Decidí bajarme del auto cuando miré a Rizos con una expresión cabizbaja. Suspiré. Le hice una seña a Oliver para que nos diera espacio y él asintió sin más. Al llegar a su lado, su mano temblaba mientras acariciaba aquel lugar; la pista de hielo era mi lugar de recuerdos y este era el suyo.
—¿Lo extrañas? —cuestioné.
—¿A él? No. Creo que extraño lo que sentía en ese momento. Dijo que sería un simple recuerdo feliz de mis diecisiete y dieciocho años —la vi contener el aire y su expresión se oscureció—. Lejos de eso, se convirtió en un recuerdo amargo, porque lo decía sabiendo que él solo me estaba usando.
—¿Lo perdonaste?
—Nunca tuve nada que perdonarle. Estaba siendo humano. Además, yo no soy dueña de sus acciones; el que debería perdonarse sería él mismo.
Me quedé en silencio, atenta a cada gesto de ella. Continuó hablando:
—Siempre creí que el amor tenía que ganarse. Supongo que así me enseñaron en mi familia, era como un perro... tenía que hacer algo para ganarme su atención, su aprobación, su apoyo. Solo si hacía algo significativo para ellos obtenía amor.
—¿El amor no debe ganarse?
—No. Solo debe sentirse, sin forzarse. Supongo que ni siquiera lo esperas cuando llega, pero lo hace...
—¿Tú has amado después de eso?
Negó con la cabeza.
—No, la verdad es que no es lo mío.
Entrecerré los ojos, procesando su respuesta.
—¿No es lo tuyo? Pero... escribes historias de amor.
—Quiero decir... que entendí algo. No es lo mío para forzarlo, así que dejé de intentarlo y ahora pongo mi amor en las historias. También conozco el amor de las buenas amistades.
—Te mereces mucho amor.
—Deberías decirte eso también a ti misma. Bueno, vamos... que tu galán nos espera.
—Rizos, no es mi galán. No bromees.
No podía negar que, pese a todo, mi corazón comenzó a latir abruptamente, pero no podía concebir la idea de volver a sentir algo de esa magnitud. No estaba lista.
Cuando nos subimos a la camioneta, miré a Oliver con una sonrisa. Rizos dio vuelta para volver al hotel y en menos de media hora ya estábamos escuchando a Brian soltar algunos chistes en la mesa que para nada tenían sentido, pero que a él le ocasionaban la mayor gracia, llenando el lugar de carcajadas sonoras.
Antes de ir a dormir, me quedé hablando con Robecca, quien no había podido acompañarnos porque había tenido que ensayar con Andrés para la competencia. Yo también debía buscar alguna buena coreografía para darlo todo en la pista.
Tras terminar la llamada, me dirigí a la pequeña sala. Oliver estaba ahí, pero no me esperaba...
¡Santa madre de Dios!
Se encontraba de espaldas; uno de sus brazos estaba estirado, mostrando uno de sus bíceps bien definidos, mientras con la mano secaba su cabello. Su espalda estaba desnuda y con algunas gotas de agua aún cayendo por su piel.
Justo en ese momento, antes de que pudiera irme y fingir que no lo había visto, se giró para encontrarme mirándolo como idiota. Sentía mis mejillas arder, miles de mariposas revoloteando.
«Si la vida me da la espalda, que sea la de él.»
Alejé ese pensamiento. Dios, qué vergüenza. Honestamente, estaba guapo y atractivo, y me quedé paralizada.
—¿Necesitas algo?
—Solo... —me aclaré la garganta y desvié la mirada—. ¿Has visto a Nadia?
—Salió con Brian.
Mi mirada volvió a él. El calor en mí se intensificó, porque más allá de la sonrisa que me había dedicado, ahí estaban su pecho, su abdomen... Quería morderme los labios; lo único que logré fue apretarlos y volver a darme la vuelta para no ver más.
—Bueno, gracias.
Me di la vuelta mientras temblaba de los nervios. ¿Qué mierda me estaba pasando? ¿Por qué él sonreía tanto? ¿Se burlaba de mí?
Qué envidia que fuera tan perfecto. Mira que, aparte de ser profesional, tenía que ser un chico atractivo... Y tan sexi.
No, eso no. Sacudí la cabeza llegando a la habitación. Pero no iba a poder evitar tener que verlo de nuevo, porque Rizos había tenido la maravillosa idea de darnos habitaciones separadas. Y, claro, los novios se habían ido a quién sabe dónde. Aunque deseaba que la próxima vez lo viera con más ropa.
O tal vez no.
Oh, no, malditos pensamientos. Mueran, mueran, mueran.
Me acosté en la cama y me puse la almohada en la cara para soltar un grito de pura frustración.
La imagen de su piel expuesta volvió a mí, y volví a soltar otro grito. Maldita sea. Odiaba ese recuerdo, pero no creo que saliera de mi memoria en un buen tiempo.
Si existieran esas cosas de la película Intensamente, seguro este sería un pensamiento central de la "isla de la cachondez". Quité la almohada de mi cara y me senté, solo para encontrármelo sentado en la cama del otro lado. Al menos ahora llevaba una camiseta de algodón. ¿Cuánto tiempo llevaba ahí?
Quién sabe, pero fingí no haber estado convulsionando como una loca por aquel momento en que decidió presumir que tenía la figura de un dios griego o vete tú a saber.
