Volví al Mundial para Ganar Todo

Capítulo 4: Cervera

Esa noche no pude dormir. Me quedé en el balcón del hotel, mirando las luces de Barcelona. Emilio roncaba adentro. Las líneas grises de sus nudillos seguían ahí, pero por primera vez en todo el día no se habían movido. La maldición estaba esperando algo.

A las tres de la mañana, salí. Caminé por las calles vacías de Barcelona, dejándome llevar por los pies. Las farolas iluminaban las veredas con una luz amarillenta. No había nadie. Solo yo y mis pensamientos. Y la marca en la nuca, que palpitaba como un segundero.

Llegué a la Ciutat Esportiva sin darme cuenta. Las canchas estaban vacías. Los reflectores apagados. Solo la luna iluminaba los arcos y dibujaba sombras alargadas sobre el césped perfectamente cortado. El pasto olía a rocío, ese olor fresco que siempre me recordaba a las mañanas en San Justo, cuando Emilio y yo íbamos al potrero antes de que saliera el sol.

Me senté en el pasto. Cerré los ojos. Y pensé en Pedro Figueroa.

Mi bisabuelo. El hombre que según la historia oficial había sido uruguayo, pero que según las cartas que yo recordaba de mi otra vida era argentino. Un tipo que había jugado el primer Mundial de la historia, en 1930, en el Centenario de Montevideo. Que había metido un gol en la final. Y que después, cuatro años después, se había matado. O lo habían matado. O las dos cosas.

¿Qué había pasado en esa final? ¿Qué pacto había hecho? ¿Quiénes eran Los Doce del Centenario? ¿Y por qué la maldición seguía viva cien años después?

No tenía respuestas. Solo preguntas. Y un amigo al que salvar en menos de veinte horas.

—No deberías estar acá a esta hora.

Abrí los ojos. Un chico estaba parado al borde de la cancha. Dieciocho años, rubio, ojos verdes. Lo reconocí por la postura, por la forma de pararse con los brazos cruzados. Era Marc Cervera, el capitán del Juvenil A. El hijo y el nieto de futbolistas. El que cargaba con el peso de dos generaciones sobre los hombros.

—No podía dormir —dije.

—Yo tampoco. Desde hace semanas. Desde que empezó la pretemporada, no pego un ojo.

Se sentó a mi lado sin pedir permiso. Olía a pasto y a desodorante barato. No habló por un rato. Solo miraba las estrellas.

—¿Te pasa algo? —pregunté, más por cortesía que por interés. Pero la marca palpitó en mi nuca.

—No sé. Es raro. Algo me observa. Todo el tiempo. Una presencia esperándome en cada partido. Cada vez que entro a una cancha, hay alguien en la tribuna que no debería estar ahí.

—¿Quién?

—No sé. Mi viejo. Mi abuelo. Alguien. El pasado no me suelta.

Cervera agarró un puñado de pasto. Lo apretó hasta que los nudillos se le pusieron blancos.

—Mi viejo me llevó al estadio cuando yo tenía ocho años. Me sentó en la tribuna y me dijo: "Algún día vas a estar ahí abajo. Y vas a ser mejor que yo." Nunca volvió a decirlo. —Soltó el pasto. Se miró las manos—. Jugó en el Espanyol. Defensor. Uno de los mejores, dicen. Pero nunca ganó nada. Mi abuelo también. Defensor. Mi abuelo murió hace dos años. Lo último que me dijo, en el hospital, fue: "No nos defraudes." Tenía ochenta años. Estaba muriéndose. Y lo último que me dijo fue eso.

—Y eso te pesa.

—Todo el tiempo. Una mochila llena de piedras. A veces me despierto a las tres de la mañana y no puedo respirar.

Lo miré con más atención. En los tobillos, apenas visibles bajo la luz de la luna, Cervera tenía líneas grises. Finas, casi transparentes. Subiendo lentamente desde los maléolos hacia las pantorrillas.

El sistema no me había dicho nada sobre él. Pero las líneas estaban ahí. Y yo sabía lo que significaban.

—Mañana, en el partido de prueba —dije, levantándome—. Tené cuidado.

—¿Cuidado con qué?

—Solo tené cuidado. Corré. Meté. Pero cuidate los tobillos. Sobre todo en las jugadas divididas.

Me miró con los ojos entrecerrados.

—¿Vos sabés algo?

—Solo tené cuidado.

Me levanté y volví al hotel. No quería hablar más. No podía. Si le decía la verdad, Cervera me tomaría por loco. O peor, entraría al partido con miedo.

Atrás, Cervera seguía sentado en el césped. Solo. Con sus marcas en los tobillos. Con el peso de dos generaciones sobre los hombros.

Y yo no podía decirle nada. Todavía.

Antes de entrar al hotel, me detuve. Entre los pinos que bordeaban la cancha principal, una figura. Un hombre mayor, apoyado en un bastón. Quieto. Mirándome.

Parpadeé. La figura desapareció. Pero supe que no era una alucinación. Alguien más estaba vigilando. Alguien que sabía más de lo que decía.

Entré al baño del hotel. Me paré frente al espejo. El vidrio estaba empañado por el vapor de la ducha de Emilio. Esperé.

Las letras empezaron a aparecer:

NUEVA VÍCTIMA CONFIRMADA: MARC CERVERA.
PLAZO: 13 DÍAS.
CONDICIÓN: DISTENSIÓN DE LIGAMENTOS CRUZADOS.

Cerré el puño hasta que los nudillos me dolieron. Primero Emilio. Después Cervera. La lista de víctimas crecía.

Apagué la luz. La oscuridad no me trajo paz. Solo más preguntas.

Afuera, Barcelona dormía. Pero en algún lado, alguien no.



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En el texto hay: maldicion, renacimiento, futbol

Editado: 22.06.2026

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