Una semana después
La discoteca está más llena de lo que Joseph esperaba para un viernes a las diez de la noche. Música electrónica retumba desde altavoces que probablemente costaron más que su primer auto. Luces de colores parpadean en patrones hipnóticos. El lugar huele a perfume caro, alcohol y ambición.
Joseph odia este tipo de lugares.
Pero Dylan insistió. Y cuando Dylan insiste, eventualmente todos ceden porque es más fácil que discutir.
—¡Vamos, hermano! —había dicho Dylan esa tarde en la oficina—. El proyecto Dubois se aprobó. Tres meses de trabajo. Tenemos que celebrar.
—Podemos celebrar con una cena tranquila —había sugerido Joseph.
—Tienes veintinueve años, no sesenta. Una noche. Solo una noche de actuar como hombres adultos sin responsabilidades.
—Tengo dos hijos.
—Daniela puede cuidarlos. Vamos. Tú, yo, los chicos del equipo. Será divertido.
Joseph había suspirado. Sabía que Dylan no iba a dejarlo ir.
—Está bien. Una noche.
Y ahora están aquí. Joseph, Dylan, Adrien, Nathan, y el más reciente miembro del equipo, Anthony.
Están sentados en una mesa elevada en una esquina que Dylan reservó de alguna manera. Tiene contactos en todas partes. Es uno de sus superpoderes.
Joseph está sentado en el extremo de la mesa, un vaso de whisky en la mano que apenas ha tocado. Observa el caos a su alrededor con algo entre fascinación y desdén.
—¿Ves a esa chica? —dice Nathan, señalando hacia la barra—. La rubia con el vestido rojo. Ha estado mirándote, Joseph.
Joseph ni siquiera voltea.
—No me interesa.
—¿Ni siquiera vas a mirar?
—No.
Nathan se ríe.
—Eres imposible.
—Soy selectivo.
—Selectivo es quedarse corto —dice Dylan—. Más bien eres un monje.
Joseph le da un sorbo pequeño a su whisky. Es bueno, suave, probablemente caro. Dylan siempre pide lo mejor.
—No soy un monje. Simplemente no estoy buscando nada.
—No has estado buscando nada en ocho años —señala Dylan.
—Siete años —corrige Joseph automáticamente.
—¿Ves? Ni siquiera tienes que pensarlo. Sabes exactamente cuánto tiempo ha pasado.
Joseph no responde. Mira su vaso.
Adrien, tratando de aliviar la tensión, dice:
—¿Alguien quiere otra ronda?
—¡Sí! —dice Nathan—. Y tal vez podamos bailar después.
—No voy a bailar —dice Joseph con firmeza.
—Vamos, Joseph. Solo una canción.
—No.
Anthony, que ha estado callado observando la dinámica del grupo, finalmente habla:
—Yo tampoco bailo. Así que Joseph tiene compañía en eso.
Nathan pone los ojos en blanco.
—Ustedes dos son aburridos.
—Preferimos el término "dignos" —dice Anthony con una pequeña sonrisa.
Joseph lo mira. Anthony ha estado trabajando con ellos durante un mes ahora. Es bueno en su trabajo, profesional, callado. No es el tipo de persona que compartiría mucho sobre su vida personal.
Pero hoy, tal vez por el alcohol o por el ambiente, parece más relajado.
Dylan ordena otra ronda. Cuando llegan las bebidas, levanta su vaso.
—¡Por el proyecto Dubois! ¡Tres meses de trabajo duro finalmente pagaron!
Todos chocan sus vasos.
—¡Por el proyecto Dubois!
Beben. La música sigue retumbando. Más gente llena la pista de baile.
Dylan se recarga en su silla, mirando a todos con esa sonrisa que usa cuando está a punto de meter a todos en problemas.
—Entonces, caballeros. Hablemos de cosas importantes. ¿Cómo están sus vidas amorosas?
Nathan se ríe.
—¿Ahora somos adolescentes en una pijamada?
—Somos adultos en un bar. Es prácticamente lo mismo. Vamos, empiezo yo. Mi esposa Charlotte es perfecta. Tenemos un bebé de tres meses que no nos deja dormir pero que es hermoso. La vida es buena.
—Muestras fotos de ese bebé como si fueras un vendedor de aspiradoras —dice Nathan—. Todos ya lo conocemos.
—Es un bebé muy guapo.
—Es un bebé promedio.
—Retira eso.
Nathan se ríe.
—Está bien, está bien. Es el bebé más guapo del mundo.
—Gracias.
Dylan voltea hacia Adrien.
—¿Adrien?
Adrien, siempre serio, responde:
—Camille y yo nos casamos en dos semanas. Todo está planeado. Ella está feliz. Yo estoy... nervioso pero feliz.
—¿Nervioso por qué? —pregunta Nathan—. Si ya viven juntos.
—Es diferente. Es oficial. Es permanente.
—Eso es hermoso, hermano —dice Dylan, poniéndole una mano en el hombro—. Van a ser muy felices.
—Eso espero.
—¿Y tú, Nathan? —pregunta Dylan.
Nathan toma un trago largo de su cerveza.
—Rosalie es la mujer perfecta. Inteligente, hermosa, paciente conmigo. Estoy pensando en proponerle matrimonio pronto.
—¿Pronto cómo?
—Este año. Tal vez Navidad.
—¡Eso es excelente! —Dylan está genuinamente emocionado—. Todos nos estamos asentando. Es bonito.
Luego voltea hacia Anthony.
—¿Y tú, Anthony? Has estado callado. ¿Cómo está tu vida amorosa?
Anthony juega con su vaso.
—Tengo pareja. Llevamos juntos tres años.
—¿Tres años? Eso es serio.
—Sí.
—¿Viven juntos?
—Sí. Con su hija.
—¿Ella tiene una hija? —pregunta Nathan.
—Sí. Tiene ocho años.
—¿Y cómo es eso? ¿Ser padrastro?
Anthony tarda en responder.
—Es... complicado. Pero es una buena niña.
—¿Estás pensando en casarte? —pregunta Dylan.
Anthony mira su vaso.
—Sí. Estaba pensando en proponer pronto.
—¿Estabas? —nota Dylan—. ¿Tiempo pasado?
—Estoy. Estoy pensando en proponer.
Hay algo en su tono que sugiere que no está completamente seguro, pero nadie presiona.
Dylan levanta su vaso otra vez.
—¡Por Anthony! ¡Que encuentre el valor para proponer!
Todos beben otra vez.
Luego Dylan, inevitable como siempre, voltea hacia Joseph.
—¿Y tú, hermano? ¿Cuándo será tu turno?
Joseph toma otro sorbo pequeño de su whisky.
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Editado: 17.07.2026