—¿Ya vas a dormir? —Su voz era tan suave; incluso con su tono grave, siempre transmitía tranquilidad.
—Sí, creo...
—¿Problemas para dormir?
Asentí con pesar.
—Suelo tener pesadillas.
—Me imagino. Oye, yo quisiera saber... —lo vi pasar su mano por la cara, algo incómodo—, bueno, si no te molesta... ¿puedes contarme cómo fue tu relación con ese tipo?
—¿Con Alexander?
Él simplemente asintió. Sentí que la boca se me secaba, aunque hice un intento de humedecer mis labios con la poca saliva que me quedaba.
—Si tuviera que elegir una palabra... fue demasiado destructiva, al menos para mí. Nos conocimos en la secundaria; al principio me parecía el chico más lindo. Con el tiempo eso cambió, o quizás me lo dejó ver desde el principio, pero yo estaba ocupada idealizándolo.
—Suele pasar.
—Tengo miedo de enamorarme otra vez y no ver las red flags.
—Todos tenemos miedos. Sin embargo, la vida siempre está en constante movimiento; seguimos avanzando aún con miedo. La única diferencia es que a veces decidimos detenernos por el miedo o vencerlo.
—¿Tú has tenido malas experiencias? Digo... eres profesional y te ves muy alegre.
—Todos sufrimos en este mundo, aunque si lo piensas, es algo que puede ser poético, porque solo así podemos valorar esos momentos buenos, aquellos que uno atesora.
Nunca habíamos hablado así, pero sus palabras, su voz y esa tonta sonrisa que siempre parecía llevar consigo me daban esperanza.
—Eres un buen compañero de patín y un gran amigo.
—Pienso lo mismo de ti. Mira, no sé qué más haya pasado entre tú y ese tipo, pero sí sé que por algo te dieron la tarea de ser mi compañera en la competencia.
Mi piel se erizó y sentí mil emociones que hacía mucho no había sentido. Ni siquiera Alexander me había hecho sentir así ni una sola vez. Me levanté de la cama.
—Tenemos que practicar.
Él solo enarcó una ceja y puso una sonrisa divertida.
—¿Ahora mismo?
—Sí, hemos perdido mucho tiempo.
Lo vi levantarse y me extendió la mano.
—Como ordene, su majestad.
Le di un golpe juguetón antes de tomar su mano, y él soltó una risita.
—¿Qué vamos a bailar? Ni siquiera hemos elegido la canción.
Sin soltar mi mano, lo observé sacar el celular y colocar una canción. Era suave. Asentí con aprobación ante su mirada expectante. Dejó el celular para reproducir la melodía y comenzó a guiarme; aunque no tenía patines en ese momento, sabía que cada paso iba a salir bien. Surgía natural. Sus manos se movieron hacia mi cintura y me levantó suavemente mientras giraba. Cerca del final, no teníamos que decir nada; sabía que tenía que inclinarme, él me sostenía y su rostro quedó cerca del mío, su nariz rozó suavemente la mía. Mi estómago sintió un revoltijo de emociones tan fuerte que sentí que devolvería las papas que me había dado Brian antes de llegar.
Fue el momento justo para que ocurriera de todo a todo.
—¡Volvimos! —gritó Brian mientras abría la puerta de la habitación de golpe.
Oliver no me soltó, al contrario: se aferró a mí. Mi vista fue hacia ellos. Brian había abierto tanto la boca que quizás se le hubiera podido caer la mandíbula, y si una mosca hubiera estado cerca, se le habría metido.
Nadia, por su parte, estaba ligeramente boquiabierta, pero se recompuso rápido y me lanzó una mirada como si supiera lo que estaba pasando.
—Le echamos a perder su momento a los tortolitos —expresó Brian.
Quise recomponerme rápido, pero mi frente chocó contra la de Oliver. Nadia y Brian estallaron en carcajadas. Mi mirada se cruzó con la de Oliver, que estaba tranquilo, sonriendo, mientras ahora tenía una de sus manos sobando su frente.
—Lo siento.
—Tranquila, te cobraré por los daños —bromeó Oliver mientras se tomaba el tiempo de acomodarme con delicadeza, y se alejó suavemente, saliendo de la habitación junto con Brian. Ahora sí que parecían ser mejores amigos, no como al principio.
—¿Y eso qué significó? —Nadia tenía una ceja enarcada mientras me miraba con una sonrisa.
La música ya tenía un rato que había dejado de sonar. Me senté sobre la cama.
—Significó que estábamos ensayando cuando tú y tu cachorro Brian aparecieron en mal momento. No es lo que crees.
—Pues vi más que solo un ensayo. Había demasiada cercanía y bastante química. Joyce, no me vayas a decir que tú no lo sientes.
—Estoy confundida. No quiero decir que no lo siento, tampoco es fácil admitirlo.
Mi amiga asintió, entendiendo la situación. Se sentó a mi lado y me rodeó con los brazos.
—Lamento que suene tan invasiva, pero créeme: vi felicidad ahí.
—No. Solo estábamos actuando para el ensayo.
—Puedes decir todo lo que quieras ahora. Ambas sabemos que en el fondo sabes que esto podría significar algo más. Aunque ahora no tienes que preocuparte por eso, solo disfruta.
Recordé las palabras de Rizos: «Solo debe sentirse, sin forzarse». Quizás tenía razón, aun así daba miedo aceptarlo y poner mi corazón en riesgo sabiendo que podrían hacérmelo mil trozos.