Luces por todos lados. Ruidos. Llantos. Mis ojos se abrieron tan lentamente, que por poco me parecía dificultoso abrirlos. La luz mencionada hizo querer cerrarlos de nuevo. Mis pupilas se dilataron. Durante unos segundos no pude distinguir nada más que no sea las luces que apuntaban mis ojos.
Al bajar mi vista estaba mi madre ahí, junto a mi padre y mi hermano. Los tres lloraban. Mi madre se arrodilló delante mío y acariciaba mi cara, como si lo que viera no existiera o como si yo hubiera dejado de existir hace mucho para ellos. Como si al verme hubieran ganado la lotería o como si temieran que de pronto desapareciera. Mi padre salió afuera mientras sus manos se iban a su cara y agradecia a Dios por ¿esto?. Por otro lado mi hermano se limitó a abrazar a mi madre y acariciarme la mano.
—Porque estoy aquí. Dónde está Nara.
Mi madre paró de llorar, me miraba directamente a los ojos. Ahora mismo no me importaba mucho el porqué estaba aquí, quería ver a mi esposa. Frunció un poco el ceño, entreabrió los labios para darme una respuesta y en ese instante fue interrumpida por el médico encargado de mí.
—Disculpe señora, pero necesitamos hacerle unos chequeos más a su hijos, si nos permitiera.
Mi madre entendió que tenía que irse, me miró una última vez, antes de cruzar la puerta, ella volvió a mi para darme un beso en la frente y salir ahora sí junto a mi hermano.
—¿Recuerdas qué estabas haciendo antes de dormirte?
—Estaba con mi familia, mi esposa e hijo
—¿Sabes cuánto tiempo crees que ha pasado?
—No estoy seguro, no sé muy bien qué hago aquí. ¿Una hora?
El médico detuvo un segundo su mano con la que iba apuntando mis respuestas, solo uno para volver a seguir preguntando.
—Bien, como te llamas.
—Vincenzo.
—Bien, cuántos años tienes.
—Veintiocho
—¿Qué año crees que es?
—dos mil veintitrés
El médico levantó su vista que antes había estado sobre la libreta en la que anotaba. Apretó su mandíbula, estaba tenso, demasiado a mi parecer.
—¿Pasa algo?.
—Tengo que salir un momento.
Salió a ver a mis padres, pude escuchar un poco de la conversación, antes de que la puerta se cerrara tras de él, como un “Todavía cree que estamos en... “y la puerta se cerró de golpe.
Al volver, se dedicó a dejar de lado sus apuntes y me hizo más chequeos como que siga una luz o el movimiento de un dedo con los ojos, si reconozco quienes son los que están afuera (mi familia). Después pasaron a las revisiones neurológicas y físicos.
Luego de varias sesiones el médico avisó a mi familia que podían volver a entrar.
—Cómo te sientes.
La dulce voz de mi madre me hizo estremecerme, sentía como si nunca antes la hubiera escuchado tan profundamente o como si todo este tiempo hubiera tenido un oído tapado sin haberme dado cuenta.
—Bien.
—Pensamos que ibas a reaccionar peor.
—Porque lo haría.
Se miraron los tres entre ellos, como si sus miradas se hablaran. Entonces mi padre tomó la iniciativa.
—Vincenzo…hijo…Escúchame, recuerdas ¿cómo has llegado aquí?.
—La verdad que no. Nara siempre me trae al hospital, dice que suelo marearme mucho y desmayarme, así que creo que a vuelto a traer, podrían decirme dónde está.
Otra vez esas miradas, este juego comenzaba a cansarme más de lo que mostraba mi cara de confusión.
—¿Quién es Nara?.
La voz de mi hermano me sacó de mis pensamientos, cómo se atrevía a decir esas cosas.
—No se hagan los graciosos, dondé está. ¿Ella ha vuelto a casa a cuidar a Liam?.
Otras vez.
—Dejen de mirarse, quiero respuestas, dónde está mi esposa. —Mi enojó creció a más no poder, Nara era la mujer de mi vida, con la que formé una familia hace dos años. Habíamos pasado la navidad junto a su familia y la mía y ahora quieren hacerse los ¿desentendidos?, eso sí que no se los permitiría. Suponía que ella había vuelto a casa a cuidar a nuestro pequeño hijo Liam de dos meses de nacido, lo que si se me era raro era el porque mi familia se encontraba a mi alrededor, siempre me desmayaba por no comer tan “saludable” según Nara, y mi familia lo sabía, entonces que los llevaba a venir a verme si ya había múltiple de veces antes.
—Sí…de seguro a ido a ver a Liam.
Respondió mi hermano, fingiendo esa sonrisa tan odiosa.
—¿Tienes ganas de comer Vicenzo?, podemos traerte algo.
—Estoy bien mamá, solo tengo… bastante sed para ser honesto.
—Voy por una bebida
Mencionó mi padre y al cabo de milisegundos desapareció, por poco diría que se fue corriendo por una. Extraño.
Mis manos se desviaron a mi dedo anular desnudo, ¿dónde estaba mi anillo?
—Mierda. Nara me matará si se entera.
Para Nara nuestros anillos eran lo más valioso de nosotros, claro, luego de nuestro pequeño Liam. El hecho de que yo hubiese perdido el anillo si que era catastrófico, cuando intenté sentarme en aquella camilla me sentía tan débil. Demasiado desde la última vez que recordaba haberme desmayado. Me sentí como un recién nacido, como un bebé en tamaño adulto.
—¿Por qué me miras así?
—¿Así como?
—Como si fuese un loco mamá.
El silencio de mi madre se alargó, como si analizase una situación de crimen donde mataban a un hombre y el revive de la tumba, que yo buscando una simple cosa, o al menos para ella, porque para mí ese anillo era de todo menos simple.
—Qué buscas.
—Mi anillo, Nara me matará cuando se enteré que no lo traigo, ¿te lo ha encargado?.
Mi madre palideció.
—Qué pasa con él.
—Nada…No…no me lo ha encargado. —Balbuceaba, casi nunca lo hacía de que yo recuerde.
Solo pude girar a los costados y alargar un poco mi cuello para ver donde estaba. Mi cuerpo estaba aún débil, así que no pude hacer nada más que ello. Mi padre llegó junto a un café preparado, desde donde estaba podía oler ese sabor tan peculiar que tenía el café, la boca se me hizo agua apenas se acercó con el café.