Volver A Ti

Cap. 3.

Las 5:00 de la mañana.
La luz grisácea del amanecer apenas comenzaba a filtrarse por los enormes ventanales de mi suite. Saint John seguía dormida bajo un cielo cubierto de nubes, mientras yo permanecía sentado al borde de la cama, completamente vestido, incapaz de recordar cuándo había sido la última vez que cerré los ojos.

Otra noche en blanco.
Otra más.
Solté una risa amarga mientras observaba mi reflejo en el cristal. Era ridículo. Tenía veintinueve años, un título nobiliario que algún día heredaría, una fortuna capaz de comprar media ciudad y una vida que cualquiera consideraría perfecta y, sin embargo, me sentía atrapado.

Mis padres seguían tomando decisiones por mí como si tuviera diecisiete años, mi madre ya había elegido a la mujer con la que debía casarme, mi padre esperaba que sonriera, aceptara y produjera herederos y mientras tanto...Henry se estaba destruyendo poco a poco, mi hermano menor, mi mejor amigo, la única persona que realmente me importaba dentro de aquella familia.

Apreté la mandíbula.
Las últimas semanas habían sido un infierno.
Cada vez que intentaba hablar con él encontraba una nueva excusa, una nueva mentira, una nueva forma de escapar.

No era estúpido.
Sabía perfectamente que tenía problemas con las sustancias, sabía que estaba perdiendo el control y también sabía que mis padres preferían fingir que nada ocurría. Porque admitirlo significaría aceptar que la familia perfecta de los Ashford tenía grietas y eso era algo que jamás harían.

Me levanté de golpe.
No podía seguir pensando.
Necesitaba aire.
Necesitaba sentirme una persona normal durante unas horas.

Entré al baño y abrí la ducha, el agua fría golpeó mis hombros mientras cerraba los ojos, intenté vaciar mi mente. No pensar en compromisos arreglados, no pensar en cenas diplomáticas, no pensar en títulos, no pensar en coronas...solo agua, solo silencio.

Veinte minutos después salí envuelto en una toalla, elegí la ropa más sencilla que encontré.

Unos pantalones de lino oscuros, una camiseta negra, tenis deportivos, nada que llamara la atención, nada que gritara heredero aristocrático.

Luego observé el reloj.
5:30. Perfecto, conocía los horarios de seguridad de mis guardaespaldas a las 6 de la mañana se producía el cambio de turno.

Durante unos minutos el movimiento era constante.
Guardias entrando.
Guardias saliendo.
Personal cruzando los pasillos.
Era el único momento del día en el que podía desaparecer sin que nadie lo notara inmediatamente.

Tomé una gorra negra.
Después salí de la habitación.

Los corredores estaban casi vacíos, caminé con tranquilidad, sin prisa, sin levantar sospechas. Al llegar a la planta baja saludé al gerente.

—Buenos días, Lord Ashford.

—William.
Él sonrió.

—William.
Me acerqué al mostrador.

—Necesito uno de los vehículos del hotel.
Sus cejas se elevaron ligeramente.

—¿Desea que preparemos escolta?

—No.

—¿Chofer?

—Tampoco.
El hombre dudó unos segundos.

—Su padre...

—No necesita enterarse.
La respuesta salió más seca de lo que pretendía. Observé cómo tragaba saliva, finalmente asintió.

—Entendido, pediré uno de los vehículos ejecutivos. Lo dejaré registrado como una salida privada.

—Gracias.
Antes de marcharme tomé prestada una chaqueta oscura con el logotipo del hotel.

Nada llamativo.
Nada elegante.
Solo una prenda cualquiera, para pasar desapercibido.

Me la puse encima.
Luego ajusté la gorra.
Al mirarme en el reflejo de una puerta de cristal apenas parecía el heredero de una de las familias más poderosas de Inglaterra.

Parecía un trabajador cualquiera y eso me gustó más de lo que debería. Salí al exterior.
El aire cálido de la mañana golpeó mi rostro, por primera vez en días sentí que podía respirar.

El vehículo me esperaba junto a la entrada principal, un elegante sedán negro. Abrí la puerta del conductor y me acomodé detrás del volante, pero no arranqué, todavía no.

Apoyé la cabeza contra el reposacabezas y observé la entrada del hotel. La ciudad comenzaba a despertar lentamente. Algunos empleados llegaban para iniciar su jornada. Otros terminaban la noche.

Por unos minutos permanecí allí.
Solo.
Sin guardias.
Sin consejeros.
Sin mi familia.
Sin obligaciones.
Era una sensación extraña.
Casi olvidada y entonces la puerta del copiloto se abrió sin previo aviso y antes de que pudiera reaccionar, una mujer se acomodó en el asiento junto a mí con absoluta confianza.

—Hola, buenos días.
La observé de reojo.

—Debes ser nuevo. No te había visto antes, pero ya nos conoceremos.
Me tendió la mano con una sonrisa.

—Me llamo Valeria Castillo. Un gusto.

Por educación.
Por crianza.
Por costumbre.
Lo correcto habría sido estrechar su mano, presentarme y responder como el caballero que mi familia me había enseñado a ser.

Pero llevaba horas sin dormir, horas pensando en mi hermano, en el maldito compromiso que mis padres insistían en imponerme. En una vida que cada vez sentía menos mía y aquella mujer acababa de entrar en mi coche como si fuera suyo.

Así que simplemente la miré, sin tomar su mano, sin responder.

Su sonrisa vaciló.
—Bueno...
Retiró lentamente la mano.

—Eso fue incómodo.
Seguí en silencio.

—¿Siempre eres así de simpático o es una atención especial para mí?
Suspiré.

—¿Necesita algo?
Ella parpadeó, claramente no esperaba aquella respuesta.

—Necesito que me lleves.

—¿Llevarla?

—Sí.

—No.
Valeria arqueó una ceja.

—¿No?

—No.

—Qué extraño.

—¿Por qué?

—Porque ese es literalmente tu trabajo.
Mi paciencia comenzó a agotarse.

—No sabe cuál es mi trabajo.

—Conduces un vehículo del hotel.




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