Volver a creer

Capítulo diez

Rizos me miraba con una mezcla de admiración y ternura.
—¿Y? ¿Te gusta? Mañana es la competencia. ¿Vas a venir?
Su mirada seguía analizando mi vestimenta, la cual le había ido a mostrar.
—Hasta la pregunta ofende.
Me concentré en ella; tenía ojeras y se veía agotada. No entendía por qué. Bueno, tampoco es que me la hubiera pasado diario con ella desde que volvimos, pues había estado ensayando sin parar.
—Rizos... te pasa algo.
No era una pregunta. Sabía que le pasaba algo.
—Ah, eso... Últimamente no he tenido buenas ideas y, tras leer escritos bien redactados, siento que mi trabajo es miserable en comparación.
Suspiré. La entendía totalmente; lo mismo me pasaba con el patinaje, aunque de manera distinta.
—Pero no escribes para que el mundo te juzgue; escribes para ti misma, ¿no?
—A veces no es fácil recordarlo, más cuando te juzgan y viene de una persona de quien no te lo esperabas. Pero, en fin, ¿la llevas bien con Oliver?
—Sí, pero... dejaremos de ser pareja durante una competencia.
—¿Por qué? Apenas se están acoplando.
—Lo mismo pensé, pero la entrenadora nos dijo que debemos estar preparados para cualquier emergencia.
Ella asintió.
—Supongo que no queda de otra más que obedecer.
— Sí, pero todos estamos muy animados. Tanto que esta noche Brian nos ha invitado a cenar pizza; iremos a la pizzería que está en las orillas del pueblo.
—¿Necesitan transporte?
—Supuestamente el hermano de Brian iba a llevarnos, pero contaré contigo en caso de cualquier emergencia. Voy a cambiarme.
Ella se quedó ahí. Por el espejo vi que la sonrisa que me había dedicado antes de comenzar a alejarme se había esfumado.
Tras salir de la casa de Rizos, caminé a la mía y entonces lo vi: estaba sentado en la banqueta frente a la casa de su abuela, mirando su celular.
—¡Oliver! —grité, y él me miró de inmediato.
—Joyce, te estaba esperando para irnos juntos a casa de Brian.
—Ah, sí, solo espera... Iré a dejar el vestido para mañana.
Entré corriendo a casa a poner el vestido sobre la cama, cubierto por una bolsa negra. Me miré en el espejo —no me veía tan mal— y luego salí corriendo hacia él.
—Vamos —mi voz denotaba euforia.
Nos pusimos en marcha hacia la casa de Brian. De lejos se veía un desastre, así que no me sorprendió que, cuando llegáramos, Brian estuviera mentando madres.
—Pinche Mateo, chocó el carro. Lo malo es que sigue vivo y voy a desatar mi furia contra él cuando vuelva.
Nadia negó con la cabeza.
—Eso es lo que menos debería importar. Debemos ponernos en camino o llegaremos cuando cierren.
Robecca estaba con Andrés platicando, seguramente sobre su rutina, pero ambos se veían bastante tensos, y era obvio que tenían muchas diferencias que los hacían chocar.
—Puedo llamar a Rizos; ella puede llevarnos.
A Brian se le iluminó la mirada y la furia de su expresión se desvaneció.
—Amo a esa mujer. —Nadia frunció el ceño—. Obvio no más que a mi preciosa, ¡pero esa señora nos ha salvado!
Saqué mi celular y mi bolso se cayó; Oliver se agachó a recogerlo. Me comuniqué bastante rápido con Rizos, quien dijo que en menos de cinco minutos estaríamos en camino. Dicho y hecho: nos subimos todos a la camioneta. Íbamos un poco más apretados, pero no importaba porque todos estábamos felices de conocer un nuevo lugar.
De pronto, un golpe seco sonó. Robecca le había dado un buen sape a Brian después de que este se burlara de ella y de Andrés. Brian buscó consuelo en su novia, pero ella solo se encogió de hombros y comenzó un pequeño drama en el auto que terminó entre risas.
Al llegar a la pizzería nos bajamos con la energía de un rayo, entramos y yo miraba el menú sin perderme ningún detalle. Tras ordenar, se formó un silencio cómodo. Así era, hasta que Brian comenzó a hablar:
—Tenemos que hacerlo lo mejor posible, así el puntaje estará a nuestro favor. Y si es así, Alexander y Dona estarán fuera.
Robecca resopló.
—Brian, eso suena algo imposible... Lo que esos tienen de idiotas lo tienen de talento.
—Es innegable, en eso estoy de acuerdo con Robecca —aseguró Andrés.
Nadia suspiró.
—La verdad siempre duele, pero ellos serán los que lleguen a la última competencia invictos.
Brian negó con la cabeza y se quedó callado hasta que terminamos de comer. El comentario se había quedado flotando en el aire, hasta que finalmente lo soltó:
—Qué actitud tan irritante. Deberían pensar positivamente. La mente es poderosa.
—Pareces muy entusiasmado —le dije.
Él asintió enérgico.
—Por supuesto, sé que para mí y Nadia todo saldrá mejor este año.
—Donde se pongan a llorar... —se quejó Robecca.
—Basta, hay que olvidar eso, no es agradable —nos miró Nadia.
—¿Pero por qué, amor? ¿Por qué dices que no fue agradable? Si tenerte en mis brazos mientras llorábamos desconsolados me hizo darme cuenta de que ningún premio será jamás igual que lo que conseguí aquel día.
Y Brian se había puesto romántico. Ser testigo de cómo un chico amaba a mi amiga era lo mejor del mundo, porque no cabía duda: el amor existía.
Nadia sonrió y Robecca solo emitió un bufido de burla.
—Hay que darles privacidad —Andrés miró a Robecca—. Creo que hay un arcade con máquinas de juegos antiguas.
Andrés se llevó a Robecca antes de que ella opusiera resistencia. Rizos parecía haberse quedado dormida en su camioneta; no había querido bajar a comer con nosotros. Sentí una punzada en el corazón, pero sabía que no podía hacer mucho más que darle su espacio.
—¿Quieres buscar algo que hacer? —Oliver me miró.
—Sí, vamos.
Nos levantamos y comenzamos a caminar sin rumbo fijo, hasta que lo observé desde un puente, con el aire moviendo el agua.
—Este es el río que pasa por abajo, cerca de la casa de Rizos.
Oliver se acercó interesado a mirar.
—Es muy extenso. ¿Habrá cocodrilos?
—Lo dudo. O quién sabe... No estoy segura.
—Mañana es un día importante. Debes estar nerviosa, al igual que todos.
—Un poco... Sabes, Oliver, estoy nerviosa por no estar a tu altura. Por eso quería huir.
Él suspiró y miró de nuevo hacia el sol que ya comenzaba a ocultarse.
—Bueno, pues... yo no creo nada de eso. Al contrario: eres increíble en los patines y, desde mi punto de vista, eres extraordinaria también. No necesitas tener un título para saberlo.
Mi corazón se estremeció y comenzó a latir de forma apresurada. El calor del cuerpo de Oliver me envolvía incluso si no estaba del todo a mi lado; me sentía segura. No quería entender qué era este momento ahora. Solo sabía que era lo correcto, por eso no me sorprendió cuando decidí abrazarlo antes de expresar algo más con palabras.




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