Volví al Mundial para Ganar Todo

Capítulo 5: El viejo y la moneda

Esa noche no pude dormir. La espalda me dolía con cada respiración. El médico del club había dicho "contusión muscular severa, diez días de reposo". Pero yo no tenía diez días. Tenía catorce. Catorce días hasta que Cervera estuviera en peligro.

A las tres de la mañana, salí del hotel. Caminé hasta la Ciutat Esportiva. Las canchas estaban vacías. Los reflectores apagados. Solo la luna iluminaba los arcos.

Me senté en el césped del campo principal. El mismo césped donde seis horas antes había salvado a Emilio.

—No deberías estar acá a esta hora, pibe. Con esa espalda y ese dolor.

Una voz. Un viejo. Campera del Barça de los noventa. Gorro de lana. Bastón.

—Soy Raúl. El cuidador. Hace cuarenta años que trabajo acá.

—Mateo.

—Ya sé quién sos. El que se tiró a la escalera por el arquero. Todo el club habla de eso.

Raúl se sentó en el pasto a mi lado. Olía a tabaco y a algo más. A viejo. A museo.

—¿Sabés por qué se rompió ese escalón?

—Mala suerte.

—No. —Sacó un cigarro y lo encendió con manos que no temblaban—. Lo rompió alguien. Con un martillo. Tres días antes de tu partido. Yo lo vi.

—¿Y por qué no dijo nada?

—Porque tengo setenta y ocho años y una pensión que no me alcanza.

Fumó en silencio. Después siguió.

—Ese escalón no era para tu amigo. Era para vos. Pero vos te tiraste antes. Salvaste al arquero y te jodiste la espalda. Eso cambió algo. No sé qué. Pero cambió algo.

—¿Quién lo mandó?

—Gente. Gente que existe desde antes de que vos nacieras. Desde antes de que yo naciera. Gente que se hace llamar Los Doce del Centenario.

—¿Los Doce?

—Doce familias. Doce apellidos. Doce países. Se juntaron en 1930, en Montevideo, antes de la primera final del mundo. Hicieron un pacto. Sangre por gloria. Y ganaron.

Raúl metió la mano en el bolsillo. Sacó algo. No era un cigarro. Era una moneda. Vieja. De plata oscurecida.

—Tomá. Es del Centenario. La pagaron en 1930, después del sorteo. Doce monedas. Una para cada familia.

La puse en mi palma. Pesaba más de lo que debía. En una cara, una pelota de cuero antigua. En la otra, una fecha. 1930.

—¿Por qué me la da a mí?

—Porque la moneda me la dio mi padre. Y a mi padre, su padre. Y a mi abuelo... —Se calló.

—¿Quién?

—Pedro Figueroa.

La nuca me palpitó fuerte. Un hierro caliente apoyado en la piel.

—¿Conocía a mi bisabuelo?

—Era su amigo. El único que tuvo después de 1930. Mi abuelo era el utilero del Centenario. Vio todo. Y escribió todo. En un diario. Que ahora está escondido en un lugar donde solo vos podés entrar.

—¿Dónde?

—En el Centenario. Debajo del tablero de honor. Hay una puerta. Pedro la selló en 1934, antes de que lo mataran.

—¿Lo mataron?

—Dijeron que fue suicidio. Pero Pedro no se suicidaba. Pedro quería vivir. Lo mataron porque sabía demasiado. Porque quería romper el pacto.

Raúl se levantó. Apagó el cigarro contra la suela del zapato.

—Yo ya hice lo que tenía que hacer. Ahora te toca a vos.

—Espere. ¿Quiénes son los Doce ahora? ¿Dónde están?

—En todos lados. En la FIFA. En la AFA. En el Barça. En tu propio vestuario. —Señaló la moneda en mi mano—. Esa moneda te va a servir para identificarlos. Cuando estés cerca de uno, se va a poner fría. Muy fría.

Se fue caminando hacia los pinos del fondo. Su espalda encorvada se fue achicando. Antes de desaparecer, giró la cabeza.

—Ah, Figueroa. Una cosa más. Tu amigo Emilio. El arquero. Él también es descendiente. De los Carrasco. Una de las doce familias. Pero no lo sabe. No le digas. Todavía no.

Y desapareció entre los árboles.

En mi palma, la moneda estaba cada vez más fría.

Esa noche, de vuelta en el hotel, fui al baño. El espejo mostró algo diferente:

ITEM ADQUIRIDO: MONEDA DEL CENTENARIO.
FUNCIÓN: DETECTOR DE AGENTES DE LOS DOCE.
NUEVA INFORMACIÓN: EMILIO CARRASCO ES DESCENDIENTE DE UNA DE LAS DOCE FAMILIAS.
NUEVA PISTA: EL DIARIO DEL UTILERO ESTÁ ESCONDIDO BAJO EL CENTENARIO.

Y después, una línea que no entendí hasta mucho después:

LOS DOCE NO SON TUS ENEMIGOS. SON TUS PREDECESORES. ALGUNOS QUIEREN QUE GANES. OTROS QUIEREN QUE MUERAS. APRENDÉ A DISTINGUIRLOS.

Apagué la luz. Me acosté boca abajo para no apoyar la espalda. Emilio roncaba en la cama de al lado. La moneda de 1930 pesaba en mi bolsillo.

Los Doce estaban en todos lados. En el Barça. En el vestuario.

Y yo tenía catorce días para salvar a Cervera.



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En el texto hay: maldicion, renacimiento, futbol

Editado: 22.06.2026

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