Volver a amarnos

Parte 9

Pamela

Escuchar a Lyan pedirme aquello me rompió el corazón, no solo por lo que sabía que significaba para él y por esa necesidad que, por más que quisiera, no podía llenar, sino también por las palabras de Marlene. Ahora tenía demasiadas cosas dando vueltas en mi cabeza y no podía permitirme perder el control frente a mi hijo.

—Mi vida, la ciudad es muy, muy grande —elegí no mentirle diciéndole que no sabía dónde estaba su padre, porque lo sabía perfectamente—. Además, vinimos a buscar a mami Flor. ¿Lo recuerdas?

—Lo entiendo, mami, pero tengo hambre.

Lo abracé. Normalmente, tener a Lyan entre mis brazos conseguía calmar cualquier preocupación, pero aquella vez ni siquiera eso logró apartar de mi mente todo lo que acababa de descubrir. Estaba agotada y él también. Necesitaba sacarlo de allí, darle de comer y encontrar un lugar donde pudiéramos descansar.

—Mami, por favor, quiero comer. Quiero ir a casa, estoy cansado —repitió mientras sujetaba mi mano.

Suspiré y le acaricié el cabello.

—Amor, te prometo que pronto iremos a un lugar donde puedas descansar. Ahora tenemos que asegurarnos de encontrar a mami Flor. Ven, vamos a buscar un taxi.

Tuvimos que caminar cierta distancia mientras me obligaba a no pensar en lo que Marlene había dicho. No tenía sentido quedarme atrapada en aquello ahora. Había demasiadas preguntas sin respuesta, pero lo primero era encontrar a mami Flor y asegurarme de que estuviera bien. Después tendría tiempo para decidir qué hacer con todo lo demás.

Pasados unos minutos, finalmente conseguimos un taxi. Le indiqué al conductor que nos llevara a la dirección que recordaba, aunque no estaba completamente segura de que fuera la correcta. Durante el trayecto intenté orientarme con lo que alcanzaba a reconocer, pero cuando nos bajamos comprendí que mis recuerdos ya no eran suficientes. Todo se veía diferente y no lograba ubicar con exactitud la casa de la amiga de mami Flor.

No sabía por dónde empezar. Para tranquilizarme, decidí caminar con Lyan y entramos a un supermercado. Le compré algunas cosas para que comiera y, mientras esperaba que terminara, cerré los ojos unos segundos y respiré profundamente. Luego miré el dinero que nos quedaba. Si no encontrábamos pronto la casa, tendríamos que buscar un hotel y aquello podía consumir prácticamente todo lo que teníamos.

Al salir, nos sentamos un momento para que Lyan terminara de comer y pudiera ir al baño público. Mientras lo observaba, intenté convencerme de que encontraríamos una solución.

—Mami, no estés triste. Vamos a encontrar a mami Flor —dijo mientras sacudía mi mano con entusiasmo—. Ya no estoy cansado. Mami, te amo. Eres la mejor mamá del mundo.

Lo abracé y correspondí a sus halagos. Sabía que seguía cansado, pero aquel gesto suyo consiguió arrancarme una sonrisa. A pesar de todo lo que estaba ocurriendo, Lyan seguía encontrando motivos para animarme.

Continuamos caminando. Nos detuvimos varias veces para descansar y la mañana avanzó sin que consiguiéramos nada. Las cosas habían cambiado tanto que ninguna de las casas coincidía con mis recuerdos. No tenía referencias claras y, cuando preguntaba por la dirección o por el nombre de la familia, algunos negaban con la cabeza y otros simplemente cerraban la puerta antes de darme una respuesta.

Cuando sentí hambre, decidimos detenernos nuevamente. Eran las 2:20 p. m. y, al mirar a Lyan, me preocupé. Mi pobre hijo debía estar agotado. Le pregunté cómo se sentía y él me sonrió, asegurando que estaba bien. Lo conocía demasiado bien para creerle del todo; simplemente no quería hacerme sentir peor.

Ya habíamos recorrido cinco calles del sector y, según las indicaciones que había logrado reunir, nos faltaban unas cuatro manzanas para terminar de recorrerlo. Todo había cambiado tanto que me avergonzaba no recordar con exactitud dónde estaba la casa. No había pasado tanto tiempo como para que mis recuerdos se borraran de aquella manera, pero durante los últimos años mi vida había estado tan concentrada en sobrevivir y sacar adelante a mi hijo que apenas había prestado atención a lo que ocurría a mi alrededor. Además, algunas personas estaban siendo bastante groseras con nosotros. Entendía que desconfiaran de desconocidos, pero la manera en que nos trataban empezaba a irritarme.

—Hijo, recorreremos esta última parte y, si no encontramos nada, nos iremos a descansar. Te lo prometo. ¿Me perdonas por este mal día?

—Te amo, mami. Perdón por estar cansado —se recostó a mi lado y después añadió con cierta timidez—. Mami, me duelen los pies. ¿Podemos esperar un poco más?

—Claro que sí, mi vida.

Nos quedamos allí unos minutos. Comenzó a contarme qué cosas le estaban pareciendo bonitas de la ciudad y cuáles no, como si necesitara distraerse de todo lo ocurrido.

—La gente no es tan amable como en el pueblo, mami —comentó, más decepcionado que quejoso.

—No todos están de buen ánimo, cariño. Además, aquí la gente suele desconfiar más de los desconocidos.

Todavía estaba explicándole aquello cuando Lyan comenzó a gritar emocionado.

—¡Es mami Flor! ¡Es mami Flor!

Se levantó de inmediato y salió corriendo hacia la mujer que señalaba.

—¡Hijo, espera! ¡No cruces la calle así!

Fue imposible detenerlo. Cruzó corriendo y llegó hasta mami Flor, que en ese momento salía de una casa. Por suerte, los vehículos pasaron antes de que él llegara al otro lado y ella ya lo esperaba con los brazos abiertos.

—¡Por Dios, hijo! —exclamó ella mientras lo recibía y lo abrazaba con fuerza.

Sentí que finalmente podía respirar. Crucé la calle en cuanto tuve la oportunidad y los rodeé a ambos con mis brazos.

—¡Madre! Me tenías muy preocupada. ¿Por qué nos hiciste esto? —pregunté, todavía con el alivio recorriéndome el cuerpo.

—Perdóname, hija. No debí irme sin decirte nada, pero no podía quedarme de brazos cruzados. Tus padres ya no están en la ciudad. Lo siento, cariño, no podré ayudarte.




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