Al despertar, me sentí más pesada de lo normal. Mi madre llamó a la puerta con un suave golpeteo que me hizo sentarme sobre la cama con esfuerzo.
—Pasa, mamá.
—Te traje el desayuno. Un poco de fruta y jugo.
—Gracias.
Sabía que también era difícil para mamá. Tener depresión no solo afecta a la persona que la padece, sino a su círculo más cercano también. Sabía que no era mi culpa, pero tampoco la de ellos. Después de poner la bandeja en la mesa que estaba al lado de mi cama, mi madre se quedó mirándome, esperando que comiera algo. Tomé el tenedor y enterré en él un pedazo de melón; me lo llevé a la boca y mastiqué con cuidado. La verdad, no tenía tanto apetito, pero sabía que preocuparía a mamá. Ella asintió y luego salió; seguí comiendo al menos unos tres trozos porque era dulce.
Salí de la cama con el cuerpo más pesado que nunca, me puse los tenis y, a pesar de la pesadez, me apresuré porque hoy sí tenía que presentarme al entrenamiento. Vivíamos en un pueblo de México llamado Zitlán; era pequeño, pero acogedor. Además, desde hacía dos años nos habían dado la dichosa pista de hielo. Después de ponerme los zapatos, sin cambiarme de la ropa de anoche, tomé mi mochila y me puse en marcha. Bajé las escaleras, me despedí de mamá con un rápido beso en la mejilla y luego salí en dirección hacia su casa. Sinceramente, ir con esa mujer me resultaba reconfortante. Incluso si no me había revelado muchos datos suyos, me gustaba decirle "Rizos de oro", aunque su cabello fuera más negro que la noche.
Llamé a su puerta en cuanto llegué, unos veinte minutos después. Me abrió con una enorme sonrisa.
—Joyce, me alegra verte. ¿Cómo estás hoy?
No, esta mujer no era mi psicóloga, pero se había vuelto alguien importante; era otra amiga que tenía en este pueblo.
—¿Te desperté?
—Nada de eso, estaba despierta desde hace un buen rato. Pasa.
Ella se hizo a un lado y me dejó entrar.
—Hoy tengo que ir al entrenamiento...
—Y viniste a verme por eso, ¿cierto?
—Sí, apenas si tengo fuerzas. Tus palabras siempre me animan, Rizos de oro.
—Joyce... recuerda que amas la pista porque es un gusto tuyo, no por ese imbécil. Así que haznos un favor y humíllalo. ¿No tienen competencias?
Negué con la cabeza.
—Por ahora no, pero comienzo a sospechar que las competiciones en pareja ya se acercan. De todas formas, no creo participar; somos número impar.
Rizos de oro me miró incrédula.
—Pues ojalá sí lo hagas. ¿Qué tal si la vida te sorprende?
—No estaría mal. Hace un año no participé, pero ahora participar se ha vuelto...
—Complicado —terminó ella.
—Justo. La verdad es que aún me siento demasiado cansada.
—Se te nota. ¿Comiste algo?
—Melón.
Ella asintió con aprobación y me dio una caricia en la cabeza mientras se levantaba para darme por lo que había venido. Era un collar; Rizos de oro me lo había regalado hace un par de meses atrás. Me dijo que recogía las malas vibras y me haría sentir con más energía. Al principio no le creí, pero cuando me lo puse la primera vez, extrañamente funcionó. La única regla era que nadie más que yo podía tocar el cuarzo que adornaba la cadena. Como la poca seguridad de los lockers de la pista y la poca privacidad que a veces tenía mi habitación no me permitían mantenerlo intocable, decidí dejarlo aquí con Rizos de oro y a ella le pareció fenomenal. Lo tenía en una caja, bien cuidado, y lo sostenía suavemente de la cadena para no tocarlo de más.
—Ahí tienes.
—Gracias.
Me levanté de inmediato tras ponérmelo alrededor del cuello. Miré la laptop en la mesa.
—¿Escribiendo algo nuevo?
—Qué más quisiera. Ha sido un desastre —vi a Rizos de oro mirar el reloj, luego volvió a hablar—: Pero bueno, se te hará tarde si seguimos aquí hablando...
Asentí cuando me di cuenta de la hora. Le di un beso en la mejilla y luego salí de ahí con un poco más de energía. Al llegar a la pista, mis amigas ya se encontraban calentando. Fui a dejar mis cosas y a ponerme los patines; entrar ahí me costaba horrores, sin embargo, era algo que me hacía feliz la mayoría del tiempo, sin importar lo difícil que llegara a ser en ocasiones.
Me acerqué a mis amigas, quienes de inmediato fueron a llenarme de abrazos y besos en las mejillas.
—¿Cómo te encuentras hoy? —preguntó Nadia, interesada.
—No le respondas. Anoche prefirió quedarse besuqueando con su novio que acompañarte —Robecca sonrió, burlona.
—Oh, Robe, no metas cizaña.
—Y hablando del rey de Roma —dijo Robecca cuando vimos entrar a la pista a Brian, quien enseguida vino hacia nosotras, o más bien, hacia su novia. La cargó dando vueltas. Robecca no pudo evitar rodar los ojos—. Vámonos de aquí, antes de que nos empalaguen con su miel.
