Los años pasaron.
Lucas sanó despacio, como se curan las heridas profundas. Trabajó, dejó el bar, ahorró y abrió su propio restaurante.
El día de la apertura, alguien entró antes de tiempo.
—¿Aún no está abierto? —preguntó una mujer.
Lucas levantó la mirada. Una sonrisa tímida, ojos color miel.
Y algo, muy dentro de su pecho, volvió a latir.
Esta vez, no pensó en huir.