París, siete años después
El despertador suena a las seis y media de la mañana. Sophie lo apaga antes del segundo timbre, un reflejo automático desarrollado durante años de no querer despertar a Alisson más temprano de lo necesario.
Anthony ya está despierto. Siempre se despierta antes que la alarma. Es una de esas personas irritantemente funcionales que pueden levantarse sin necesidad de un despertador, que hacen ejercicio antes del trabajo, que nunca olvidan tomar sus vitaminas.
Sophie lo escucha en la cocina. El sonido de la cafetera. El tintineo de tazas. El agua corriendo.
Se queda en la cama un momento más, mirando el techo del apartamento que han compartido durante dos años. Es un buen apartamento. Dos habitaciones, un baño completo, cocina integrada con la sala. Piso de madera, ventanas grandes, mucha luz natural. En un barrio tranquilo de París, cerca de buenas escuelas, con un parque a dos cuadras.
Anthony lo encontró. Anthony negoció el precio. Anthony firmó el contrato de arrendamiento. Sophie solo desempacó las cajas.
Se levanta finalmente, se pone la bata. Su cabello pelirrojo está despeinado, necesita un corte. Tiene ojeras que el maquillaje ya no disimula tan bien.
En la cocina, Anthony está preparando el desayuno. Tiene puesta una camiseta gris y pantalones de pijama. Su cabello castaño también necesita un corte. Tiene treinta años pero a veces se ve mayor, con esas pequeñas arrugas alrededor de los ojos que aparecen cuando se preocupa demasiado.
—Buenos días —dice cuando la ve entrar.
—Buenos días —responde Sophie.
Se besan brevemente. Un beso de rutina, del tipo que se dan las parejas que han estado juntas lo suficiente para que los besos sean un gesto automático más que una expresión de deseo.
—¿Café? —pregunta Anthony.
—Por favor.
Él le sirve una taza. Solo, sin azúcar, exactamente como a ella le gusta. Después de tres años, conoce todos estos pequeños detalles.
Sophie se sienta en la mesa pequeña de la cocina. Anthony está haciendo huevos revueltos.
—¿Despertaste a Alisson? —pregunta.
—Todavía no. Pensé dejarla dormir cinco minutos más.
Sophie mira el reloj en la pared. Las seis cuarenta y cinco.
—Debería despertarla. Tarda mucho en arreglarse últimamente.
—Es una niña de ocho años —dice Anthony con una sonrisa—. Está descubriendo la vanidad.
Sophie casi sonríe pero no llega a completar el gesto. Se levanta con su café y va al cuarto de Alisson.
La habitación está pintada de un color lavanda suave que Alisson eligió el año pasado. Hay pósters de películas animadas en las paredes, una repisa llena de libros infantiles, una caja de juguetes en la esquina que casi siempre está desbordándose.
Alisson duerme en su cama individual, el edredón con estampado de estrellas hasta la barbilla. Su cabello rubio ondulado está desparramado sobre la almohada, brillando con la luz de la mañana que entra por la ventana.
Sophie se sienta en el borde de la cama. Mira a su hija.
Ocho años. Alisson tiene ocho años ahora. Ya no es la bebé que Sophie se llevó en ese taxi hace siete años. Es una niña completa, con personalidad propia, con opiniones, con sueños. Y cada día se parece más a Joseph.
El cabello rubio que se ondula exactamente de la misma manera. Los ojos azules que a veces miran a Sophie con una intensidad que le recuerda dolorosamente a él. La forma en que frunce el ceño cuando está concentrada, idéntica.
—Alisson —dice Sophie suavemente—. Hora de despertar, mon cœur.
Alisson gruñe y se da la vuelta.
—Cinco minutos más.
—No hay cinco minutos más. Tienes que arreglarte para la escuela.
—No quiero ir a la escuela.
—Nadie quiere ir a la escuela un lunes. Pero de todas formas tienes que ir.
Alisson abre un ojo. Mira a su mamá con esa expresión de medio dormida que Sophie siempre encuentra adorable.
—¿Anthony está haciendo el desayuno?
—Sí.
—¿Huevos revueltos?
—Sí.
—Está bien. Me levanto.
Alisson se sienta en la cama, bosteza exageradamente. Sophie le acomoda el cabello detrás de la oreja.
—¿Dormiste bien?
—Tuve un sueño raro.
—¿De qué?
Alisson frunce el ceño, tratando de recordar.
—Había otra niña. Se parecía a mí. Pero no era yo. Y estábamos en un lugar grande, como un castillo o algo así. Y ella me decía que tenía que recordar algo pero no me decía qué.
Sophie se queda muy quieta.
—¿Una niña que se parecía a ti?
—Sí. Exactamente a mí. Como si fuera mi gemela o algo así.
Sophie siente que algo frío le recorre la espalda.
—Los sueños son raros —dice finalmente—. No significan nada.
—Supongo.
Alisson se levanta y va al baño. Sophie se queda sentada en la cama un momento más.
Una niña que se parecía a ella. Como una gemela.
Se levanta bruscamente. No va a pensar en eso. No hoy. No nunca.
Vuelve a la cocina. Anthony ha puesto la mesa. Huevos revueltos, tostadas, jugo de naranja. Todo ordenado, todo perfecto.
—¿Está despierta? —pregunta.
—Sí. Saldrá en un minuto.
Se sientan a esperar. Anthony revisa su teléfono. Sophie mira su café.
—Tengo que decirte algo —dice Anthony de repente.
Sophie levanta la vista. Hay algo en su tono que la pone en alerta.
—¿Qué pasa?
Anthony deja su teléfono. Mira a Sophie directamente.
—Me ofrecieron un trabajo.
—Oh. ¿Eso es bueno?
—Es muy bueno. Es en un estudio de arquitectura en Toulouse. Mucho mejor posición que la que tengo aquí. Mejor salario. Oportunidades de crecimiento.
Sophie se queda completamente inmóvil.
—Toulouse.
—Sí.
—¿Toulouse en el sur? ¿Esa Toulouse?
—Sí, Sophie. ¿Cuántas Toulouse conoces?
Ella deja su taza en la mesa con más fuerza de la necesaria.
—No.
—Ni siquiera escuchaste los detalles.
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Editado: 04.06.2026