Volveré, pero tal vez en otra vida

08

Y que ponga atención,
cuando le lata el corazón…

 

Parte dos: Cumpleaños de Tate

Éramos cuatro, pero parecía como si fuéramos cien.

Jos y Jeremy sabían cómo poner ambiente, no importaba el número de personas ni que el lugar fuera pequeño. Los dos suavizaban las cosas, nos hacían olvidar la presencia de alguien que solo servía para incomodar y echar a perder las cosas.

La noche se volvió nuestra. La música cambiaba de género cada que el teléfono de Jos llegaba a manos diferentes. Para la tranquilidad de los vecinos, las bebidas alcohólicas estaban supervisadas por la abuela, intentó mantenernos a todos en el mismo canal, solo que con Jos y Jeremy era imposible, ellos se pusieron hasta las chanclas, como diría el abuelo. Tú y yo teníamos más control y no por la abuela, sino por el miedo a las críticas y a las miradas de tu padre. Él se mantuvo en el sofá bebiendo tranquilamente una cerveza.

Nosotros estábamos en el otro sillón, me abrazabas con fuerza, no nos soltábamos de las manos. Te daba algunos besitos en tu cuello, con el tiempo dejaste de perder el miedo de que te tocaran en esa zona. Por tu parte, me decías cosas en el oído con tu voz ronca. Con cada minuto que pasaba, se iban elevando las llamas dentro del cuerpo. No resistiría mucho tiempo.

─Qué hermoso eres ─te susurré.

De forma discreta metiste una de tus manos por mi espalda, con las yemas de tus dedos me recorrías la columna, lo que me erizaba la piel y me lubricaba otra cosa. 

─Que ganas de que todos desaparezcan.

Te sonreí. En ese momento no me importó la mirada, te besé en los labios con todas las ganas del mundo.

─Tengan cuidado esta noche, ehhh… ─Josejan nos interrumpió, con Jeremy bailaba muy pegado─. Ahorita son dos, pero en unos meses… quién sabe, ¿tres?

─¡Josejan! ─lo regaño la abuela─. Que se te haga chicharrón la boca. No, no, hijos aún no. Los cuatro son muy jóvenes como para cargar con esa responsabilidad. Disfruten su juventud, equivóquense las veces que quieran, pero no con un niño en el medio. Primero encuentren estabilidad emocional y económica, ya después hacen sus planes de casarse o formar una familia, y si no quieren eso, también es válido. Solo tengan madurez en sus decisiones y no le hagan perder el tiempo a otras personas.

─Ay, doña Grace, amo mucho sus sermones y buenas palabras. Merece ser eterna, en mi corazón ya tiene una estatua dónde certifica lo mucho que siempre la amaré.

─Yo igual, mi niño Jos. En mi corazón siempre te llevaré como mi hijo perdido.

Se le cortó la voz. No sé si fui la única que noto diminutas lágrimas en sus ojos.

No le pregunte, puede que aunque lo haya hecho, no me hubiera revelado lo que ya había planeado para su destino.

Con una sonrisa elimino ese sentimiento, así como a mí me hizo olvidarme de esa pequeña señal. Ahora me doy cuenta de que me lanzó señales evidentes todos los días y no capte ninguna. Qué tonta.

─En eso concuerdo con usted, no arruinen su vida sin antes haberla disfrutado. Los hijos son complicados, pero cuando los tengan, conocerán un amor único que jamás podrán describir. Harán de todo por esas criaturas, aunque a veces todo eso no sea valorado o comprendido.

En sus palabras hubo fuego, desprecio, miedo y muy en el fondo, algo de cariño.

─Bueno, para mí ya es suficiente ─intervino la abuela, evitando uno de quien sabe cuántos momentos incómodos de ese día─. Esta anciana de casi setenta años ya no aguanta las desveladas. Ya saben, esta es su casa, lo que rompan ustedes lo pagan y no bajen el volumen de la música hasta que alguien se venga a quejar.

Casi era la una de la madrugada, Jos y Jeremy seguían pegados bailando al ritmo de la canción. Ambos, sin soltar la botella de vodka de tamarindo, le daban un trago y luego se besaban.

─Tate, sigue cumpliendo muchos años más. Te deseo una vida feliz y muy amada, cuídate mucho ─acaricio tu mejilla, en sus ojos se notaba el gran cariño, en su corazón también llevaba una estatua tuya─. Este siempre será tu hogar, nunca lo olvides.

─Gracias por todo, estaré agradecido por toda la vida.

Con esa sonrisa se despidieron. No volteo a verme, pero aun así note como su mirada conmigo era diferente. Algo no andaba bien. Me frustra mucho no haber sospechado nada. Ay abuela, si algo debo reconocer, es la fuerza que tuviste para ocultar algo tan inmenso y doloroso.

─Abuela… ─la detuve antes de que entrara a su habitación─. ¿Está todo bien?

─Si, ¿por qué no lo estaría? A pesar de todo, fue un gran día.

─¿Hay algo que tengas que decirme?

Arrugo su frente por un momento. Observo a Jos y Jeremy practicando el baile de su futura boda, a Michael mandando un texto en su teléfono y a ti, quien sonreías mientras pasabas tus dedos por una margarita del ramo de mil flores que te obsequie.

Con una sonrisa acaricio mi mejilla.

─Te amo, Emmie. Eres lo mejor que la vida pudo darme. Eres fuerte, maravillosa y amada, nunca olvides eso.




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