Volver A Ti

Cap2

6 AÑOS ATRÁS.

—Mamá, tranquila, la próxima semana te hago la transferencia completa.

—Hija, no te preocupes tanto. Ya bastante haces por nosotros.
Sonreí, aunque ella no podía verme.

—¿Cómo que bastante? Eres mi mamá. Además, ya sabes que los medicamentos de Samuel no pueden esperar—del otro lado de la línea escuché su suspiro cansado.

—Tu hermano está mejor. Hoy tuvo una buena mañana.
Aquello alivió un poco la presión constante que llevaba en el pecho.

—Me alegra escucharlo. Entonces la próxima semana te envío para los medicamentos, el arriendo y lo del colegio.

—Valeria...

—Nada de discutir, mamá.
Ella soltó una pequeña risa.

—Eres igual de terca que tu abuelo.

—Y tú igual de dramática.

Las dos reímos, por unos minutos hablamos de cosas sencillas. De mis abuelos, del clima, de la vecina que siempre encontraba algo de qué quejarse. Intentábamos fingir que todo estaba bien. Porque ninguna quería preocupar a la otra.

—Te quiero mucho, hija.

—Yo también te quiero, mamá.

—Descansa.

—Tú también.

Colgué y dejé el teléfono sobre la cama, el silencio volvió a llenar la pequeña habitación.
Cerré los ojos unos segundos.

Estaba cansada, muy cansada. La mayoría de las personas creían que ganar alrededor de cuatro mil dólares al mes, incluyendo propinas, era una fortuna, tal vez lo era, pero aquí no, en esta isla todo es extremadamente costoso y sumale a eso que prácticamente toda mi familia dependía de mi.

Mil dólares desaparecían cada mes en el alquiler de aquella habitación diminuta cerca del puerto. Otros quinientos se iban en comida, artículos básicos y gastos diarios. Entre servicios, ropa para el trabajo y algunos imprevistos, casi dos mil dólares desaparecían sin que me diera cuenta. Luego estaba Samuel, los medicamentos de mi hermano costaban una pequeña fortuna y el colegio tampoco era barato.

Mi madre hacía lo que podía, pero desde que enfermó apenas conseguía trabajos ocasionales, mi papá nos abandonó, así que con el no contábamos, así que la responsabilidad terminó sobre mis hombros.

Los medicamentos.
El colegio.
La comida.
El arriendo.
Mis abuelos.
Mi mamá.
Mi hermano.
Todos dependían de mí.

A veces sentía que llevaba el mundo entero sobre los hombros, me puse de pie antes de permitir que la tristeza me ganara. No tenía tiempo para sentir lástima por mí misma.

Era jueves.
Y los jueves se cantaba.
Me acerqué al pequeño espejo apoyado sobre una cómoda desgastada, la habitación era sencilla, una cama individual, una mesita de noche, un ventilador viejo, un armario estrecho y una ventana desde donde podía verse una franja azul del mar.

Nada más.
Pero era mi hogar.

Observé mi reflejo.
Mi piel trigueña conservaba el brillo dorado que el sol del Caribe regalaba a quienes vivían cerca del océano, mis ojos color avellana resaltaban incluso sin maquillaje y mi largo cabello negro caía hasta la mitad de mi espalda. Siempre me habían dicho que era bonita. Yo prefería pensar que simplemente había aprendido a sentirme cómoda conmigo misma.

Tomé un short de mezclilla que resaltaba mis largas piernas y una blusa blanca ligera que dejaba los hombros descubiertos.
Nada extravagante.

Solo lo suficiente para sentirme bien, después me maquillé con cuidado, un poco de base, rubor suave, máscara para pestañas, labial en tono natural. Lo justo para subir al escenario.

Recogí mi cabello en una elegante cola alta y me coloqué unos pendientes discretos.

Cuando terminé, sonreí a mi reflejo, mucho mejor. Tomé mi bolso, las llaves y salí de la habitación. El aire nocturno de la isla me recibió de inmediato.

Mi bicicleta me esperaba apoyada contra la pared exterior. Era vieja, tenía algunos rayones.
Y probablemente valía menos que una de las botellas de vino que servían en el bar donde trabajaba.

Pero era mía, subí a ella y comencé a pedalear.
Las calles iluminadas serpenteaban entre palmeras, villas privadas y hoteles de lujo donde se alojaban algunas de las personas más ricas del mundo.

Personas que gastaban en una cena lo que mi familia utilizaba para vivir durante meses. Personas cuyos problemas parecían pertenecer a otro universo.

Yo solo era una cantante, una mujer intentando mantener a su familia a flote.

Nada más.

Pedaleé durante unos minutos hasta llegar al bar. Como siempre, las luces doradas iluminaban la entrada y los vehículos de lujo ocupaban gran parte del estacionamiento.

Ferraris, Bentley, Rolls-Royce y otros automóviles cuyos nombres apenas conocía.
Saint John estaba llena de personas que parecían vivir en una realidad completamente distinta a la mía.

Entré por la puerta destinada al personal y saludé a varios compañeros mientras me dirigía a mi pequeño casillero.

Abrí la puerta metálica.
Allí me esperaba mi uniforme para las noches de espectáculo. Una sonrisa apareció en mis labios.

Era un vestido rojo ajustado a la cintura, con una falda corta adornada con delicados boleros que se movían con cada giro.

Perfecto para una noche de salsa.

Me cambié rápidamente, retoqué mi maquillaje y observé el resultado en el espejo.

—Nada mal, Valeria.

Tomé aire y me dirigí al escenario, la banda ya estaba lista, las luces se encendieron y entonces comenzó la música. La primera canción arrancó con los acordes de una salsa clásica. El público respondió de inmediato.

Algunos comenzaron a bailar, otros levantaron sus copas y yo hice lo que mejor sabía hacer.
Cantar.

Durante las siguientes horas me olvidé de las facturas, de los medicamentos de Samuel y de todas las preocupaciones que me perseguían cada día.

Sobre aquel escenario era libre, mi voz llenaba el lugar, l gente sonreía, aplaudía, cantaba conmigo algunas canciones y cuando terminé la segunda presentación, comenzaron a llegar las propinas.




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