Volver a creer

Capítulo uno

Siempre me han dicho que soy una persona muy directa, así que, por eso, no voy a endulzarlo: mi vida es una absoluta mierda.
Sí, desarrollar depresión después de un engaño es mierda, y más mierda es no dejar de ver al idiota de tu ex, porque comparten la pista de patinaje sobre hielo. No voy a mentir: la había pasado pésimo los últimos seis meses. Ir a terapia, las salidas por la noche, la pista y las próximas competencias, todo había sido abrumador. En mis momentos de productividad solía olvidar lo que tanto me dolía, pero cuando tenía mis tiempos libres, el recuerdo volvía; era como si la herida aún no sanara y la costra aún estuviera ahí, en la piel, esperando un ligero roce para doler.
Este momento era uno de ellos. Me encontraba tumbada en mi cama, en medio de la oscuridad; la luz de mi celular era lo único que me daba en toda la cara. Lo puse contra mi pecho, dejándome a ciegas después de elegir una música deprimente; en el auricular comenzó a sonar "The Night We Met", como si la cosa no fuera ya lo suficientemente deprimente para mí.
Hay diferentes tipos de reacciones ante una ruptura y a todos nos duele, eso es obvio, pero a mí me afectó más de lo que debería. Tal vez fue porque generé una dependencia emocional durante cinco años de Alexander —o al menos esas fueron las palabras de mi psicólogo—. Todavía recordaba el momento en que lo encontré besando a Dona, la nueva patinadora de aquel entonces que había sido reclutada para una competencia importante. Solo podía pensar en qué tonta me sentí por no decir más, y ocurrió: pasé noches sin dormir, sin comer, encerrada. Si no hubiera sido por mis amigas, no habría sobrevivido a nada. Bueno... Entre toda la mierda, había algo que amaba con toda el alma: mis dos patinadoras favoritas y mis cómplices, quienes fueron a darle dos buenas bofetadas a Alexander y estuvieron cerca —muy cerca— de tomar a la "sinvergüenza" de Dona por los cabellos; ese era su apodo —lo impusieron ellas, por supuesto—. La verdad es que me hubiera dado gusto que lo hicieran, porque Dona había sido demasiado grosera y me hacía sentir peor en cada ensayo después de lo sucedido. Me habían mandado a descansar estos últimos días porque me había lesionado tras una caída "accidental" que, evidentemente, había sido ocasionada por la sinvergüenza.
Me di cuenta de que, a pesar de todo, el mundo no dejaba de girar; todo seguía su curso y no tenía por qué frenarme. El pecho me vibró, había llegado una notificación: era Nadia, una de mis amistades.
—Deberíamos ir por unos buenos tragos, tengo ganas de celebrar.
Releí el mensaje y sonreí.
—¿Lugar? —respondí a la velocidad de un rayo.
—Donde siempre.
Me puse de pie, detuve la música y salí de mi cama después de dos días de haber estado ahí, como si no tuviera más cosas que hacer. De pronto, sentí una opresión en el pecho. Sabía de qué se trataba. No. No. No. No ahora, no podía ser. Dejé caer mi cuerpo sobre el colchón mientras mi mano iba, por inercia, al pecho; trataba de llenar mis pulmones de aire, pero era difícil. Los pensamientos comenzaron: "Eres una buena para nada", "¿Mereces ir con tus amigas?", "No haces nada por cambiar".
La puerta se abrió de golpe; mi hermano menor entró brincando para darme la mano.
—Estoy aquí, Joyce... Estoy aquí —dijo.
Apreté su mano mientras mis lágrimas comenzaban a caer sin control. No supe demasiado, mis ojos se habían empañado. Cuando volví en sí, tenía la cara oculta en el pecho de mi hermano, estaba escuchando su corazón latir; sus latidos eran lentos en comparación con los míos, seguramente.
—Gracias. Creo que volveré a dormir —tragué saliva mientras trataba de recomponer mi estado físico.
