“Anoche soñé que te veía de nuevo por primera vez”, le dije.
Sonrió. Todavía me afectaba esa manera en que lo hacía, dejando notar arruguillas al costado de los ojos marrones.
“Sigo estando acá”, me respondió. Me miraba directo a los ojos como esa primera vez. “Emma, yo siempre estoy acá”.
Emma… Ese es mi nombre.
Emma era un personaje de una novela. La protagonista romántica de una historia publicada en el siglo diecinueve. En otras palabras, una mentira.
Pero yo era real. No había surgido de la mente prejuiciosa de una escritora llamada Jane Austen sino que era la hija de la desgracia de mi madre.
Esta es la historia de cómo la vida es un círculo que se repite: los errores del pasado son traídos al presente y lo serán hacia el futuro, en tanto no sepamos enmendarlos.
Al menos así me lo recordaba ella a diario.
Hasta el día en que todo empezó a cambiar.
El cuarto estaba a semioscuras. Hacía frío.
Nunca pude dormir con las luces apagadas. Como los niños, necesito una luz pequeña que me guíe en la noche, dentro de la casa y de mis sueños, que generalmente son pesadillas. Él lo sabe. Sostiene mi mano y me deja dormir al calor de su roce. Está ahí, a una distancia corta: solo debo extender mi brazo. A veces alguien apaga la luz y tengo miedo de que él también se vaya. Es cuando mis pesadillas recomienzan.
“Anoche soñé que no estabas”, le digo.
“Lo sé”, me dice: no solté su mano en ningún momento. Agrega: “Yo estoy siempre acá, Emma”.
Recuerdo aquellos días como un carrusel: la vida iba y venía. De mañana, yo participaba de las clases en el colegio de monjas. Luego, se me iba la tarde dentro de las mismas paredes del claustro, donde el grupo más pobre de jovencitas éramos instruidas en el arte de la costura a mano y a máquina. Incluso teníamos clases de bordado y zurcíamos. El objetivo de las hermanas era el de convertirnos en buenas empleadas domésticas, más que buenas esposas.
Yo ponía mis conocimientos en práctica en el conventillo. Allí, hilvanando alguna que otra aguja, remendaba la ropa de mi familia recién estrenada: mi madre, quien siempre debía verse perfecta, mi padrastro Omar y mi hermanastro Alberto, quienes gastaban su ropa en el arduo trabajo del puerto. Luego, alguna vecina pedía mi ayuda para arreglar la ropa de sus niños, los trajes raídos de sus maridos y sus propios vestidos. A cambio, a veces recibía monedas. Muchas veces, solo intercambiaba comida.
En 1949 cumplí los quince años y di por finalizados mis estudios. Dejar de asistir a las clases supuso para mí un fuerte golpe. Mi vida social, que hasta ese momento variaba entre mi familia, las gentes del conventillo y mis compañeras de colegio, se acotaba de manera sustanciosa.
“No dejen de participar en la misa dominical”, nos instaba la hermana Socorro a quienes escuchábamos sus últimas recomendaciones.
Entre las compañeras, nos abrazábamos, algunas llorábamos y entre todas nos despedíamos. Sabíamos que era un final. Algunas, las de más suerte, conseguirían trabajo de empleadas domésticas. Otras, las de menos, entrarían a trabajar a los talleres de costura, gracias a lo aprendido en las clases especiales. Incluso algunas podrían ingresar como ayudantes de cocina, si tenían suerte. Estábamos destinadas a los trabajos domésticos por los que las señoras de clase pagarían.
La finalización de mis estudios no significó un evento especial para mi familia. Al contrario, podría decirse. El hecho de hacerme mayor implicó un distanciamiento cada vez más acentuado con mi madre. Omar, por su parte, se mantenía al margen y, cada día, limitaba su atención a mí con las preguntas de rigor sobre cómo estaba y si tenía hambre. Alberto era un caso aparte. Su mirada oscura como la noche más cerrada se imponía sobre mí y, de a ratos, me inquietaba.
Justamente fue una noche cerrada sin luna en la que madre nos anunció su embarazo. No era de sorprender, dado que Omar la visitaba cada vez más seguido en nuestro cuarto. Entonces sentí que todo iba a cambiar para mí, para nosotros; y no me equivoqué.
El primer cambio fue anunciado esa misma noche. Madre dijo que necesitaría ayuda económica y que yo ya no podía significar una carga para ella ni para Omar. Pronto me buscarían un trabajo con el que poder aportar a la familia que iba en crecimiento.
El segundo cambio sucedió también esa misma noche. El hombre tomó las pocas cosas que tenía en el cuarto que compartía con Alberto y las mudó al de madre. Ella, por su parte, juntó mis pertenencias y las llevó a la habitación que, anunció, de ahora en más compartiría con mi hermano. Esas fueron sus palabras, y explicó que, como hermanos, debíamos apoyarnos y acompañarnos en la nueva dinámica familiar.
En su cuarto, Alberto no tenía una lamparilla pequeña como madre. En su lugar, reinaba la oscuridad absoluta. En esa guisa, los sonidos propios de la casa vieja del conventillo se magnificaban y daban forma en mi cabeza a diversos y grandes fantasmas. La primera noche, no pude dormir. Intenté enfocarme en oír la respiración acompasada de mi hermanastro que sí podía dormir tranquilo pero el miedo de la oscuridad y la incertidumbre del futuro me mantenían en vilo.
El conventillo se llenó de vida temprano al día siguiente. Alberto se despertó con el primer sonido del despertador y me miró. Yo no había podido dormir en toda la noche y, bajo mis ojos, se formaban ojeras que lo evidenciaban.
Levanté la manta hasta mi mentón y me acurruqué bajo ella cuando Alberto, a medio vestir, se me acercó en silencio. No voy a mentir que tuve miedo de él, que me miraba fijamente con ojos tan oscuros que eran insondables.
Se sentó en mi cama, a mi lado, ignorando mi temblor.
“Emma, todo estará bien”, me susurró mientras asentía. En la mano tenía la camisa que vestiría ese día.
Yo, que nunca había recibido atención amorosa ni ánimos maternales, dejé que una compuerta dentro de mí se abriera, y lloré por esa noche de miedo, por ese día que traía inseguridades, por ese futuro que llegaba y me pedía que creciera más rápido de lo que yo estaba preparada.