Cuando pienso en mi infancia, no puedo hacerlo sin pensar en mis hermanos.
Mi hermano mayor siempre fue una presencia especial para mí. Durante muchos años no vivió con nosotros. Yo era muy chica y no entendía por qué él estaba lejos, ni por qué nuestra familia parecía estar dividida. Con el paso del tiempo empezamos a compartir más momentos y, poco a poco, dejó de ser ese hermano que veía de vez en cuando para convertirse en parte de mi vida cotidiana. Hoy, cuando miro hacia atrás, entiendo que él también cargaba con una historia que, siendo niña, era imposible comprender.
Con el Flaco compartí casi toda mi infancia. Éramos compañeros de aventuras, de travesuras y también de esos momentos difíciles que solo entienden quienes crecieron bajo el mismo techo. Entre nosotros no hacían falta muchas palabras: con una sola mirada sabíamos lo que el otro estaba pensando.
Él siempre fue muy introvertido. Recuerdo que, cuando íbamos a la escuela, en los recreos prefería quedarse conmigo antes que mezclarse con los demás. En ese momento no entendía el porqué. Hoy creo que el caos que vivíamos en casa también fue dejando marcas en él. Tal vez aprendió demasiado pronto a desconfiar de las personas.
Después llegó ella, mi bella Rubia. Como les conté antes, cuando nació yo tenía apenas cuatro años. Aun siendo una nena, sentía que debía cuidarla. Me encantaba prepararle la mamadera, aunque más de una vez me saliera con grumos. Hoy me río al recordarlo, pero en ese entonces lo hacía con todo el amor que podía tener una hermana mayor tan pequeña.
Desde muy chica nació en mí ese instinto de proteger. No siempre sabía cómo hacerlo, pero sentía que debía cuidar a mis hermanos, abrazarlos cuando podía y hacerles sentir que nunca estaban solos.
Y aunque muchas veces el dolor ocupa más espacio en los recuerdos, sería injusto decir que toda nuestra infancia fue triste.
Al principio hubo momentos en los que realmente nos sentimos una familia. El hombre que en ese entonces yo creía que era mi papá biológico trabajaba y, cuando volvía a casa, muchas veces llegaba con alguna sorpresa que nos hacía felices. Mi mamá preparaba la comida, nos bañaba a los tres, nos ponía el pijama y nos acostaba. Eran escenas simples, pero para mí significaban hogar.
Por un tiempo fuimos una familia como tantas otras. Hubo risas, juegos, abrazos y noches en las que me dormía creyendo que todo estaba bien.
Pero todavía hoy me hago la misma pregunta:
¿En qué momento empezó a derrumbarse todo?
No hubo un solo día que marcara el comienzo. Fue como una pared que se va agrietando de a poco, hasta que un día descubrís que ya no queda nada de lo que alguna vez estuvo en pie.