Volver a elegirme

La niña que buscaba su reflejo.

Desde muy pequeña fui una niña con una capacidad muy desarrollada para darme cuenta de lo que les pasaba a los demás. Era muy observadora, curiosa y charlatana. Mi mamá siempre cuenta que preguntaba absolutamente todo. No importaba si era algo importante o insignificante; yo necesitaba entender el mundo que me rodeaba.

A veces me pregunto por qué era así. Y, si pudiera elegir, creo que renunciaría a ese don de percibir tanto. Quizás me habría ahorrado descubrir la tristeza escondida en la mirada de mi mamá, el vacío que muchas veces llevaba en silencio o las miradas acusadoras y devoradoras de algunas personas. Hay cosas que ningún niño debería tener que interpretar.

No recuerdo exactamente cuándo empezó, pero un día comencé a mirarme y a notar que no me parecía a nadie de mi familia.

Mis tíos eran rubios, de ojos claros. El Sombra tenía rasgos de gringo. El Flaco era igual a él. La Rubia también. La Flaca era el reflejo de mi mamá.

¿Y yo?

Yo solo encontraba un pequeño parecido con mi hermano mayor, pero sabía que él tampoco era hijo del Sombra. Entonces volvía a mirarme al espejo una y otra vez, buscando una respuesta que nunca encontraba.

Recuerdo llorar frente a mi mamá y preguntarle:

Mami, ¿por qué yo no me parezco a nadie?

Ella me miraba con una mezcla de amor, angustia y miedo.

Hija, vos sos igual a mami —me respondía.

Pero había algo dentro de mí que no terminaba de creerlo.

No era desconfianza hacia ella. Era esa intuición que me acompañó desde siempre, esa voz silenciosa que me decía que había una verdad escondida detrás de sus palabras.

Hoy, siendo adulta, entiendo que mi mamá no intentaba engañarme. Solo quería protegerme. Yo era demasiado pequeña para conocer una historia tan difícil. Ella hacía lo único que sabía hacer: cuidarme del dolor hasta que llegara el momento de entender.

Con los años comprendí que su silencio no nacía de la maldad, sino del amor. Porque hay verdades que una madre carga sola durante mucho tiempo, esperando el instante en que su hija tenga la fuerza suficiente para sostenerlas.

Y sin saberlo, aquella niña que lloraba frente al espejo ya había empezado a recorrer el camino más importante de su vida: el de descubrir quién era realmente.




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