Volver a creer

Capítulo seis

Oliver parpadeó varias veces, cerró la puerta de su casa y salió hacia mí.
—¿Podrías decirme por qué?
—No tengo la capacidad para ser digna de ser tu compañera.
Se pasó una mano por la nuca mientras miraba hacia abajo y suspiraba.
—¿Por qué piensas eso? —su mirada volvió a la mía—. ¿Es por lo que pasó hace un rato? Él dijo que...
—No sigas, por favor. Solo quería decirte eso —lo interrumpí.
Luego, sin mirar atrás, caminé hacia mi casa.
Hay algo que es lo más difícil de tener depresión: querer alejarte sin razón. Romper todo lazo porque sientes que vas a romperte; que, no importa lo que hagas, de cualquier manera solo tienes el deseo de no estar, de no seguir más, porque al final, no encuentras un lugar seguro.
Llegué a mi casa en piloto automático. Aunque mi mamá me llamó, fingí no escucharla y entré en mi habitación. Me tiré en la cama y me enredé en una sábana como pude; ya no tenía fuerzas para nada. Solo deseaba no existir. Mi hermano entró; él y mamá estaban acostumbrados a mis "mierdas".
—Levántate. Mamá dice que podemos ir a cenar con tus amigas. Te acompañamos.
—No tengo hambre.
—No has comido nada.
—No tengo hambre —le di la espalda.
Kai solo suspiró con pesar y escuché sus pasos alejarse. Las recaídas son fatales; estás bien y, de un momento a otro, ya no lo estás. La vida es como una montaña, pero para mí, que tenía depresión, era como picos de subida y bajada mucho más pronunciados de lo normal. No quería confiar. No quería volver a creer; nada me aseguraba que no me fueran a mentir otra vez.
Me quedé con los ojos abiertos, vi un amanecer, luego otro, hasta que mis ojos se cerraron y dormí. Para cuando desperté ya era otro amanecer, porque así era no estar bien.
Cuatro días ahí: sin bañarme, sin comer, sin cerrar los ojos bien, durmiendo y sintiéndome pésimo. Mi pelo debía estar hecho un desastre, pero no me importaba nada. Quería ser una patinadora profesional, pero en mi mente solo se repetía que una de mis piernas era más débil que la otra. Recordé aquella competencia, pero la imagen no se completó porque escuché voces desde el otro lado de la puerta. No tenía fuerzas para levantarme, me sentía como una tortilla apachurrada. La puerta se abrió lentamente y se asomaron tres caras conocidas, bueno, cuatro, contando la de Andrés, que no parecía haber venido aquí voluntariamente.
—¡Llegó tu salvación! —exclamaron al unísono Nadia y Robecca.
—Te traje papitas y chocolate —Brian traía una bolsa de tela con bastantes papas y chocolates.
No me moví. Andrés se tapó la nariz al entrar; supongo que al estar sin bañarme, llevaba aquí pudriéndome cuatro días. Robecca le dio un golpecito y le dijo algo que provocó una mueca de disgusto en él.
Oliver entró al último. Me miraba con una sonrisa; no había lástima en sus ojos.
—¿Y no nos invitas al festejo? —dijo él con esa calidez de siempre.
No me moví. Mis ojos solo los miraban.
—Vamos, Joy. Jugaremos algo, ¿qué tal mímica? Si no adivinas, te daremos un baño entre todos —Nadia me miró con paciencia.
Podía darles la espalda, pero verlos ahí reunidos por mi culpa, porque yo no podía ser emocionalmente funcional, me rompía aún más por dentro.
—Bueno... si no quieres eso, entonces bailaré para ti —Brian sacó su celular, comenzó a reproducir una canción de payasos y empezó a dar brincos sin descanso.
Sonreí débilmente. No podía más y, entonces, las lágrimas comenzaron a caer sin control. La música se detuvo y pronto sentí a todos rodeándome con sus brazos. Había tenido demasiados ataques durante las noches, sobre todo, pero aquí estaba.
—Te vamos a bañar e iremos con el psicólogo, ¿sí? —murmuró Robecca en mi oído, mientras miraba a Nadia y esta asentía.
Me ayudaron a ponerme de pie entre todos. Incluso Brian, quien siempre parecía ser el divertido, ahora se veía bastante triste; porque eso era lo que yo le contagiaba. Aún así, forzó una sonrisa y arrugó la nariz cuando me puso la chancla en el pie.
—Fuchi, sí necesitas ese baño, pero ya.
Quería reírme, pero no podía. Me ayudaron a caminar con cuidado hacia el baño. Y pensar en aquella noche que me sentía tan libre, que había bailado sin sentirme miserable...
Cuando me dejaron en el baño, los chicos se apartaron y solo se quedaron Nadia y Robecca, quienes me desnudaron con cuidado y paciencia.
—Sabes que te queremos mucho, ¿sí? —la voz de Nadia temblaba.
¿Por qué tenía que sentir esto?
—Eres nuestra mejor amiga. Tienes que seguir luchando, pero estamos aquí contigo.
Pude reaccionar un poco cuando pasaban una esponja con jabón por mi cuerpo. Me eligieron algo cómodo; quería volver a acostarme, pero Oliver me tomó con cuidado entre sus brazos. No tenía ni siquiera fuerzas para sostenerme de él.
Su mirada se cruzó con la mía.
—Para mí siempre serás la mejor opción para ser mi compañera de patín, ¿lo sabías?
Quería creerlo, pero no podía. Me llevaron hacia un auto y luego nos pusimos en marcha hacia el psicólogo, quien me atendió rápidamente; seguramente ya lo habían llamado. Me tardé media hora en hablar sobre lo que había pasado. Tuvieron que darme medicamento de nuevo. Cuando salí, todos trataban de animarme con chistes o algún otro intento por sacarme una risa; sin embargo, estaba demasiado cansada.
Además, solo podía pensar en que había lastimado a Rizos sin motivos cuando ella solo quería ayudarme.
Nadia y Robecca entrelazaron sus dedos con los míos. Las memorias con ellas volvieron y pude tener un poco de esperanza; quizás solo un poco, pero eso era mejor que nada. Tenía a mis mejores amigas y no podía pedir nada más; incluso si sentía que me ahogaba, sabía que ellas siempre me acompañaban.
—Gracias —murmuré, aunque nadie escuchó debido al ruido del motor del auto.
Gracias por estar conmigo. Gracias.




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