Volver a creer

Capítulo tres

Llegué a mi casa después de aquel descubrimiento. Ahora, ¿cómo iba a poder verlo a la cara sin sentir vergüenza? Al llegar a mi habitación, cerré la cortina rápido; no quería descubrir que justo la habitación donde él se quedaba estaba frente a la mía.
"Bueno, podrías echarte un taco de ojo". Por un momento imaginé a mi amiga Nadia guiñándome el ojo mientras me decía eso con picardía. Sí, antes de conocer a su novio era muy "ojo alegre", pero eso terminó cuando solo tuvo ojos para su amado Brian.
Saqué mi celular e hice una llamada a nuestro chat grupal. Robecca fue la primera en responder y, no tardando, se nos unió Nadia.
—¿Qué sucede? ¿Chisme? —cuestionó Nadia.
—Ni idea —Robe sonaba algo adormilada.
—Chisme... Más que eso, es una emergencia —susurré, como si él pudiera escucharme o algo así. Prácticamente estaba a un lado, así que eso era probable.
—¿Estás teniendo un ataque? —la voz de Nadia sonaba alterada.
—Respira —gritó Robecca.
—Tranquilas, no es nada de eso. De hecho, tiene que ver con el chico nuevo.
—¿Te gusta?
Podía imaginar la expresión de Nadia al decir eso.
—¿Qué? ¡No!
—Vamos, por primera vez puede que Nad tenga razón, Joyce. Y, digo, estaría genial porque el chico no está nada mal.
Genial, ahora Robecca estaba con Nadia y ambas me molestarían.
—No cuando el chico resulta ser nieto de la señora Ángeles, mi vecina... Y eso no es lo peor —tragué saliva—. Lo peor es que me vio teniendo un ataque.
Hubo un silencio del otro lado de la línea de al menos cinco segundos.
—¿Fue grosero? —Robe fue la primera en romper el silencio.
—No, por supuesto que no, pero me siento avergonzada.
—Joy... no es tu culpa. ¿Qué hizo él? —Nadia sonaba preocupada.
—Fue amable y me ayudó. Apreté su camisa en un instinto de supervivencia; ahora debe pensar que soy una loca.
—Si lo piensa, lo golpeamos —aseguró Robe.
—Sí, enviaré a mi cachorro Brian a que lo golpee —añadió Nadia.
—¿Por qué siempre metes a tu novio? —le reclamó Robecca a Nadia.
Yo comencé a reír.
—Hey, chicas, tranquilas.
Nadia soltó una risita y Robecca suspiró, fingiendo indignación.
—Bueno... las espero en un rato, no olviden que hoy hay tacos en promoción.
La sonrisa de Nadia era notable sin siquiera verla.
—¿Eso, o quieres que vayamos a ver cómo te besuqueas con tu novio?
No pude evitar reír ante el hecho de que a Robecca le encantaba molestar con el tema. Aunque la realidad era muy distinta, porque Robecca había amenazado a Brian con romperle la cara si hacía llorar a nuestra querida amiga. No tardamos en cortar la llamada. Después fui a mi clóset a buscar qué ponerme para la noche; al menos esas salidas me distraían y era beneficioso para mi decadente salud mental.
Después de ponerme un vestido, una diadema y verme por fin aceptable ante el espejo, fui por mi caja de zapatos y saqué esos tacones rojos que nunca había usado; combinaban con el vestido blanco de satén con lunares rojos. Me cubría apenas los muslos, pero hacía tiempo que no me sentía tan guapa. Miré el reloj: había tardado al menos una hora eligiendo, así que seguramente mis amigos ya estaban en el lugar.
Cuando llegué, escuché los gritos de Nadia entre sus risas.
—¡Por Dios, Brian, no aprietes tanto el trasero cuando hagas el paso! Es así.
Aunque no la veía, sabía que estaba corrigiendo algún paso de su coreografía en pareja. Contuve la carcajada. Para cuando entré, todos me miraron con una sonrisa, excepto Brian, que estaba tratando de "no apretar tanto el trasero" mientras deslizaba los pies. Los saludé con la mano. Andrés también estaba aquí; al parecer se habían reunido para practicar. Sin embargo, Robecca estaba comiendo nachos sin preocupación mientras devolvía la mirada al celular tras saludarme.
Me senté, acomodando el vestido.
—¿Y? ¿Debí haber traído a mi pareja de patinaje también?
Nadia, que estaba más cerca de mí, chasqueó la lengua con aprobación.
—Pudo haber sido buena idea —luego se giró hacia la cocina—: ¡Mamá! Trae los tacos, por favor. Ya estamos todos.
—¿Qué canción van a bailar?
—Eres la competencia. No podemos decirte.
—Baby one more time —gritó Brian mientras seguía esforzándose por no tensarse.
—No lo digas, tonto —mi amiga se pasó la mano por la cara con frustración.
—Britney Spears, ¿eh?
—Se supone que sería sorpresa, y el genio de mi novio lo acaba de arruinar —dijo en tono fuerte, claramente para que Brian la escuchara.
Él se detuvo y negó con la cabeza.
