Volver A Ti

Cap. 5

La voz de Valeria volvió a llenar el salón y contra toda lógica, fue aún más cautivadora que la primera vez.

Permanecí observándola desde mi mesa mientras interpretaba la siguiente canción. La energía que irradiaba parecía imposible de contener. Sonreía, se movía al ritmo de la música y lograba que cada persona en aquel lugar sintiera que le estaba cantando directamente.

Era fascinante.
Entonces ocurrió, giró la cabeza hacia mí, nuestros ojos se encontraron, Valeria sonrió y me guiñó un ojo.
Sentí cómo mi corazón daba un golpe inesperado contra el pecho.

Una reacción impropia, ridícula, pero completamente real. Aquella mujer era un peligro, no solo era hermosa, era alegre, espontánea, intensamente viva y yo no podía dejar de contemplarla.

—¿Se encuentra bien, señor?
Desvié la mirada hacia Gabriel.

—Sí, Gabriel. Todo está perfectamente.

—Me alegra escucharlo.
Volví a mirar hacia el escenario.

—Quiero pedirte algo.

—Por supuesto, señor.

—Dentro de una hora la señorita Castillo terminará su presentación. Planeo acompañarla a caminar por la playa.

Gabriel asintió.

—Entendido.

—Quiero que mantengan distancia. No deseo ver escoltas siguiéndome ni escuchar que alguien me llame lord frente a ella.

—Será como usted ordene.

—Y si alguno de ustedes me ve, fingirá que no me conoce.

—Sí, señor.
Gabriel guardó silencio un instante antes de continuar.

—Hay otro asunto que debería atender.

—¿Cuál?

—Los señores con quienes vino aún permanecen en el salón privado. Están esperándolo.

Durante unos segundos permanecí inmóvil.
Había olvidado por completo aquella reunión. Lo cual era alarmante, porque normalmente jamás olvidaba una obligación.

—Gracias por recordármelo.

—A su servicio, señor.

—Iré a despedirme.
No sería correcto marcharme sin hacerlo. Había aprendido que la cortesía no dependía de las circunstancias, sino del carácter y yo seguía siendo un Ashford.

Subí al área privada del bar. La conversación se detuvo apenas crucé la puerta. Los tres empresarios se pusieron de pie de inmediato.

—Lord Ashford.

—Caballeros.
Estreché algunas manos antes de tomar asiento brevemente.

—Lamento mi ausencia. Surgió un asunto inesperado.

—No hay problema, lord Ashford.

—Agradezco su comprensión.
Intercambiamos algunos comentarios más. Nada especialmente relevante. Finalmente me puse de pie.

—Me temo que debo retirarme.

—Ha sido un placer, lord Ashford.

—El placer ha sido mío.
Realicé una leve inclinación de cabeza.

—Les deseo una excelente velada.

—Igualmente.

Salí del salón privado con la misma elegancia con la que había entrado. Miré el reloj, exactamente una hora, demasiado tiempo para permanecer en el salón principal.

Si alguien me reconocía, tendría que dar explicaciones y lo último que deseaba era que Valeria descubriera quién era realmente antes de tiempo. Por eso me dirigí a uno de los balcones privados del hotel.

La noche era cálida, el sonido del mar llegaba desde abajo mezclado con la música distante del bar. Apoyé ambas manos sobre la baranda y observé las olas romper contra la playa.

Miré el reloj.
Cincuenta y ocho minutos.
Suspiré
Era absurdo, aquella noche me encontraba contando los minutos para volver a ver a una cantante que apenas conocía. Una mujer que sonreía demasiado, que decía exactamente lo que pensaba y que tenía la desconcertante costumbre de hacerme olvidar todo lo demás.
Incluyendo, al parecer, importantes reuniones y eso, para mi era algo tan peligroso como irresistible.

—Hola, William.
Giré la cabeza, Valeria estaba de pie en la entrada del balcón.

—Te estaba buscando en la barra. Tu amigo Gabriel me dijo que estabas aquí.

Por un instante olvidé responder. Ya no llevaba el elegante vestido de escenario. Ahora vestía un sencillo vestido verde que terminaba varios centímetros por encima de las rodillas. La tela se movía suavemente con la brisa nocturna.
Se veía distinta.

Más joven.
Más cercana.
Más real.
Y, si era posible, aún más hermosa. Tenía una combinación imposible de dulzura y sensualidad que resultaba peligrosamente atractiva.

—¿Todo bien? —preguntó ella sonriendo.

—Sí, por supuesto.

—Parecías perdido en tus pensamientos.
Solté una pequeña risa.

—Quizás necesitaba respirar un poco. Hoy fue un día particularmente agotador.

—Créeme, te entiendo perfectamente.
Valeria caminó hasta la baranda y se sentó a mi lado. Volteó a verme y me extendió una mano.
—Vamos.
Miré su mano durante un segundo antes de tomarla.

—Claro. Vamos.

La playa estaba prácticamente vacía. Solo se escuchaba el sonido constante de las olas y el viento nocturno. Caminamos unos minutos hasta que Valeria señaló una pequeña tienda iluminada en una esquina.

—¡Ven aquí! Vamos a comprar algo de tomar.

—Sí. Hoy vamos a olvidarnos de nuestros trabajos.
Sonreí.

Entramos al pequeño minimercado y por primera vez en mi vida me encontré haciendo algo absurdamente normal.

Nada de escoltas.
Nada de salones privados.
Nada de reuniones.
Solo una pequeña tienda junto a la playa y una mujer escogiendo cerveza frente a una nevera y, sorprendentemente, me gustó. Mucho.

Valeria abrió la nevera y tomó un six pack de Carib Lager.

—Perfecto.

Observé las botellas y negué suavemente con la cabeza.

—No.

Ella me miró confundida.

—¿Qué quieres decir con no?

Tomé el paquete de sus manos y lo devolví a su lugar.

—Estas no.

Señalé unas botellas de cerveza belga importada que descansaban en uno de los estantes superiores.

—Aquellas son mejores.

Valeria siguió mi dedo con la mirada y casi se atragantó.

—¿Estás loco? William, esas cuestan como cuatro veces más.




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