No esperaba ver a Emma en el gimnasio. No con Eva dando vueltas por acá. Ya me imagino las preguntas que me va a hacer. Eva, no Emma. Emma nunca pregunta nada. Al parecer, no se da cuenta de nada. Pero Eva, es una mujer más hecha. Tiene las ideas más claras.
Emma… A la noche cuando camina por la habitación hamacando a la niña, no se da cuenta de su camisón que se trasluce, sus senos que se insinúan, sus piernas que se marcan bajo la tela. La miro, la contemplo en su ir y venir y cada noche, sin falta, me pone duro.
Eva no es Emma. Ella no se pasea en camisón, lo hace desnuda. Por la habitación del hotel de alojamiento que estemos pagando por hora. Eva no es la mujer que hace mi comida ni remienda mi ropa. Es la que está para suplir la falta que ella me hace. Porque Emma es quien me hace falta.
“¿Tenés mujer?”
Eva entra al vestuario donde me estoy cambiando.
Nunca les hablé a una de la otra. Son dos universos aparte. No tienen por qué cruzarse. No quiero que lo hagan. Una es mi hermanastra, mi familia, la mujer con mayúscula. La otra es mi aventura, mi disfrute.
“No tenés por qué saber de ella”, le respondo.
“Pero quiero hacerlo”, me hace puchero con sus labios pintados de rojo.
No me conmueve.
“Dijiste que hoy cenabas conmigo”, me reprocha. “Te vas a casa con tu mujer y tu bebé”. No está contenta.
Se me acerca. Me alejo hacia las duchas. Me voy quitando la ropa. En un descuido, me rasguña. Me arden las marcas de sus uñas en mi pecho.
“¡Te has vuelto loca!” Me enojo.
“Ahora andá a casa con tu familia. Que sepan quién está en tus pantalones”, me amenaza. “Porque es evidente que tu mujercita no te atiende como vos necesitás”.
La veo caminar fuera de los vestuarios. Me miro al espejo; tengo una gran marca en el pectoral. Nunca pensé que Eva pudiera ser una mujer celosa. Al parecer, me equivoqué.
Cuando salgo, ya duchado y vestido, Emma y Giny me están esperando. Pienso en que he perdido la oportunidad de descargar mi virilidad en un hotel, pero al menos tengo la calidez de mi hermanastra cerca, brindándose como un hogar en invierno.
Ella no me hace preguntas, no exige respuestas. Sé que ha visto a Eva pero también sé que no dirá nada. Le agradezco por esto. Es el mínimo regalo que puede hacerme después de tantas noches con el miembro duro y lleno por ella.
Emma no me ha contado nada, pero cuando nació la niña y su madre falleció, Mecha le dio una táctica infalible para hacerla dormir: darle el pecho. Y a pesar de que los pechos de Emma están secos de leche, son lo suficientemente redondeados para que la pequeña se prenda de ellos y sacie sus ansias de mamar. En la oscuridad de la noche, cuando Emma cree que yo estoy dormido, pone en práctica esta estrategia y hace dormir rápidamente a Giny. El problema es que yo no estoy dormido. Y que yo también, a la vista de esos pechos cargados de femineidad floreciente, tengo ansias de mamar.
En este escenario apareció Eva, una mujer mayor que yo, aburrida de una vida sin faltas y con ganas de portarse mal con un chico por debajo de su nivel. Tal vez parezca que me aprovecho de ella, pero ella también lo hace de mí. Es un buen trato: hasta esta noche en que me ha marcado el pecho como se marca el ganado. Y yo no soy de nadie.
Esa noche no pude dormir bien. Me sentía fea y mi cabeza corría a mil con pensamientos inadecuados.
En la casa de la patrona Eloísa, su hija Inés me ha puesto al tanto de aquello que sucede entre un hombre y una mujer. Ella solo quería hablar con alguien y yo le resulté útil. Más útil me resultó a mí su cháchara.
Por la mañana, al ver a Alberto cambiarse para ir a trabajar, entendí que esas marcas en su pecho eran fruto de acciones pecaminosas. Con un gusto agrio en la boca, reconocí que esas acciones las había realizado con la mujer del gimnasio que tan embobada lo miraba. Ella vestía bien, se peinaba bien y no se veía cansada de limpiar de día y cuidar una criatura de noche.
En cambio, yo no tenía linda ropa, ni calzado adecuado, mi peinado era anticuado y la piel de mi rostro se volvía cenicienta con cada noche cuidando a Giny. Ni siquiera estaba bien alimentada, sus pechos habían crecido demasiado para su gusto y su cintura estaba cada día más marcada. Definitivamente, me sentía fea.
Ni la señora Eloísa ni la señorita Inés sabían nada de mi situación. Ni de mi pequeña hermana, ni de su hermanastro, ni de la relación extraña, imposible y complicada que tenía con él. Al contrario, la familia todavía pensaba en mí en los mismos términos en que me había presentado el padre Juvenal: una hija de madre sin marido que vivía en un conventillo.
Fue escudándome de esta fachada que un día me acerqué a la señorita Inés y le pregunté por un posible pretendiente. Había elegido hablarlo con la más joven de la familia puesto que, suponía, la madre se reiría de mí. La señorita guardó el secreto y contó no solo lo que ella sabía que sucedía entre un hombre y una mujer, sino que también se propuso apoyar mi causa con vestidos y calzado que ya no usara, para que vistiera mejor.
“Una mujer entra al corazón de un hombre por los ojos”, me aseguró. Fue en ese momento que di la causa por perdida.
Con el paso del tiempo, y sin madre que me hiciera sombra, empecé a florecer lentamente, como una margarita que se abre en primavera de manera sutil y femenina. La ropa de la patrona Inés, unos años mayor que yo, me hacía parecer una señorita: “la señorita del conventillo”, que así empezaron a llamarme.
Lejos de amedrentarme con aquel mote, sonreía. Pasé el invierno envuelta en abrigos de segunda mano que todavía no habían perdido todo su esplendor. Si bien para trabajar utilizaba viejos vestidos donados a la parroquia del padre Juvenal, durante sus cortos descansos, mis atuendos más usados incluían blusas, blazers tejidos y faldas escocesas, regalos de mi patrona.