Nos encontrábamos caminando en silencio. Froté mis brazos desnudos con las manos; hacía demasiado frío. Pronto sentí una tela cubriendo mis hombros; vislumbré sus manos sobre ellos.
—Oh, no, no es necesario —traté de apartar la prenda.
—Tienes frío. Puedes usarlo —su sonrisa me transmitió la misma calma de antes.
—Gracias.
Nos quedamos un momento detenidos, luego sonreí y volvimos a avanzar.
—¿Te gustaría ensayar hoy en la pista?
—¿Ahora? —enarqué una ceja.
—Sí, tengo las llaves. La entrenadora nos permitirá ensayar a nosotros ahí por las noches; podríamos ir, solo si tú quieres.
—Entiendo. De acuerdo. Todos están ensayando, no estaría mal que hiciéramos lo mismo.
Nuestro camino se desvió hacia la pista. Aunque yo no traía las prendas adecuadas, no me avergonzaba, porque un short iba debajo del vestido. Al llegar fui por mis patines, me quité el saco y lo acomodé en la banca. Luego me deslicé para llegar a la pista; Oliver ya estaba calentando y le seguí el ritmo.
Unos momentos después, ambos buscábamos la canción perfecta. Cuando la encontramos, él me guió en cada paso; también me ponía atención cuando tenía alguna sugerencia. En algún punto, lo tomé de la mano para dejarnos llevar. En ese momento tropecé y solté su mano, pero alcancé a detenerme antes de caer de cara al suelo.
—Confía en mí, compañera de patín —Oliver se acercó a mí y me ofreció su mano. Al levantarme me pegó a su cuerpo; la música seguía sonando—. Solo siente el ritmo y deja que tus pies se muevan.
No pude evitar dejarme llevar. De un momento a otro, ambos nos encontrábamos riendo; a pesar de que mis amigos me hacían reír así también, esta vez se sentía especial. Tal vez mi compañero de patín podría ser un buen amigo también.
Para cuando terminamos, me sentí mejor que nunca tras salir de la pista. Entonces, recordé que yo no solía entrar a la pista sin mi amuleto y ahora... no lo había hecho y no había pasado nada malo.
Volvimos a casa; yo me quedé mirando por la ventana mientras Oliver entraba a la casa de su abuela. Esa noche no me costó trabajo dormir; estaba demasiado agotada y feliz como para sobrepensar.
Desperté al siguiente día y, esta vez, comí un mejor desayuno con más tiempo; no teníamos que reunirnos todos por ahora, pues cada pareja tenía un horario asignado. En cuanto acabé, salí a toda prisa para ir con mi amiga "Rizos de oro". Cuando me abrió la puerta, me recibió con los brazos abiertos y yo me dejé querer.
—¿A qué debo tu visita?
—Rizos... voy a entrar a la competencia en pareja.
—Esa es una buena noticia. ¿Quieres chocolate caliente?
—Por favor.
Me hizo una seña para que me sentara, eso hice, y después se fue a la cocina. Regresó con una taza humeante para ponerla en la mesa de cristal frente al sofá.
—Gracias.
—Y cuéntame, ¿quién es tu pareja?
—Es un chico nuevo. Se llama Oliver y...
—Es guapo.
—No, bueno, no digo lo contrario, pero no es lo que te imaginas.
Rizos le dio un trago a su propia taza en un intento de ocultar una sonrisa mal disimulada.
—¿Y qué es lo que me imagino?
—Que me gusta.
—¿Y no te gusta?
—Pues... claro que no.
—Bien, no insistiré entonces... pero, ¿será un buen compañero?
Asentí sin dudar.
—Tiene demasiado talento. Es brillante en la pista.
—Eso suena increíble. El destino quiere verte ganar.
—Sí, eso creo... —me aclaré la garganta—. Pero vine a contarte algo más... lo que pasa es que anoche él y yo...
—¿Pasaron a la segunda base? Qué rápidos.
No pude evitar comenzar a toser al ahogarme con mi propia saliva.
—¡No! ¡Eso no! —le dije a la defensiva en cuanto pude, y luego aclaré la garganta de nuevo—. Anoche patiné y no tuve que usar el amuleto.
