Volver a creer

Capítulo siete

No quería saber nada del mundo, pero mis amigos no me habían dejado sola durante al menos dos días. Habían logrado que la competencia se atrasara unos días más para darme tiempo de volver. Por supuesto, Dona y Alexander se habían puesto molestos con la decisión de la entrenadora, a quien no le pudo importar menos.
Era un viernes por la noche cuando ella apareció por la puerta con una sonrisa. Vestía un saco de color beige claro y botas negras de tacón. Quería disculparme por cómo se habían dado las cosas la última vez, pero no parecía estar molesta en absoluto. Sentí una energía de pronto y me senté.
—Lo siento, ese día...
—Prepara tus cosas.
—¿Qué?
Nadia, Brian y Oliver, que habían salido de la habitación, se asomaron a ver qué pasaba.
—Te llevaré a un lugar en la ciudad. Bueno, iremos, porque no creo que tus cuidadores te vayan a dejar sola.
Brian saltó al frente como un canguro.
—Eso seguro... Señora... ¿cómo se llama?
—Solo dime Rizos, como me dice mi patinadora favorita.
Me ayudaron a levantarme, a preparar una bolsa con poca ropa y salimos de casa. Mi mamá asintió con una sonrisa, así que me había dejado ir. Nos subimos a una camioneta que tenía bastante espacio; Rizos subió al asiento del conductor.
Mientras nos alejábamos de casa, recordaba aquel día que mi cerebro había logrado bloquear. Era una conversación con Alexander; no me sentía preparada para eso. No quería hacer ese paso, sabía que algo podía hacer mal.
«—Entonces... no me amas.»
Su voz se instaló en mi cerebro e, incluso aunque sentía el aire de la ventana que había abierto Brian a mi lado, no podía dejar de escuchar esa voz. Nadia iba en el asiento de copiloto, mientras yo iba en medio de Oliver y su novio.
Mi pierna rozaba la de Oliver, y Brian, en cambio, se había orillado en el asiento mientras brincaba al ritmo de la canción que sonaba en sus auriculares. Sentí un ligero escalofrío cuando nos dimos cuenta de la cercanía, pero él me sonrió. Justo en ese momento se escuchó que algo explotó y sentí cómo la camioneta se hundió un poco.
—Cielos, creo que se ponchó la llanta —Rizos logró estacionarse no muy lejos.
—Bueno, ahora tenemos dos emergencias. La primera es Pancha y la segunda es Romeo —dijo Brian.
—¿Pancha y Romeo? —Oliver enarcó una ceja mientras lo miraba con curiosidad.
—Pancha es la llanta ponchada y Romeo porque me meo.
Había estado sin reír todos estos días, pero exploté en una carcajada. Rizos negó con la cabeza, con una sonrisa divertida dibujada en el rostro; tomó las llaves y se bajó para arreglar el problema.
—Dios, Brian... No es hora de hacer chistes —lo regañó Nadia, aunque a ella también le había sacado una sonrisa.
—¿Qué? Es mi manera de expresarme.
Oliver sonrió.
—Ese novio fue el que te tocó, ahora te toca soportar, Nadia.
La dinámica entre todos se había vuelto cercana. Brian abrió la puerta y se bajó; supongo que era "Romeo".
Oliver se bajó para ayudar a Rizos a cambiar la llanta. Me asomé por la ventana y mi mirada se deslizó por sus bíceps, ya que se había quitado la camiseta que llevaba y solo usaba una sin mangas debajo de color blanco. Tragué saliva. Desvía la atención. Miré a Brian volver saltando alegre con unas bolsas de papas en las manos; nos las entregó a Nadia y a mí.
Tardamos alrededor de media hora ahí hasta que nos pusimos en marcha de nuevo.
Le ofrecí papas a Oliver y él tomó unas cuantas. Un par de horas después, visualicé un cartel que decía «Bienvenidos a la Ciudad de México», y aquí estábamos. Rizos se estacionó en el aparcamiento de un hotel. Nos dejó una habitación para los cuatro y ella tomó otra.
Cuando tuvimos un lugar para quedarnos, Rizos les dijo a ellos que se quedaran. Brian y Nadia accedieron, pero Oliver no; parecía preocupado, así que ella lo dejó ir con nosotras.
El camino estaba libre, ya era muy tarde para que hubiera demasiado tráfico. Rizos se detuvo frente a dos árboles que quedaban un poco lejos el uno del otro.
—Aquí fue...
—¿Eh?
Oliver solo se quedó en completo silencio.
—Aquí me partieron el corazón, Joyce. Los pedazos deben estar por ahí.
Entonces lo entendí, la historia que me había contado. El cómo no había sido elegida. Sentí un dolor en el pecho; después de todo, yo la había herido con lo que dije aquel día. Una lágrima se deslizó por mi mejilla, pero sentí su pulgar limpiando el rastro de ella.
—No te traje para eso. Lo que pasa es que quiero que mires: sigo viva. Estando aquí no terminó mi vida, ni mucho menos mi capacidad de ser feliz —Rizos tomó aire—. Lo que digo es que sé que es difícil, pero estoy segura de que saldrás de ese hoyo pese a todo.
—Así será —terció Oliver.
Me giré a mirarlo y tenía una seguridad en el rostro que no le había visto desde que lo conocía.
—Si nosotros creemos en ti, tú también deberías volver a creer...
Mi mirada se deslizó de uno al otro y me sentí segura de mí misma.
—No elegimos que nos rompan, pero sí elegimos lo que conlleva a nuestra sanación. Eso solo depende de nosotros mismos y, quizás... de esas personas que nos llenan el corazón un poco más.
La voz de Alexander perdía fuerza cada vez más. Dicen que hay palabras que quedan para siempre en tu corazón, que algunas se clavan y son hechas para lastimarte, pero otras son para ayudarte a sacar las que espinan. Era un momento crucial. Vi a Rizos salir del auto e ir a acariciar uno de los árboles; según la historia contada, ahí solía esperar el camión con su amigo, aquel amigo que en algún momento le dejó de importar su sentir y le dijo muchas mentiras.
—Lo haré. Voy a competir contigo —declaré para Oliver sin apartar la mirada de la ventana.
—Gracias, compañera de patín.
Su mano entrelazó la mía. Mi corazón comenzó a latir fuerte y rápido, y me sentí más viva que en todos estos días.
Era un poco abrumador; Oliver sonrió y yo no pude más que sentir que esta vez estaba haciendo lo correcto y no me detendría hasta que el miedo dejara de oírse más fuerte. Si ellos creían en mí y si yo creía en mí, tenía que demostrar que podía hacerlo aun pese al miedo. Porque, claro, el miedo nunca me abandonaría, pero no podía dejar que me ganara.




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