Me observé en el espejo una última vez.
El vestido negro abrazaba mis curvas como una segunda piel. Era elegante, sofisticado y lo suficientemente sensual para hacerme sentir hermosa sin llamar demasiado la atención.
Mis labios rojos contrastaban con mi piel trigueña.
El maquillaje resaltaba mis ojos color avellana con un delineado estilo foxy eyes que los hacía lucir más grandes y expresivos. Mi cabello negro caía en suaves ondas sobre mis hombros, recogido parcialmente en la parte superior.
Por primera vez en mucho tiempo me gustó la mujer que veía frente a mí. Había trabajado duro para convertirme en ella. La joven insegura que llegó a Bahamas seis años atrás ya no existía.
—Deja de pensar en él —me reprendí.
William.
Incluso ahora, después de todo ese tiempo, su recuerdo aparecía cuando menos lo esperaba.
Cerré los ojos. Ya era suficiente.
Durante años permití que el fantasma de un hombre que me abandonó siguiera ocupando espacio en mi corazón.
Y precisamente por eso había rechazado a Alexander.
No una vez.
Muchas veces.
La primera vez que me invitó a salir había sido dos años después de llegar a Bahamas.
Recuerdo perfectamente su sonrisa, su paciencia y la forma en que me miraba.
Pero yo seguía rota. Seguía esperando algo que nunca iba a suceder. Seguía enamorada de William.
Alexander lo comprendió antes que yo.
Y aunque intentamos salir durante algunos meses, nunca funcionó. Yo estaba físicamente presente, pero emocionalmente seguía atrapada en el pasado.
Al final decidimos quedar como amigos.
Los mejores amigos, de hecho y durante los siguientes cuatro años, Alexander jamás volvió a insistir.
Hasta hace unas semanas.
—¿Y si lo intentamos otra vez?
Todavía recordaba la pregunta y para mi propia sorpresa, había dicho que sí, porque ya no era aquella mujer, porque Alexander había sido una de las mejores personas que habían llegado a mi vida, porque gracias a él mi fundación había crecido mucho más de lo que jamás imaginé.
Porque era amable.
Porque era inteligente.
Porque adoraba a los niños.
Porque me hacía reír y porque, después de seis años, estaba cansada de seguir amando a alguien que jamás regresó.
Mi celular vibró.
Una sonrisa apareció en mis labios.
Alexander: "Estoy abajo."
Tomé mi bolso de mano.
Apagué las luces.
Y salí del apartamento.
Mi hogar era sencillo, pero cómodo.
Un acogedor departamento en Nassau que podía pagar gracias a mi trabajo como directora de la Fundación Alas del Mar.
Nada de lujos excesivos.
Pero muchísimo más de lo que tenía cuando llegué a Bahamas con una maleta y el corazón roto, cuando salí del edificio lo encontré esperándome junto a su automóvil.
Alexander apoyaba una mano sobre el techo del vehículo mientras hablaba con su chofer.
Vestía un esmoquin negro impecable.
Al verme, sus ojos se iluminaron y por un instante comprendí por qué tantas mujeres suspiraban por él.
Era ridículamente atractivo.
—Vaya... —dijo acercándose—. Definitivamente valió la pena esperar cuatro años.
Solté una carcajada.
—No empieces.
—Es un hecho objetivo.
Negué con la cabeza mientras él me ofrecía su brazo.
Como siempre.
Como un caballero.
—Estás hermosa, Valeria.
—Tú tampoco te ves mal.
—¿Solo no me veo mal?
—No te emociones.
Alexander sonrió y me ayudó a entrar al vehículo. Durante el trayecto conversamos sobre la gala.
No era un evento cualquiera.
Yo sabía perfectamente a dónde íbamos.
Durante semanas había estado preparándome para esa noche.
La Fundación Alas del Mar era una de las organizaciones invitadas de honor y si todo salía bien, podríamos conseguir nuevos patrocinadores para expandir nuestros programas artísticos a otros países.
—Esta noche hay gente muy importante —comentó Alexander.
—Lo sé.
—Cuando digo importante me refiero a realmente importante.
Empresarios.
Magnates.
Filántropos.
Celebridades.
Incluso miembros de la realeza europea.
—Lo sé —respondí sonriendo.
—No pareces nerviosa.
—Por fuera no.
Por dentro era otra historia.
Alexander tomó mi mano.
—Lo harás bien.
—¿Y si meto la pata?
—Entonces serás la mujer más hermosa de la gala mientras metes la pata.
Solté una carcajada.
El automóvil finalmente se detuvo frente al majestuoso hotel donde tendría lugar el evento y aunque ya había visto fotografías...
Nada me preparó para aquello.
El edificio parecía un palacio iluminado frente al mar, las escalinatas estaban cubiertas por una alfombra color marfil, decenas de arreglos florales decoraban la entrada.
Fotógrafos.
Invitados.
Vehículos de lujo.
Personal uniformado.
Todo brillaba.
Todo parecía irreal.
Alexander descendió primero y me ofreció la mano, cuando entramos al salón principal, me quedé sin aliento, enormes lámparas de cristal colgaban del techo, las mesas estaban decoradas con miles de rosas blancas, una orquesta interpretaba música clásica desde una plataforma elevada.
El aire olía a flores frescas y champaña.
Diamantes relucían en cuellos y muñecas.
Vestidos de diseñador se movían entre grupos de personas influyentes.
Era lujo.
Poder.
Dinero.
Elegancia.
Todo concentrado en un solo lugar y por primera vez esa noche sentí que mi vida estaba a punto de cambiar.
Jamás imaginé estar en un lugar como aquel
mientras caminaba por el salón tomada del brazo de Alexander, no podía evitar recordar a la joven colombiana que seis años atrás servía tragos y cantaba canciones en un bar frente al mar. Si alguien le hubiera dicho a esa muchacha que algún día compartiría mesa con empresarios multimillonarios, filántropos internacionales y miembros de la realeza europea, se habría reído en su cara.
Editado: 22.06.2026