Observé a Brian levantarse de la banca cuando Nadia y Oliver terminaron de hablar. Se giró para despedirse y después tomar la mano de Nadia, mientras Oliver caminaba hacia mí.
Qué vergüenza.
No estaba a su nivel. Primero me había dado un ataque frente a él, después Alexander llegó a decirle quién sabe cuántas cosas sobre mí y, como remate del chiste —la cereza del pastel—, él resulta ser un patinador profesional. Pero... ¿por qué aquí? Suspiré cuando lo vi sentarse a mi lado; él solo me miró.
—Lo siento...
—¿Por qué siempre te disculpas? —no sonaba enojado, tampoco era grosero; más bien era una pregunta genuina.
—Yo...
—¿Te hacía sentir culpable?
Sabía que se refería a mi patético exnovio. En realidad, sí; cuando empezamos con el patinaje hace dos años, lo recuerdo emocionado porque entraríamos en una competencia juntos, pero hubo un error y, bueno, él me mandó al demonio al año siguiente y terminó haciendo pareja con Dona. Seis meses más tarde, lo nuestro había terminado. Quería responder, pero se formó un nudo en mi garganta.
—Entiendo... Mira, todos somos humanos. Todos cometemos errores, y hay personas que no saben cómo aceptar que se equivocaron. Si de errores hablamos, creo que el único que cometiste fue nacer en el momento preciso para terminar en el camino de ese chico.
No pude evitar sentirme reconfortada ante sus palabras. Mis manos dejaron de apretar el collar; no había notado que lo tenía entre los dedos hasta que lo solté. No hablé más con él ese día. Oliver quiso que fuéramos a casa, pero yo tenía que ir a dejar el collar en mi lugar seguro y tener una conversación con Rizos. Al llegar, ella me abrió la puerta sin tardar; al parecer, ya me estaba esperando.
—Hola —la saludé y ella me dedicó una sonrisa.
Entré a esa casa que había sido mi refugio durante tres meses. La verdad es que Rizos era demasiado amable; me había encontrado en un ataque y luego me ofreció ir a su casa. Quizás era peligroso, pero con ella no se sentía así; más bien, se sintió como una sugerencia maternal.
Llevé mi mano por encima de mi pantalón y acaricié aquella cicatriz, un recuerdo físico que me había dejado Alexander. No solía hablar mucho de ello, prefería olvidarlo, y pensar que hace un día me había puesto un vestido solo para lucir esa marca horrible. Rizos se sentó en uno de los sillones y me miró fijamente; yo me quedé parada cerca de la entrada después de cerrar la puerta. Caminé con cuidado hasta el sofá.
—Es un profesional.
—¿Quién? ¿El chico con el que haces pareja?
Asentí a modo de respuesta y ella suspiró.
—¿Y eso hace alguna diferencia?
—¿No lo ves? ¿Qué ves en mí?
—Una chica con un enorme corazón y grandes habilidades de patinaje.
—No es para bromear. Sabes que, hace dos años, no me salió ese dichoso paso.
—¿No te salió, o lo frustraron?
Me quedé callada. Mis amigas y Rizos decían lo mismo: que Alexander era el culpable. Sí, habíamos perdido por esa razón; desde ahí, mi pierna quedó débil.
—Ese no es el punto. El punto es que ahora quieren ponerme a competir al lado de alguien que tiene un nivel superior.
—¿Realmente crees que no eres capaz? ¿Por qué? Es el miedo, ¿no?
Mis manos fueron hacia el cuarzo en mi collar y lo apreté, tratando de alivianar mis emociones; si no las controlaba, tendría otro ataque de pánico.
—No voy a competir.
Se lo diré a Oliver.
Como pude, llevé mis manos del cuello hacia la parte trasera del broche para retirarlo; luego lo tomé y lo dejé sobre la mesa. Me di la vuelta y hablé sin mirarle la cara.
—¿Alguna vez te has enamorado?
Supe que mi pregunta había calado algo en ella, pues escuché su zapato moverse contra el piso.
—La vida es un cúmulo de emociones intensas. Sí, me he enamorado. Y también me sentí como tú, pequeña ante alguien que me hacía sentir de esa forma —la escuché tomar aire—. Pero el amor está lejos de sentirse de ese modo.
Solté una carcajada seca.
—¿Y después de esa experiencia pudiste volver a sentirte enamorada?
Sabía lo que le dolía. Tal vez estaba rompiendo nuestro lazo, pero ella me había lastimado antes con sus palabras. No me entendía; nunca lo haría. Nadie me iba a entender.
—No —respondió a media voz.
—Eso creí.
Caminé hacia la puerta sin verla de nuevo; no me detuve hasta que salí y tomé aire. Me importaba una mierda: yo no pensaba competir con alguien de ese nivel.
Antes de llegar a casa, decidí tocar el timbre de la casa vecina. Oliver salió con una sonrisa en los labios.
—¿Necesitas algo, Joyce?
—Sí, vengo a decirte que no pienso ser tu pareja para la competencia. Convence a una de mis amigas para que lo sea.
Y su sonrisa se esfumó.