No quería ir a ver a mis amigas, realmente no me sentía con ánimos; sabía que ellas lo respetarían, quería escribirles un mensaje, pero no tenía fuerzas para hacer nada. Mi hermano desbloqueó mi celular por mí.
—Tus amigas enviaron una foto.
Me mostró la pantalla: eran mis amigas, una con el cabello lacio castaño y la otra con el cabello negro suelto en ondas; ambas se veían animadas sosteniendo un micrófono y pusieron de descripción de la foto: "noche de karaoke". Se veían increíbles en comparación conmigo, que llevaba días sin bañarme.
—¿Les escribo que no irás? —la voz de mi hermano Kai me sacó de ese pensamiento.
—Déjalo. Me esforzaré; el psicólogo dijo que debería volver a disfrutar de estas actividades. Tomaré un baño.
—Está bien, pero no pongas seguro a la puerta, en caso de...
Kai no terminó la frase, solo me miró significativamente. Sí, los ataques de pánico pueden iniciar en cualquier momento, incluso cuando estás a punto de lavarte el trasero.
Kai se puso de pie y salió de la habitación. Yo me levanté con cuidado y demasiado esfuerzo, fui a mis cajones para buscar qué usar; opté por unos pants y una blusa cómoda. Cuando entré al baño, el agua tibia relajó mis músculos.
Tardé al menos media hora en llegar al establecimiento de la familia de Nadia. Desde afuera se escuchaban las voces escandalosas en los altavoces. Robecca y Nadia estaban dándolo todo. Al entrar, los pocos clientes que estaban en una mesa tenían una cara de desesperación que intentaban ocultar con una mueca seria, que parecía más bien de estreñimiento. Me dirigí hacia una mesa que estaba justo frente a la zona de karaoke; cantar ahí me avergonzaba, porque era como dar un show a los comensales, justo como ahora mismo mis amigas lo estaban haciendo. Nada más de verme, ambas chillaron al micrófono.
—Joyce, mi chica estrella —declaró Nadia.
—Nuestra —corrigió Robecca.
Miré a los comensales, quienes me miraron con mala cara, pero aun así les sonreí; ellos se quedaron sin saber qué hacer. No hice más y aparté la mirada de nuevo hacia mis amigas, que siguieron cantando a todo pulmón. Al terminar, enseguida se encaminaron hacia mí tropezando un poco con sus propios pies.
—¿Por qué tardaste, Joyce? —dijo Nadia, ya algo tomada.
—Sí, te estábamos esperando desde hace mucho. Me duelen los pies... y la garganta —añadió Robecca, caminando tras ella.
No pude evitar contener una carcajada, eran un par irremediable.
—Hola, chicas... También las extrañé —me aclaré la garganta antes de continuar—. Tuve otro ataque antes de venir.
Nadia frunció el ceño de inmediato.
—No debiste haber venido. Pudiste avisarnos.
Robecca se quedó en silencio también, sin saber qué decir. Si para mí era difícil, me imaginaba que para ellas era aún más jodido tener una amiga con este problema. Aun así, nunca se quejaban y trataban de ser comprensivas.
—¿Y perderme esta noche increíble? Ni hablar. Mis problemas me han alejado de momentos como este; hoy quiero divertirme —ambas se miraron entre sí—. Estoy bien, ya no quiero que las acciones de Alexander sigan rondando mi mente.
Se quedaron calladas unos segundos.
—Ni lo digas. Ese idiota puede irse al caño y no volver —escupió Nadia con desprecio.
Robecca asintió a su comentario. Después de maldecir a Alexander y Dona, nos pusimos a conversar sobre otros temas.
—Brian es un idiota, no me ha enviado mi mensaje de buenas noches —Nadia miraba con decepción el celular.
Brian y Nadia eran una pareja demasiado sensible; a veces discutían por cosas que para el mundo pueden parecer triviales, pero para ellos era tan importante, o si no, iniciaría la tercera guerra mundial. Habían sido compañeros el verano pasado para una competencia en pareja y se hicieron novios después de que ambos lloraron en los brazos del otro por ser descalificados.