—Estoy aquí sudando por ti y eres mala conmigo.
—Así es como debes tratarlos, reina —gritó Robecca, alzando los pulgares hacia Nadia.
Comenzamos a reír, excepto Brian, que tenía una expresión de supuesta ofensa. Incluso Andrés parecía divertido. Iba a decir algo cuando Nadia me miró y articuló algo con los labios, pero no entendí.
No fue hasta que escuché sus pasos; por un momento me imaginé que eran Alexander y Dona. Pero no, gracias al cielo —o tal vez no—, se trataba de Oliver, quien entraba curioso admirando el lugar. Luego se quedó sorprendido al mirarnos a todos ahí. Brian lo vio con mala cara. Nadia me tomó del brazo para levantarme, algo brusca por la prisa, luego fuimos por Robecca. Ya lejos de los chicos, Nadia habló algo acelerada:
—A mi novio no le cae bien ese tal Oliver.
—¿Por qué? Ni siquiera lo conocemos.
—Exacto, Nad. Tu novio es un llorón o... puede que esté celoso —Robe seguía concentrada en su celular, buscando algo.
—Bueno... no creo que tenga que ponerse celoso, yo solo tengo ojos para él.
—Sí que te embrujó.
Nadia le dio un golpe juguetón a Robecca ante su comentario.
—Pero, Joyce... ¿Él te gusta?
La pregunta de Nadia borró mi sonrisa.
—¿Cómo puedes pensar eso? No estoy en condiciones de sentir esas cosas. No ahora, no mañana y ojalá nunca, porque gustar o enamorarse de alguien siempre lleva a la desgracia.
—Joy...
—No, Robe. No intenten decirme que la experiencia no se repetirá. Tengo miedo y eso es lo único que sé ahora.
—Joyce, estamos contigo y te apoyamos. Lamento que mi pregunta haya removido algo.
Recordé cuando le dije a mis amigas que estaba enamorada de Alexander; ellas se pusieron felices. Pero ahora las cosas eran distintas y, claro, no me gustaba ese tal Oliver; si apenas lo conocía. Cuando salimos, Oliver estaba haciendo los pasos frente a Brian, quien lo miraba con curiosidad. Yo me detuve al mirarlo: sus pies también podían hacer pasos no tan marcados y suaves. Este chico era talentoso, entonces sí que sabía usar los patines. Era difícil marcar el ritmo sin los patines, pero uno podía tener el ritmo aun sin ellos, y este chico parecía hacerlo de maravilla. No sabía si sentir fortuna o envidia; la verdad es que no esperaba tener un compañero así de competente.
Un olor invadió mi nariz: los tacos ya estaban en la mesa. Andrés ya estaba devorando uno; Robecca le dio un manotazo inesperado y su taco cayó sobre la mesa.
—Espera a los demás, glotón.
No sabía si reírme o avergonzarme por el acto inesperado de mi amiga. Andrés solo se sobó la mano mientras miraba los tacos con evidente deseo de comerlos todos, pero se contuvo. Brian le dio un palmazo en la espalda a Oliver después de ayudarlo.
—Creo que no me caes tan mal después de todo.
—¿Disculpa? ¿Te caía mal?
—Oh, sí. Pensé que eras un cretino o algo así.
Nadia se puso roja; lo que ella tenía de decencia, a él le faltaba de vergüenza. Me sorprendió cuando Oliver solo comenzó a reírse y le dio una palmada en el hombro a Brian, quien sonreía. Definitivamente, si Alexander hubiera escuchado algo así, tal vez habría iniciado una pelea. Dios, no tenía que compararlos.
Me senté ante la mesa y comenzamos a comer. Incluso el inesperado invitado, que parecía muy atento a mí, desviaba la mirada, incómodo. Cuando terminamos de comer, tomé mi bolso y comencé a caminar hacia la salida.
—Me quedaré a ensayar —me explicó Robe mientras miraba a Andrés, y este asintió.
—Puedo ir sola —aseguré.
—Puedo ir contigo —Oliver corrió hacia mí mientras se colocaba el saco.
Miré a Nadia, quien me guiñó el ojo; Robecca solo se dedicó a analizarlo con la mirada.
—De acuerdo.
Comenzamos a caminar hacia la salida uno al lado del otro. Me comencé a sentir aún más avergonzada.
—No deberías sentirte avergonzada. Yo no te juzgo; al contrario, te entiendo —su voz resonó en el callejón vacío en cuanto salimos, su tono era cálido.
—Gracias. Es solo que aún no asimilo que me viste en esa situación, yo...
—No necesita explicar más. Todo bien, compañera de patín.
Me quedé callada después de eso. Una especie de relajación se apoderó de mí y dejé caer mis hombros.
—Gracias.
Quizás Oliver no era tan malo. Quizás el hecho de que fuera mi compañero de patín y mi vecino no era tan malo después de todo. Y podría ser que el caminar a su lado no se sintiera desagradable, incluso si ahora solo era un desconocido.




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