Miré a Nadia; estaba bastante feliz en los brazos de Brian. Por un momento, deseé sentir la misma felicidad. Aún así, estaba alegre por mi amiga. Hoy teníamos que reunirnos todos porque así nos lo pidió la entrenadora. Así que no tardaron en llegar Alexander y Dona, tomados de la mano; me miraron con una sonrisa, pero yo solo desvié la mirada. La mano de Robecca me sostuvo, y luego mi otra mano fue rodeada por la de Nadia, que había dejado a su novio de lado para venir hasta aquí. Pocas veces se habla de que, en la vida real, no te salva una pareja, sino unas buenas amigas. Apreté las manos de ambas.
—Bien, chicos —anunció la entrenadora—. Habrá una competencia en parejas para Rusia. Hemos sido invitados, pero solo una pareja podrá representarnos. Para que esto sea justo, todos van a presentar sus bailes y cada sábado tendremos una competencia durante cuatro semanas. Todos elijan una pareja, de preferencia chico y chica, para que esto sea justo.
Brian tomó de la mano a Nadia y yo la solté. Robecca y yo nos miramos.
—Robecca, tú vas con Andrés.
Y ella no tuvo más que obedecer. Andrés era su mayor enemigo; a decir verdad, nunca los había visto llevarse tan bien, pero ahora serían pareja. Yo miré a todos lados, pero ya no había opciones. Éramos un número impar. Bajé la mirada y escuché una risa de Dona; sabía que se estaba burlando de mí. Mis dedos fueron al collar y lo apreté suavemente. Justo cuando creí que no iba a participar, un grito nos sorprendió. Un chico con patines iba entrando a la pista: su cabello era castaño, su piel morena, alto. Demasiado alto.
—Lamento llegar tarde. Soy Oliver, profesora.
—Ven acá —la entrenadora lo llamó—. Cuando él estuvo lo suficientemente cerca, nos entrelazó los brazos—. Ahora son una pareja, ¿entendido?
Solo pude asentir mientras miraba nerviosa nuestros brazos entrelazados; subí la mirada y me encontré justo con la suya. Fue tan incómodo que la aparté. Miré hacia Dona, quien rodaba los ojos; al menos no le había dado el gusto de verme humillada e iba a participar en la competencia al igual que todos.
Éramos cuatro parejas; no sabía si estaba en desventaja o ventaja, porque no conocía el nivel del muchacho. Cuando la entrenadora nos dejó planificando qué íbamos a bailar, solté su brazo y me recargué en el barandal de metal. Miré a Nadia burlándose de Brian; el segundo la miraba en una mezcla de amor y desesperación. Cuando volví la mirada, el tal Oliver me miraba fijamente.
—Perdón —pasé la mano por mi cabello, incluso si lo tenía peinado—. ¿Entonces, tienes alguna rutina o algún baile que tengas pensado?
—Me gustan los movimientos rápidos. Mis pasos son marcados, mira.
Lo vi comenzar a bailar una canción imaginaria, pero, en efecto, sus pasos eran demasiado marcados.
—Déjame intentar.
Intenté hacer lo mismo que él, pero los míos no se veían tan marcados; de cualquier manera, no estaba tan mal, podía mejorar.
—Podría ser mejor —dije cuando terminé de mover los pies.
—La verdad, siento que está muy bien. Podemos marcar un ritmo distinto; siento que el contraste en la coordinación nos hará tener un balance en la coreografía.
—¿Sí? —pregunté insegura.
—Por supuesto —afirmó.
Después de hablar un poco más y conocerlo mejor, la hora de entrenamiento terminó. Fui por mis cosas, me quité los patines y luego salí disparada hacia la casa de Rizos de oro. Tras dejar el collar, quería volver a casa, pero decidí ir al río un rato. Cuando volvía a casa, sentí unos pasos detrás de mí. Mi corazón comenzó a acelerarse; entonces lo sentí de nuevo: me daría otro maldito ataque. Maldije por lo bajo mientras intentaba contener la respiración, pero no pude hacerlo por demasiado tiempo; sentí mis piernas flaquear. De pronto, unas manos se pusieron en mis hombros.
—Tranquila, respira. Soy yo, Oliver.
No reconocía su cara del todo porque mi vista se empañaba. Odiaba la sensación, en absoluto. Mis manos fueron a su camisa, buscando un soporte al cual aferrarme.
—Lo siento —musité.
Qué vergüenza. Poco después comencé a sentirme mejor y de inmediato solté su camisa. Lo miré apenada.
—Dios, en verdad lo lamento.
—Tranquila. ¿Ya estás mejor?
—Sí.
Quise levantarme sola, pero él me ayudó sin permitirme hacerlo.
—Gracias. Bueno, me voy.
Quise adelantarme, pero sentí sus pasos detrás mío. Pensé que tomaría otra ruta, pero no lo hizo; comencé a asustarme, me giré a mirarlo.
—No necesito que me acompañes.
—No lo hago. Mi casa queda justo ahí.
El muchacho señaló la casa de al lado, que le pertenecía a la señora Ángeles.
—Pero... esa casa es de...
—Sí, es mi abuela. Y vine a vivir con ella —me interrumpió antes de terminar la frase.
—¿En serio?
Genial. Era mi compañero de competencia y también mi vecino. Y por si no pudiera ser más humillante, acababa de verme en un ataque. No sabía cuál de todas esas cosas era lo peor.