Volver A Ti

Cap. 6

Jamás pensé que esa mañana que una petición de ir a recoger unos papeles importantes de mi jefa terminaría llevándome a conocer a William, me habría reído en su cara. Porque todo comenzó con un chófer maleducado o al menos eso pensé.

Aquel hombre arrogante que conocí esta mañana parecía completamente diferente al que estaba sentado conmigo en la playa esa noche y eso me confundía.
Mucho.

Mientras caminábamos de regreso al bar no pude evitar observarlo de reojo. La camisa color crema que llevaba resaltaba el tono de su piel, las mangas dobladas dejaban ver sus antebrazos, su barba perfectamente arreglada y esos ojos.

Dios mío.
Esos ojos.
No era justo que alguien pudiera verse tan bien, parecía uno de esos actores que aparecen en las películas románticas, un auténtico dios griego.

Pero lo que más me gustaba no era eso, era que resultaba agradable, educado, atento.
Nunca había sido una mujer de citas, no tenía tiempo para eso. Mi vida había sido trabajo desde que tenía memoria.

Trabajo.
Responsabilidades.
Facturas.
Más trabajo.
Y de repente aparecía William con sus modales impecables y esa forma tan extraña de mirarme, como si yo fuera importante, como si realmente quisiera escuchar todo lo que tenía que decir.

Llegamos nuevamente cerca del bar.
—Déjame llevarte a casa.
Negué inmediatamente.

—No, William. No te preocupes.

—Insisto.

—Mi bicicleta está detrás del bar. Siempre voy en ella.
Esperaba que aceptara, pero me observó durante unos segundos y cuando habló, su voz sonó tan suave que casi me desarmó.

—Déjame llevarte, por favor.
No fue una orden.
No fue insistente.
Fue una petición y había tanta ternura en sus ojos que terminé asintiendo.

—Está bien.
Su sonrisa apareció de inmediato.

—Gracias.
Sacó su teléfono celular.

—Llamaré a mi compañero para que nos lleve.

Minutos después nos encontrábamos esperando junto a la carretera, yo ya me había puesto mis tenis y, para mi vergüenza, me descubrí sonriendo como una adolescente cada vez que William me dirigía la palabra.

Un vehículo se detuvo frente a nosotros.
Entramos en la parte trasera.
—Hola, Gabriel.

—Buenas noches, señorita Castillo.
Sonreí.

—No me digas señorita Castillo. Solo Valeria.
El hombre pareció incómodo.

—No sería correcto.

—Haz lo que te pide, Gabriel —intervino William.

—Está bien, señor.

—¿Señor?
No pude evitar reírme. Miré a William.

—¿Por qué se tratan con tanto formalismo?
William soltó una pequeña carcajada.

—Es una broma.

—¿Una broma?

—Entre amigos.
Levanté una ceja.

—¿En serio?

—Por supuesto.
Miró a Gabriel por el espejo retrovisor.

—¿Cierto, Gabriel?
El hombre guardó silencio un segundo.

—Sí, William.

Algo me dijo que estaban ocultando algo, no sabía qué, pero definitivamente algo. El trayecto fue demasiado corto, mucho más corto de lo que me habría gustado. Cuando llegamos frente a mi edificio sentí una pequeña punzada de decepción. William descendió primero y abrió la puerta para mí, otra cosa extraña. Ningún hombre hacía esas cosas, al menos ninguno de los que yo conocía.

Salí del vehículo.
—Gracias por traerme.

—Ha sido un placer.
Nos quedamos en silencio unos segundos y entonces ocurrió. William tomó mi mano, con una delicadeza que me hizo contener la respiración y depositó un suave beso sobre mis nudillos. Mi corazón prácticamente dejó de funcionar.

—Pasé una excelente noche, Valeria.
Nadie. Absolutamente nadie me había tratado así jamás. Sentí el rostro arder y por primera vez en mucho tiempo me quedé sin palabras.

—Eres tan lindo, William.
La sonrisa que apareció en su rostro fue suave y sincera.

—Descansa.
Asentí.

—Tú también.
Y entonces me di la vuelta, porque si seguía mirándolo iba a terminar haciendo una tontería. Era demasiado guapo.

Entré al edificio, subí las escaleras, abrí la puerta de mi apartamento y apenas llegué a mi habitación me dejé caer sobre la cama.

Suspiré, largo y profundo. Bueno, Valeria, ahora tienes un problema. Mi lado racional apareció de inmediato: no estás para novios, no tienes tiempo, trabajas demasiado, tienes una familia que mantener, tienes responsabilidades. No puedes distraerte.

Pero mi lado sentimental fue mucho menos amable. William te gusta, pues ¿a quien no le gustaría un hombre como aquel? Es muy guapo y amable, aparte no es como si me fuera a casar con el, es solo un gusto nada más.

—Dios mío...
Era un desastre, un completo desastre, pero mientras cerraba los ojos, una última idea apareció en mi cabeza. Una idea que llevaba años evitando. Quizás...solo quizás...Yo también merecía tener a alguien.

Alguien que me cuidara.
Alguien que me hiciera sonreír.
Alguien que me mirara como William me había mirado bajo la luz de la luna y ese pensamiento fue el último que tuve antes de quedarme dormida.

Me desperté con una sonrisa y eso ya era extraño. Normalmente me despertaba pensando en cuentas, horarios, compras pendientes o en qué turno me tocaba cubrir. Pero aquella mañana mi primer pensamiento fue William.

Lo cual era un problema, un problema enorme, suspiré y me levanté de la cama. Siempre me pasa lo mismo me ilusiono demasiado rápido, quizá el ya tenga novia o ni siquiera le guste y ya yo contemplando la posibilidad de si podríamos ser novios o no. Rei negando con la cabeza.

Después de una ducha rápida me puse un pijama cómodo: unos shorts claros y una blusa corta de algodón. Luego comencé a recoger mi pequeña habitación.

Había partituras sobre la mesa, una taza olvidada en la mesa y ropa doblada a medias sobre una silla. Estaba acomodando unas cosas cuando mi celular sonó.

Número desconocido.

Fruncí el ceño.

—¿Hola?




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.