Sophie despierta temprano, como siempre. Son las seis y media de la mañana y ya no puede seguir durmiendo.
Anthony está a su lado, respirando profundamente. Duerme bien últimamente. Está feliz con su nuevo trabajo, contento con la mudanza, optimista sobre el futuro.
Sophie lo envidia.
Se levanta con cuidado, se pone la bata y baja las escaleras. Irina ya está en la cocina, como siempre. Sophie se pregunta si su madre alguna vez duerme.
—Buenos días, ma chérie —dice Irina, sirviendo café.
—Buenos días.
Sophie se sienta en la mesa. Toma el café que su madre le ofrece.
—¿Dormiste bien?
—Más o menos.
—¿Más o menos bien o más o menos mal?
—Más o menos mal.
Irina suspira pero no dice nada. Se sienta frente a Sophie con su propia taza.
Han pasado seis días desde que llegaron a Toulouse. Cinco días desde que Anthony empezó a trabajar en el estudio de Joseph. Seis días de Sophie esperando que todo explote.
Pero no ha explotado. Todavía no.
Anthony llega a casa cada noche hablando sobre su día. Menciona a Dylan, a Adrien, a Nathan. A veces menciona a "el jefe" o "Joseph" de manera casual, hablando sobre algún proyecto o alguna reunión.
Cada vez que dice el nombre, Sophie siente como si le clavaran un cuchillo.
Pero Anthony no parece notar la conexión. ¿Por qué habría de hacerlo? No sabe nada sobre Joseph. No sabe nada sobre Alessia. Para él, son solo compañeros de trabajo y sus familias, nada más.
—Voy a llevar a Alisson al mercado hoy —dice Irina, interrumpiendo los pensamientos de Sophie—. Necesito comprar verduras para la semana. ¿Quieres venir?
—No, gracias. Creo que me quedaré aquí.
—Sophie, no has salido de la casa desde que llegaste. Necesitas aire fresco.
—Salgo al jardín.
—Eso no cuenta.
—Mamá...
—Está bien, está bien. No te presiono. Pero al menos piensa en salir a caminar o algo. No es saludable quedarse encerrada.
Sophie no responde. Irina tiene razón, como siempre, pero Sophie no está lista para enfrentar Toulouse. Cada calle tiene un recuerdo. Cada esquina una historia.
Alisson baja las escaleras una hora después, ya vestida y con su cabello rubio peinado en dos trenzas que ella misma se hizo.
—Buenos días, mamá. Buenos días, abuela.
—Buenos días, mon coeur —dice Irina—. ¿Lista para ir al mercado?
—¡Sí! ¿Podemos comprar fresas? Me encantan las fresas.
—Claro que sí.
—¿Mamá viene con nosotras? —pregunta Alisson.
Sophie siente tres pares de ojos sobre ella. Irina, Alisson, y Dominick que acaba de entrar a la cocina.
—No, cariño. Mamá se va a quedar aquí.
—¿Por qué?
—Porque estoy cansada.
—Siempre estás cansada.
Las palabras duelen porque son verdad.
—Vamos a dejar que mamá descanse —dice Irina rápidamente—. Tú y yo vamos a tener una aventura de abuela y nieta. ¿Te parece?
—¡Sí!
Alisson se come su desayuno rápidamente, ansiosa por salir. Sophie la observa. Su hija se ve feliz aquí. Más feliz de lo que se veía en París.
Tal vez Toulouse es bueno para Alisson, piensa Sophie. Aunque sea terrible para ella.
—¿Necesitas que compremos algo? —pregunta Irina, poniéndose su chaqueta.
—No, gracias.
—Está bien. Volveremos en un par de horas.
Irina y Alisson salen. La casa se siente repentinamente muy silenciosa.
Dominick está leyendo el periódico en la mesa. Sophie lo mira.
—¿Papá?
—¿Sí?
—¿Crees que soy mala madre?
Dominick baja el periódico. La mira directamente.
—No. Creo que eres una madre que cometió un error hace mucho tiempo y todavía está pagando por él.
—Alisson es feliz, ¿verdad?
—Sí. Es una niña muy feliz.
—Pero se merece más. Se merece conocer a su padre. Se merece conocer a su hermana.
—Sí. Se merece eso.
—¿Por qué no puedo simplemente decírselo?
—Porque tienes miedo.
—Sí.
Dominick vuelve a su periódico.
—El miedo es normal. Pero eventualmente tendrás que ser más valiente que asustada.
Sophie se queda sentada en la mesa mucho después de que Dominick se va al garage a trabajar en algún proyecto. Mira su café enfriándose.
Anthony baja finalmente a las nueve, todavía en pijama.
—Buenos días —dice, besándola en la cabeza.
—Buenos días.
—¿Dónde están todos?
—Irina llevó a Alisson al mercado. Papá está en el garage.
—Entonces estamos solos.
Se sienta junto a ella, toma su mano.
—Sophie, necesitamos hablar.
Ella siente su estómago apretarse.
—¿Sobre qué?
—Sobre ti. Sobre cómo has estado desde que llegamos.
—Estoy bien.
—No, no lo estás. Apenas duermes. Apenas comes. No has salido de la casa. Apenas me hablas.
—Estoy adaptándome.
—Han pasado seis días. Y estás empeorando, no mejorando.
Sophie retira su mano.
—No sé qué quieres que diga.
—Quiero que me digas qué está pasando realmente. Por qué volver a Toulouse te afecta tanto.
—Ya te dije. Es complicado.
—Sophie, llevamos tres años juntos. ¿Cuándo vas a confiar en mí lo suficiente para contarme la verdad?
Sophie siente lágrimas quemando sus ojos pero no las deja caer.
—No puedo.
—¿Por qué no?
—Porque si te cuento la verdad, vas a odiarme.
Anthony parece genuinamente sorprendido.
—Sophie, nunca podría odiarte.
—Eso es lo que piensas ahora.
Se levanta de la mesa. Anthony la agarra del brazo suavemente.
—Espera. Por favor.
—Necesito estar sola.
—Sophie...
—Por favor, Anthony.
Él la suelta. Sophie sube las escaleras y se encierra en el cuarto de huéspedes.
Se sienta en la cama, abrazando una almohada.
Escucha a Anthony moverse abajo. Escucha cuando sale de la casa, probablemente a caminar para despejar su mente.
Sophie se acuesta, mirando el techo. La grieta que parece un río. La mancha de agua que parece una nube.
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Editado: 04.06.2026