Volveré, pero tal vez en otra vida

05

Apaga el clima aunque haga calor,
cubre ventanas para que no entre el sol…

Desde esa noche no hubo día en que no nos viéramos. Te visitaba al trabajo, íbamos juntos a la escuela y hablábamos por teléfono antes de dormir. Dejaste de usar la capucha, por un tiempo, los golpes disminuyeron, solo la utilizabas en la escuela cuando te sentías abrumado. En los tiempos libres que teníamos nos escapábamos a la sala de música, a veces no decíamos nada, solo nos abrazábamos, lo que no importaba mientras estuviéramos juntos.

El mes que nos había dado el señor Cázarez se terminó, teníamos un último día de ensayo, en menos de veinticuatro horas presentaríamos la maldita escena. Nos sentíamos listos, sabíamos muy bien nuestros diálogos y como los interpretaríamos. La abuela se encargó de los vestuarios, en ocasiones nos dio sugerencias de cómo mejorar. Mis nervios eran lo que me molestaban y me hacían sentir insegura.

─Imagina tu vida… treinta años, cuarenta años, ¿cómo lo ves? Si es ese tipo, pues vete. Vete. Te perdí una vez, creo que lo podría hacer de nuevo si supiera que es lo que realmente quieres. Pero no tomes el camino más fácil.

─¿Cuál? No hay camino fácil, no importa lo que haga, alguien sale lastimado.

Para el ensayo número cien del día ya me había quedado sin lágrimas.

─Deja de pensar en lo que quiere todo el mundo. Deja de pensar en lo que quiero yo, en lo que quiere él, o lo que quieren tus padres. ¿Qué quieres tú? ─practique de nuevo el negar con la cabeza sin perder la concentración. Actuar no era un trabajo fácil. Llegue a odiar un poco la película─. ¿Qué quieres?

­─No es sencillo…

─¿Qué es lo que tú quieres?

─No es…

─Demonios, ¿qué es lo que quieres?

Hasta eso, tú sí eras un gran actor. Te salía de forma natural los diálogos, sentía de verdad la desesperación del personaje.

─Tengo que irme.

Se terminó la escena. Para mi sorpresa, me tomaste de las mejillas. Tus labios se movían a la par de los míos. Yo estaba en el cielo, nuestro primer beso no pudo ser mejor. Si existieran las máquinas de tiempo, usaría una para repetir ese momento una y otra vez. Fue corto, con sentimiento y un accidental choque de lengua.

─Ese beso no iba en el guion.

─Me pareció que hacía falta.

Los dos estábamos sonrojados, con el corazón acelerado y las manos temblando de los nervios. No sabía qué hacer para romper esa mini tensión, no me atrevía a besarte de nuevo, a pesar de que me moría por hacerlo.

Se me ocurrió algo mejor.

─Quiero mostrarte algo.   

Tome tu mano llevándote al sótano, mejor dicho, al santuario de Elvis Presley. Ahí estaban todas las reliquias que el abuelo adquirió hasta el último día de su vida. Me tenía prohibido bajar y tocar sus cosas sin su supervisión, hasta que en su testamento escribió que todo esto ahora es mío, ya no hace falta tener que pedir su permiso.

─Es una parte de la herencia que me dejó mi abuelo. No estamos muy seguras, pero mi abuela y yo creemos que podríamos comprar una casa si vendiéramos todo esto. Aunque, el valor sentimental que dejo el abuelo es lo que vale más.

─Cielos, tu abuelo sí que adoraba al Rey.

─Lo adoraba como no tienes idea. En nuestra primera casa tenía toda una habitación destinada para su santuario, tanto las paredes como el suelo estaban acordes con la temática del Rey. Al llegar aquí se tuvo que conformar con el sótano.

Con la boca abierta recorrías las vitrinas con los trajes y las guitarras. Desde que el abuelo se fue que no había estado ahí, no me atrevía a mirar sus recuerdos y lo que más feliz lo hacía. La respiración se me iba. Sentía una punzada en el pecho, mi corazón seguía estando triste. Aparte de todas sus enseñanzas y su inmenso amor, esto fue lo mejor que me pudo haber dejado.

─Me imagino que todo es de colección y que no se puede tocar.

─Tienes toda la razón. Las guitarras y los trajes por nada en el mundo se pueden tocar, siempre deben permanecer en sus vitrinas ─con la manga de mi suéter limpié una pequeña mancha en una de las vitrinas. Descuidamos un poco ese lugar, el polvo nos lo recordaba─. Los discos de vinilo son más accesibles, solo que para poder escucharlos tienes que ponerte guantes y desinfectar el tocadiscos… Y de todas las guitarras, solo hay una que se puede usar sin dañar su valor. 

Solté tu mano para poder tomar el viejo estuche del abuelo. Con cuidado saque la hermosa guitarra que fue nuestro acompañante por muchos años. Seguía tal y como el abuelo la dejo la última vez que la tocó. Seguían brillando las letras de Elvis Presley en el diapasón, de la misma manera que ambos brillan donde quiera que estén. O bueno, de mi abuelo, si estoy segura de que brilla en el cielo, del otro, lo dudo mucho.

─Mis mayores recuerdos de pequeña son de mi abuelo tocando esta guitarra ─nos acomodamos en la alfombra roja carísima que necesitaba una buena limpieza. Con delicadeza pasé mis dedos por las cuerdas.

─¿Sabes tocar?

─No mucho, nunca pude aprender del todo. Solo me sé la canción que el abuelo cantaba para mí cuando me veía triste y con crisis existenciales.




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