes entender que cuando mamá dice que no, es no. ¿Lo entiendes?
—Sí, mami —respondió, girando el rostro con evidente tristeza.
Sentí una punzada de culpa, pero no podía ceder. Kyle podía cumplir cualquiera de los deseos de mi hijo con facilidad y precisamente por eso era peligroso. Podía convertir cada carencia en una promesa, cada capricho en un regalo y ganarse su afecto sin que Lyan comprendiera lo que había detrás.
—No estés triste, Lyan. Tendremos muchas oportunidades. Algún día te llevaré al zoológico; esto no es un «no» para siempre.
—Sí, mami —respondió sin siquiera mirarme.
Sabía que estaba molesto conmigo. A mí también me frustraba tener que negarle algo tan sencillo, pero no iba a permitir que un regalo sirviera como puerta de entrada a la vida de mi hijo.
—Mira, hijo, hemos llegado. Esta es la ciudad de mami. Aquí nací y crecí. Esperemos a que las personas comiencen a bajar para poder levantarnos.
Lyan se incorporó con curiosidad.
—Mami, ¿también es la ciudad de mi papá? ¿Aquí vive mi papá?
—No, hijo. Tu padre llegó a esta ciudad cuando todavía era niño. Pero esta también es tu ciudad. Aquí naciste. Tuvimos que irnos, pero aquí comenzó tu historia.
—Es muy grande, mami. ¿Dónde está mami Flor? ¿Iremos a buscarla a su casa?
—No iremos directamente a su casa porque hace muchos años dejó de tener una aquí. Por eso nos mudamos al pueblo. Pero vamos a encontrarla, hijo. Te lo prometo.
Besé su frente y me preparé para bajar.