—Eso es una exageración. Debe estar ocupado, él sí fue a entrenamiento hoy —Robecca sorbió del popote de su bebida tras mirar a Nadia con mala cara.
Yo iba a reírme cuando, de pronto, algo llamó nuestra atención; tal vez una trompeta. Espera... eso era una serenata y la voz de Brian sobresalió mientras cantaba. Cuando quise mirar a Nadia, ella ya se había levantado corriendo hacia la salida; se detuvo en la pared que estaba a un costado de la entrada del restaurante. Miré a Robecca, mientras se palmeaba la frente con indignación.
—Estos idiotas... cursis.
—Así son, Robe.
—Lo que es no tener nada que hacer.
A pesar de que Robecca sonaba como una envidiosa, nos pusimos de pie y caminamos hacia nuestra amiga. Como era obvio, nada más llegar, Robecca sonrió cuando vio la enorme sonrisa de Nadia al mirar a su novio; el segundo entonaba una canción romántica y, aunque sonaba horrible, tenía a mi amiga embelesada.
Sentí un pinchazo en el corazón; a pesar de haber estado con Alexander cinco años, él nunca fue de hacer estas cosas. Robecca puso una mano sobre mi hombro y susurró en mi oído, como si supiera que necesitaba reírme un poco:
—Comienzo a creer que Brian hizo uso de la brujería para enamorar a Nadia. Su voz es horripilante y ella parece cual náufrago ante una sirena.
No pude evitar soltar una carcajada. Nadia se giró hacia nosotras y nos hizo una mala cara de disgusto. Robecca enarcó una ceja mientras la miraba y yo solo sonreí.
Después de la presentación de su novio con los mariachis, Nadia se abalanzó a los brazos de su novio y comenzaron a besarse sin una pizca de vergüenza.
—Es demasiado, vámonos —Robecca entrelazó su brazo con el mío y nos encaminó hacia la pareja; le dio un toque en el hombro a Nadia—. Nos vemos mañana.
Nadia solo se separó un poco de su novio para despedirnos con la mano y luego volvió a lo que hacía. Robecca resopló y trató de disimular una sonrisa.
—¿Quién necesita novio cuando tiene amigas?
—Pero es hermoso. Ellos realmente se aman, Robecca.
—Ni lo digas. Eso es demasiado obvio. Casi se tragan enteros.
Comenzamos a caminar hacia nuestras casas, que estaban en la misma dirección. Me quedé en silencio, pensativa; la verdad es que no podía dejar de creer en el amor porque Brian y Nadia me hacían recordar que sí existía esa posibilidad de tener a alguien que te entendiera. Aunque yo ya no quería meterme en esas cosas por un buen tiempo. No me di cuenta cuando nos encontrábamos frente a mi casa.
—Joyce... si tienes alguna crisis, llámame. Sabes que suelo estar despierta leyendo cómics.
—Gracias, Robecca. Eres mi mejor amiga.
—Pero no se lo menciones a Nadia o llorará sin control.
—Ella también es mi mejor amiga. Ambas lo son.
Robecca sonrió y asintió.
—Lo sé. Bueno, es hora de despedirme.
—Ve con cuidado, envía mensaje al llegar a casa.
—Eso haré. También cuídate y lo sabes: siempre estoy disponible cuando me necesites.
Vi a mi amiga alejarse tranquilamente hacia su casa; no quedaba demasiado lejos, pero de igual manera no me acostaría tranquila hasta saber que ella estaba a salvo.
Al entrar a mi casa, mi madre me recibió con una sonrisa, pero no dijo más. No tardó en llegar una notificación al grupo: Robecca ya estaba frente a su casa. Subí las escaleras después de guardar mi celular y entré a mi habitación. Me quité los zapatos y suspiré con cansancio mientras me pasaba la mano por la cara. Cerré mis ojos esperando no tener otra pesadilla. Ya no quería que las decisiones de alguien más me hicieran sentir culpable.




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