Si hay algo que marcó mi infancia, además de mis padres, fueron mis hermanos. Crecer en una familia numerosa me enseñó desde muy chica que el amor no siempre se demostraba con abrazos. A veces se encontraba en un plato de comida compartido, en una cama donde entrábamos más de los que cabían, en una preocupación que dejaba de ser de uno para convertirse en la de todos, o en una alegría capaz de llenar la casa entera.
Hoy somos seis hermanos, y cada uno ocupa un lugar único en mi historia.
El mayor pasó gran parte de su infancia lejos de nosotros. Mi mamá lo tuvo con apenas quince años y, como todavía era muy joven y tenía que salir a trabajar, mis abuelos se hicieron cargo de criarlo. Recién cuando cumplió diez años volvió a vivir con nosotros. Aunque compartíamos la misma sangre, durante mucho tiempo sentí que su historia había comenzado en un lugar diferente al nuestro.
Después llegué yo. Un año más tarde nació el Flaco, mi compañero de infancia. Cuando llegó la Rubia, yo ya tenía cuatro años, por eso conservo tantos recuerdos de su llegada. Más tarde nació la Flaca, que con el tiempo también dejaría una huella muy especial en nuestra familia. Y, por último, llegó el más pequeño, al que durante muchos años llamé simplemente “mi bebé”, como si el paso del tiempo nunca fuera a alcanzarlo.
Con los años entendí que crecer bajo el mismo techo no significa vivir la misma infancia. Compartimos los mismos padres, la misma casa y muchas de las mismas vivencias, pero cada uno construyó recuerdos distintos, cargó heridas diferentes y encontró su propia manera de enfrentar la vida.
Más adelante quiero detenerme en cada uno de ellos, porque sería imposible contar quién soy sin contar también quiénes fueron ellos para mí. Mis hermanos fueron los testigos silenciosos de mis primeros miedos, de mis juegos, de mis enojos y de mis sueños. Sin proponérselo, cada uno dejó una huella imborrable en la mujer que soy hoy.