Volver a empezar

Capítulo 10

Nicolle Pereira llega al estudio todos los días a las siete y cuarenta y cinco de la mañana. Quince minutos antes de que oficialmente abra. Quince minutos para preparar el café, revisar la agenda del día, organizar los documentos que necesitarán los arquitectos.

Lleva seis años haciendo esto. Cinco años trabajando para Leroy & Associates . Seis años observando.

Porque eso es lo que hace Nicolle. Observa.

No de manera invasiva o chismosa. Simplemente... nota cosas. Es su naturaleza. Detalles pequeños que otros pasan por alto.

Sabe que Dylan toma su café con dos azúcares exactamente, nunca más, nunca menos. Sabe que Adrien llega exactamente a las ocho y cinco todos los días, ni un minuto antes ni después. Sabe que Nathan escucha música mientras trabaja pero solo canciones sin letra porque dice que las palabras lo distraen.

Y conoce a Joseph mejor que nadie. Sabe que le gusta su café negro, sin azúcar, muy caliente. Sabe que cuando está estresado, se frota la sien izquierda con dos dedos. Sabe que nunca organiza citas los viernes por la tarde porque esas son las horas que pasa completamente con Alessia y Matthew.

Sabe que trabaja demasiado. Que se preocupa demasiado. Que carga con algo pesado que nunca menciona pero que está siempre ahí, en la forma en que a veces mira por la ventana con expresión ausente.

Esta mañana, Nicolle prepara el café como siempre. La máquina zumba suavemente en la pequeña cocina del estudio. Afuera, Toulouse apenas está despertando. El sol todavía no sale completamente.

Nicolle escucha la puerta del elevador abrirse. Pasos en el pasillo.

Joseph.

Siempre es el primero en llegar después de ella.

—Buenos días, Nicolle —dice, entrando a la cocina.

—Buenos días, señor Leroy.

—¿Cuántas veces tengo que decirte que me llames Joseph?

—Al menos una vez más, aparentemente.

Joseph casi sonríe. Casi.

Nicolle le sirve su café. Negro, sin azúcar, muy caliente. Exactamente como le gusta.

—¿Cómo estuvo tu fin de semana? —pregunta Joseph, tomando la taza.

—Tranquilo. ¿El tuyo?

—Ocupado. Alessia tenía partido de voleibol. Matthew quería ir al parque. Daniela tuvo el día libre así que los llevé yo.

—Suena agotador.

—Lo fue. Pero bueno.

Joseph toma un sorbo de café, mira por la ventana de la cocina.

Nicolle lo observa. Hay algo diferente en él las últimas semanas. Una tensión que no estaba antes. O tal vez siempre estuvo ahí pero se intensificó.

—¿Todo bien, señor... Joseph?

Joseph la mira.

—Sí. ¿Por qué?

—Solo preguntando.

—Estoy bien. Solo pensando en el proyecto nuevo.

—El residencial de lujo.

—Ese mismo.

—Anthony está haciendo buen trabajo en eso.

Joseph se tensa levemente. Es casi imperceptible, pero Nicolle lo nota.

—Sí. Está haciendo buen trabajo.

—Es un buen empleado.

—Sí.

—¿Pero?

Joseph la mira con sorpresa.

—¿Pero qué?

—Dijiste "sí" como si hubiera un "pero" no dicho.

Joseph toma otro sorbo de café.

—No hay pero. Anthony es un buen empleado. Punto.

Nicolle no insiste. Conoce a Joseph lo suficiente para saber cuándo presionar y cuándo dejarlo estar.

Joseph sale de la cocina con su café. Nicolle lo escucha entrar a su oficina, cerrar la puerta.

Se queda parada en la cocina un momento, pensando.

Hay algo ahí. Algo entre Joseph y Anthony. O más bien, algo sobre Anthony que afecta a Joseph.

Nicolle lo ha notado. La forma en que Joseph se pone rígido cuando Anthony entra a una habitación. La forma en que evita hacer contacto visual directo. La forma en que sale temprano de reuniones cuando Anthony está presente.

Es sutil. Nadie más parece notarlo.

Pero Nicolle sí.

♡♡

A las ocho en punto, Dylan llega.

—¡Buenos días, Nicolle! ¿Cómo está la mejor secretaria de Toulouse?

—La única secretaria que conoces, Dylan.

—Detalles, detalles. ¿Está Joseph?

—En su oficina.

—¿De buen humor?

—Define "buen humor".

—Punto válido.

Dylan se sirve café, agrega sus dos azúcares exactos, se va silbando hacia su propia oficina.

A las ocho y cinco llega Adrien. Puntual como reloj.

—Buenos días, Nicolle.

—Buenos días, Adrien. ¿Cómo estuvo el ensayo para la boda?

—Perfecto. Absolutamente perfecto.

—Me alegro.

—Camille te manda saludos.

—Dale los míos.

Adrien se sirve café, se va a su escritorio.

A las ocho y quince llega Nathan. Tarde, como siempre.

—Lo sé, lo sé. No digas nada.

—No iba a decir nada —dice Nicolle.

—Tu cara dice suficiente.

—Mi cara está siendo completamente neutral.

—Exacto. Eso es lo que dice.

Nathan se sirve café, agrega una cantidad alarmante de azúcar y crema.

—Eso ya ni siquiera es café —comenta Nicolle.

—Es café mejorado.

—Es diabetes líquida.

—Detalles.

Nathan se va a su escritorio también.

A las ocho y veinte llega Anthony.

—Buenos días, Nicolle.

—Buenos días, Anthony.

—¿Cómo estuvo tu fin de semana?

—Bien, gracias. ¿El tuyo?

—Tranquilo. Pasé tiempo con mi familia.

—Eso es bueno.

Anthony se sirve café. Nicolle lo observa mientras lo hace.

Ha estado observando a Anthony desde que empezó. No por ninguna razón particular al principio. Solo por costumbre.

Pero en las últimas semanas, ha estado prestando más atención.

Porque Anthony habla de su familia. Mucho.

Menciona a su prometida. Sophie. Pelirroja, dice. Dulce pero reservada.

Menciona a su hija. Bueno, hijastra. Alisson. Ocho años. Cabello rubio, ojos azules.

Y cada vez que Anthony menciona estos detalles, Nicolle ve cómo Joseph reacciona.

La tensión en sus hombros. El endurecimiento de su mandíbula. La forma en que agarra su bolígrafo con más fuerza.




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