Antes de que termine el año
Las calles estaban llenas de gente apresurada, bolsas en las manos, risas prestadas y promesas de último momento. Diciembre tenía esa forma cruel de envolverlo todo en luces, incluso aquello que dolía.
Lucas observaba el movimiento desde la ventana del bar mientras secaba vasos.
—Lucas… —dijo su jefe, apoyándose en la barra— sé que no te gusta trabajar el 31, pero ando corto de gente.
Se rascó la nuca antes de continuar.
—Puedo pagarte un poco más y mañana sales temprano, te lo prometo.
Lucas dudó.
El dinero le vendría bien, pero el 31 siempre pesaba más que cualquier otro día.
—Está bien —respondió al final—. Me quedo.
Su jefe sonrió, aliviado.
Más tarde, Mónica se acercó y dejó dos cervezas frente a él.
—Invitación de la casa —dijo—. Te ves en otra parte.
—Es diciembre —respondió Lucas.
Ella apoyó los codos en la barra.
—María, ¿no?
Lucas asintió sin mirarla.
—Éramos muy buenos amigos —dijo—. De esos que creen que siempre habrá tiempo.
Mónica no insistió. Nunca lo hacía.
—A veces —murmuró—, lo que más duele no es perder a alguien, sino no atreverse.
Lucas cerró los ojos un instante.
Porque María no fue solo su amor de infancia. Fue su compañera de risas, de caminatas largas, de promesas tontas hechas sin pensar en el futuro. Ella siempre supo que él sentía algo más. Nunca lo presionó. Nunca lo empujó.
Y él nunca se atrevió.