Volver a empezar

Capítulo 2

El viaje de París a Toulouse toma aproximadamente siete horas en auto. Anthony maneja las primeras cinco horas, luego Sophie toma el volante para darle un descanso.

Alisson está en el asiento trasero con sus audífonos puestos, viendo algo en su tablet. De vez en cuando mira por la ventana y pregunta cuánto falta.

—Una hora —dice Sophie por quinta vez.

—Eso dijiste hace una hora.

—Porque hace una hora faltaba una hora más que ahora.

Alisson vuelve a su tablet. Sophie mira el camino.

El paisaje va cambiando gradualmente. Los edificios de París se convierten en suburbios, luego en pueblos pequeños, luego en campo abierto.

Anthony está dormido en el asiento del pasajero, la cabeza apoyada contra la ventana. Se ve pacífico. Sophie lo envidia. Ella no ha podido dormir bien desde que tomaron la decisión de mudarse.

Han pasado dos semanas. Dos semanas de empacar el apartamento en París, de despedirse de Margot y los pocos amigos que Sophie tiene, de preparar a Alisson para la nueva escuela. Dos semanas de Sophie despertándose en medio de la noche con el corazón acelerado, preguntándose qué está haciendo.

Ahora están a menos de una hora de Toulouse y es demasiado tarde para arrepentirse.

—Mamá —dice Alisson de repente, quitándose los audífonos.

Sophie la mira por el espejo retrovisor.

—¿Sí?

—¿Los abuelos me van a querer?

Sophie casi frena bruscamente por la sorpresa.

—¿Qué? Claro que te van a querer. Te adoran.

—Pero nunca vienen a vernos mucho. Solo como dos veces al año.

—Eso es porque viven lejos, cariño. Y tienen trabajo.

—Mis amigos ven a sus abuelos todo el tiempo.

Sophie siente un nudo en la garganta. Es cierto que Irina y Dominick han visitado a Alisson regularmente desde que fueron a París, pero las visitas siempre han sido breves. Fines de semana largos, quizás una semana en verano. Nunca suficiente tiempo para formar ese tipo de vínculo profundo que Alisson ve en otros niños con sus abuelos.

Y eso es culpa de Sophie. Por alejarse. Por mantener las distancias.

—Ahora los vas a ver todo el tiempo —dice Sophie—. Vamos a vivir en la misma ciudad. Podrás visitarlos cuando quieras.

Alisson parece satisfecha con esa respuesta. Vuelve a ponerse los audífonos.

Anthony se despierta cuando están a veinte minutos de la casa.

—¿Ya casi llegamos? —pregunta con voz somnolienta.

—Sí.

Se endereza en su asiento, mira por la ventana.

—Es bonito aquí.

—Sí.

—Más tranquilo que París.

—Definitivamente.

Anthony la mira.

—¿Estás bien?

—Estoy bien.

—Sophie, estás apretando el volante tan fuerte que tus nudillos están blancos.

Sophie mira sus manos. Tiene razón. Afloja el agarre.

—Solo nerviosa.

—Son tus padres. Te aman.

Sophie no dice nada. La relación con sus padres es complicada, particularmente con su madre. Siempre lo ha sido.

Irina sabe sobre Joseph. Sabe sobre las gemelas. Fue la primera persona que Joseph llamó cuando Sophie desapareció hace siete años.

Sophie recuerda esa conversación telefónica semanas después de llegar a París. Su madre llamándola, su voz una mezcla de alivio y furia.

"¿Sabes que Joseph me llamó buscándote? ¿Sabes que estaba desesperado? ¿Qué hiciste, Sophie? ¿Por qué te llevaste a Alisson y dejaste a Alessia?"

Sophie había colgado. No había sabido qué decir.

Pasaron meses antes de que volvieran a hablar. Y cuando lo hicieron, fue tenso, cuidadoso. Irina nunca perdonó completamente a Sophie por lo que hizo. Y Sophie nunca pudo explicarle por qué lo hizo.

Ahora está manejando por las calles de Toulouse que conoce tan bien. Pasan por la universidad donde conoció a Joseph. El edificio se ve igual. Sophie mira hacia otro lado rápidamente.

Pasan por el café donde solían estudiar juntos. Sigue ahí, con el mismo letrero rojo.

Pasan por el parque donde Joseph le dijo que quería pasar el resto de su vida con ella, donde jugaron con las gemelas cuando eran bebés.

Todo sigue igual. Toulouse no ha cambiado.

Sophie sí.

—Es aquí —dice finalmente, deteniéndose frente a una casa de dos pisos con jardín delantero.

La casa de su infancia. La casa donde creció, donde tuvo su primera fiesta de cumpleaños que recuerda, donde su padre le enseñó a andar en bicicleta, donde su madre le enseñó a cocinar.

La casa que dejó atrás cuando se fue a París con una bebé y ningún plan.

—Es grande —dice Alisson, presionando su cara contra la ventana—. ¿De verdad vivías aquí, mamá?

—Sí.

—¿Por qué nos fuimos a París si teníamos esta casa tan bonita?

Sophie cierra los ojos por un segundo.

—Porque necesitaba un cambio.

—¿Y ahora necesitas otro cambio?

—Algo así.

Anthony ya está saliendo del auto. Sophie se queda sentada un momento más, las manos en el volante.

Puede ver movimiento en la ventana de la sala. Alguien los vio llegar.

—Mamá, ¿vienes? —pregunta Alisson.

Sophie respira hondo. Suelta el volante. Sale del auto.

La puerta principal se abre antes de que lleguen a la entrada.

Irina sale primero. Tiene cincuenta y seis años pero se ve más joven, con su cabello castaño ahora con algunas hebras grises, recogido en un moño bajo. Viste un vestido casual azul claro y un delantal que dice "La meilleure grand-mère".

Sus ojos, del mismo verde que los de Sophie, se iluminan cuando ve a Alisson.

—¡Mon Dieu, mira qué grande estás!

Alisson corre hacia ella sin dudarlo. Irina la atrapa en un abrazo, levantándola del suelo a pesar de que Alisson ya está grande para eso.

—Abuela, no puedo respirar —ríe Alisson.

—Lo siento, lo siento. Es que te extrañé tanto.

Dominick aparece detrás de Irina. Cincuenta y ocho años, cabello completamente gris, todavía alto y fuerte. Trabaja en construcción y se nota en sus manos callosas y sus hombros anchos.




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