—Eso es porque el verdadero talento está en ti.
Rizos me dedicó una enorme sonrisa y, por alguna razón, me sentí orgullosa. Tomé la taza y apreté el mango de la misma.
—Pero yo... no soy tan impresionante.
Ella hizo un puchero frente a mí y no pude evitar sonreír.
—Escuchar eso me pone triste. Es que aún no te das cuenta de lo increíble que puedes llegar a ser sin necesidad de nada y nadie —hizo una pausa mientras daba otro sorbo a su taza—. Pero el día que lo hagas, serás imparable.
Iba a decir algo más, pero mi celular comenzó a sonar; era mi amiga Nadia. Al contestar se oía agitada. En primera instancia malpensé, pero cuando comenzó a hablar, me tensé.
—Tienes que venir ya, Alexander está armando un escándalo junto con Dona sobre ti.
Se escuchaba a Brian maldiciendo al fondo.
—Digamos que Brian no está tomando esto muy bien y están a punto de escalar a los golpes.
Sentí que se me iba el aire nada más de pensar lo que estaba sucediendo. Rizos me devolvió a la realidad y me dio la calma que necesitaba mientras tendía el collar hacia mí. Todo ocurría en cámara lenta: dejé la taza, tomé el collar, me lo puse hábilmente y luego salí corriendo hacia la pista sin siquiera poder despedirme de Rizos; sin embargo, ella lo entendía.
Llegué a la pista agitada, con riesgo de tener una posible crisis; no estaba lista para dirigirle la palabra a Alexander. Al llegar, encontré a Oliver deteniendo a Brian mientras insultaba a Alexander, quien, cuando escuchó las puertas abrirse, me miró con una sonrisa burlona que desataba mi furia. Pude haberme abalanzado sobre él o haber tomado un patín y lanzárselo en la cara, pero no lo hice. No me acerqué demasiado y él ya se había alejado de la escena.
Me acerqué a Nadia, Brian y Oliver.
—¿Qué sucedió?
Brian solo resopló y desvió la mirada; sí que estaba furioso.
—Le estaban diciendo cosas horribles de ti a Oliver. Después dijeron que si se juntaba con nosotros, la desgracia en su carrera llegaría.
—¿Carrera?
—Soy un patinador profesional del equipo nacional —declaró Oliver.
Sentí que iba a devolver el desayuno; peor aún, sentí que de nuevo me faltaba el aire. Me habían puesto de compañera de un profesional, yo que era una simple patinadora que no llegaba a un nivel decente. Tomé el collar mientras el suelo bajo mis pies se movía y mi visión se nublaba.
Cuando volví a estabilizarme, me quedé sentada en una banca. Oliver y Nadia hablaban, mientras Brian se encontraba a mi lado; movía sus patines como si fuera niño pequeño, deslizándolos de atrás hacia adelante.
—La próxima vez... no elijas a un idiota de novio.
—Entendido, papá.
—¡Oye, no soy tan viejo!
—Era un chiste.
—Castigada.
—No si yo te acuso con Nadia.
Hice ademán de gritar y Brian se puso tenso. Comencé a reírme; sí que parecía un cachorro.
—¿Sabes por qué Andrés no vino? —dijo de repente; me quedé mirándolo—. Porque él solo viene cada mes.
Hizo su chiste y comenzó a reírse sin control. Me quedé arqueando una ceja; tal vez si existieran los emojis, habría puesto un signo de pregunta a mi lado.
—Qué amargada —dejó de reírse y negó con la cabeza.
Quizás Brian era tonto a veces —o quizás demasiado—, pero no había dudado en defenderme. Creo que él era un buen novio y, además de eso, un gran amigo.
Me extendió una estampita y yo la tomé; la observé. Era de un futbolista que le había salido en alguna bolsa de papas de las que solía comerse a escondidas de Nadia para que no le pidiera.
—Para que ya no te sientas tan triste... ese idiota no vale la pena.
Brian volvió su mirada a Nadia y yo suspiré. Sin duda, muchas veces quienes te salvan no son los novios, sino aquellos amigos que, con pequeños o más bien grandes detalles, te hacen sentir que importas, que no eres el cero a la izquierda que creías.