Aterrizamos en Barcelona al mediodía. El aeropuerto de El Prat olía a café y a mar, ese olor salado del Mediterráneo tan distinto al dulzón del Río de la Plata. Bajé del avión con el bolso al hombro y una sensación extraña en el pecho. Era la primera vez que pisaba Europa con dieciocho años. En mi otra vida, había llegado a los veinte, después de dos años en Argentinos Juniors. Esta vez era distinto. Esta vez llegaba antes. Y esta vez no llegaba solo.
Un tipo de traje gris nos esperaba en la salida de la terminal con un cartel que decía "FIGUEROA". Alto, flaco, pelo peinado hacia atrás, expresión de pocos amigos. Un reloj dorado que probablemente costaba más que todo lo que mi familia había ganado en un año.
—Gerard —dijo, estrechándome la mano—. Encargado de incorporaciones juveniles. Bienvenidos.
—Él es Emilio. Viene conmigo.
Gerard miró a Emilio. Después me miró a mí. Después volvió a mirar a Emilio. Su sonrisa era profesional, de esas que no llegan a los ojos.
—No está en la lista.
—Necesito que esté.
—No es posible. La prueba es individual.
—Entonces no juego.
Gerard parpadeó. No estaba acostumbrado a que un pibe de dieciocho años, recién llegado de un barrio humilde de Buenos Aires, le plantara cara en el aeropuerto. Se ajustó el nudo de la corbata. Lo vi dudar. Vi la gota de sudor que le bajaba por la sien. Vi sus dedos tamborileando sobre el teléfono.
—Voy a consultar —dijo, y se alejó unos metros.
Emilio me codeó. Tenía las manos metidas en los bolsillos del jogging. Los nudillos blancos de apretar los puños.
—Boludo, no podés amenazar con no jugar. Es el Barça.
—Si no estás, no juego.
—¿Por qué? ¿Qué va a pasar si no estoy?
No respondí. Porque no sabía. Solo sabía que el sistema me había dicho que Emilio era la primera víctima. Que el plazo se activaba en el primer partido oficial. Y que si él no estaba, quizás no podía salvarlo. Me sequé las palmas de las manos en el pantalón. Estaban húmedas.
Gerard volvió a los diez minutos. Traía una expresión de fastidio, pero también algo de curiosidad. Se guardó el teléfono en el bolsillo interior del saco.
—Torres, el entrenador del Juvenil A, aceptó. Tu amigo prueba como arquero del equipo B. Solo por esta vez. Y si no rinde, se vuelve a Argentina en el primer avión.
—Gracias.
—No me des las gracias. Y vos, Figueroa... —me miró fijo, entrecerrando los ojos—. No me hagas arrepentirme.
Esa noche nos quedamos en un hotel que el club nos pagó. Dos camas. Un baño. Una ventana que daba a la Sagrada Familia. Emilio roncaba a los cinco minutos de acostarse. Yo no podía cerrar los ojos.
A las tres de la mañana, fui al baño. Abrí el grifo. El agua salió helada. Me lavé la cara. Levanté la vista.
El espejo estaba limpio. Pero no por mucho tiempo.
Las letras aparecieron casi de inmediato, brillando en el cristal:
24 HORAS PARA EL PARTIDO DE PRUEBA.
EL ACCIDENTE DE EMILIO OCURRIRÁ EN EL MINUTO 67.
UBICACIÓN: ESCALERA DE HORMIGÓN DE LA TRIBUNA.
CONSECUENCIA: FRACTURA EXPUESTA DE TIBIA Y PERONÉ. FIN DE SU CARRERA.
El estómago se me contrajo. Fractura expuesta. Fin de su carrera. Emilio, que había soñado con ser arquero profesional desde los ocho años. Emilio, que se había roto los dedos atajando sin guantes en el potrero. Emilio, que era el único que siempre había creído en mí.
No lo iba a permitir.
Volví a la cama. Me senté. Miré a Emilio dormir. Su mano colgaba del borde del colchón. Las líneas grises habían avanzado otro milímetro. Ya le llegaban a la muñeca.
Faltaban veinticuatro horas.
Toqué la moneda de 1930 en mi bolsillo. Estaba fría.
A la mañana siguiente, el desayuno fue silencioso. Emilio untaba manteca en un pan con la concentración de quien se prepara para una final. Yo apenas probé el café. Miraba por la ventana. Las canchas de la Ciutat Esportiva brillaban bajo el sol.
—¿Nervioso? —preguntó Emilio.
—Un poco.
—Es solo una prueba. La vas a pasar.
—No es por la prueba.
—Entonces, ¿por qué?
Me quedé callado. No podía decirle. No por las reglas del sistema. Porque si le decía la verdad —que una escalera rota lo esperaba en el minuto sesenta y siete, que yo lo había visto en el espejo, que en mi otra vida él había llorado frente a mi tumba—, Emilio entraría al partido con miedo. Y el miedo, en un arquero, es un gol en contra antes de que empiece el partido.
—Por el viaje —mentí—. No me gusta volar.
Emilio se rió.
—Boludo, estamos en tierra firme. El avión ya pasó.
—Todavía me dura el mareo.
—Eso es mental.
—Todo es mental.
Salimos del hotel. El sol de Barcelona pegaba distinto al de San Justo. Más seco. Más brillante. Caminamos hacia la Ciutat Esportiva en silencio. Emilio silbaba bajito. Yo contaba los minutos que faltaban para el partido.
Veinte horas. Diecinueve. Dieciocho.
El reloj ya estaba corriendo.
Editado: 22.06.2026